Un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays | Letras Libres
artículo no publicado

Un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays

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Está, primero, la fotografía. 39 escritores (o menos) de 39 años o menos en Bogotá, Colombia. Alguno sonríe y posa, otros sonríen y posan, todos sonríen y posan. En el extremo izquierdo, el escritor peruano Iván Thays (abrigo negro, bufanda gris) sonríe y posa. ¿Qué celebran? Imposible saberlo. Uno sólo quisiera creer que no se festejan a sí mismos ni el hecho de estar allí, juntos y felices, satisfechos de haber sido nombrados, oh, losmejores39escritoreslatinoamericanosetcétera.

 

Está, después, internet. Quienes acostumbran vagar por sitios literarios probablemente conocen a Thays: su blog, Moleskine literario, es bastante popular y se actualiza casi a diario. Se sabe que es una bitácora utilísima: noticias literarias, novedades editoriales, polémicas y chismes gremiales. Se sabe, también, que es complaciente (el amiguismo), vanidosa (las fotos del mismo Thays) y poco intelectual (escasean las ideas; se celebra lo mismo, y con la misma abulia, una escritura que la contraria).

 

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“La imagen de sí mismo que un escritor deja en los otros –escribía Borges– es parte de su obra.” Pero ¿qué pasa cuando uno conoce la imagen de un escritor y no su obra? Ese es, supongo, el caso de muchos de nosotros ante Thays (Lima, 1968): conocemos algunas, tal vez demasiadas, imágenes de su vida pero pocos han leído sus libros. Hasta ahora. Anagrama acaba de publicar su novela más reciente, Un lugar llamado Oreja de Perro, y ya es posible leer al hombre de aquellas fotos. Primera sorpresa: es menos complaciente aquí que en su bitácora electrónica. Segunda: en vez de entregar una ficción sonriente, este es un relato de asunto violento. Tercera: a pesar de su alergia a la teoría, ésta no es una novela tradicional ni cándida; es, digamos, contemporánea.

Hay que escribirlo de una vez: Un lugar llamado Oreja de Perro es una buena novela. La trama es clara y, si se quiere, atractiva: un periodista peruano –que perdió hace poco a su hijo y está por perder a su esposa– viaja a Oreja de Perro, una miserable ciudad andina destruida por el terrorismo, para cubrir la visita del presidente Alejandro Toledo; allí se involucra con una “chola”, padece la violencia del Perú profundo, escribe las líneas que leemos. Hay un juego, más o menos obvio, con el tema de la memoria (un hombre amnésico, otro incapaz de olvidar y un país decidido a recordar los crímenes pasados), así como un descenso, no demasiado intenso, a los bajos fondos. Hay, sobre todo, oficio, una factura casi intachable: nada desentona, todo fluye y los cabos son atados. Si el desarrollo dramático depara pocas sorpresas, algunos fragmentos son de veras notables. Esto no es poca cosa.

La novela es tan ágil y legible, se asimila tan fácilmente, que podría decirse que es ejemplo de cierto buen gusto contemporáneo. Lejos están, por fortuna, las convenciones decimonónicas, el fervor por la trama, el didactismo de temperamentos más pesados. Lejos, también, el modernism del Boom y los juegos, pastiches y riesgos de la minoría posmoderna. Lo que prevalece es una narrativa algo cinematográfica y más o menos usual en las buenas novelas contemporáneas. Se sabe: el fragmento, el laconismo, el ritmo veloz, el tono desencantado, la clemente ausencia de paja. En algunos momentos, incluso, la escritura detiene un segundo su marcha para reflexionar levemente sobre sí misma (“qué aburridas son las palabras”), como si se quisiera mostrar que el narrador está al tanto de la crisis de la narrativa. Esto tampoco es poca cosa.

Es necesario escribirlo: Un lugar llamado Oreja de Perro es una buena novela porque se parece, más de lo habitual, a algunas grandes novelas. Uno piensa casi de inmediato en Mario Vargas Llosa. Parecería, en principio, que la anécdota de un periodista abatido por la violencia peruana está demasiado cerca de, por ejemplo, Conversación en la Catedral, pero el ánimo narrativo es muy distinto: allí donde Vargas Llosa crea murales, Thays se limita a dar algunas pinceladas, con frecuencia contundentes. Uno piensa, luego, en J.M. Coetzee y justo eso: la novela debe mucho, demasiado, a la obra del sudafricano. Puede decirse, casi sin exagerar, que Un lugar llamado Oreja de Perro es una cruza de, digamos, La edad de hierro y Desgracia. Son obvias las coincidencias temáticas: un humanista inmerso en un ambiente hostil; su relación con una mujer que le repele físicamente; la presencia de algunos nihilistas; una escena de violencia extrema; incluso un perro famélico. Son obvias, también, las coincidencias formales: la narración en primera persona, el tiempo presente, los párrafos breves, las frases lacónicas, las preguntas retóricas. ¿Hay que decir que Un lugar llamado Oreja de Perro es capaz de mucho pero incapaz de reproducir el aura de aquellas novelas?

Antes de escribir sus primeras obras Coetzee examinó, en una primitiva computadora, la escritura de Beckett: ¿qué palabras, cuántas, cómo? Antes de escribir sus novelas más populares practicó diversos estilos y se gastó en algunas ficciones beckettianas. Es decir: su estilo actual, menos oscuro y más grácil que el primero, es resultado de un visible proceso de decantación. ¿Puede decirse lo mismo de la escritura de Thays? A veces parece más bien lo contrario: que el peruano se topó con un estilo ya hecho y decidió emplearlo, con apenas cambios, en su escenario nacional. No hablo de plagio; digo que Thays, sensible y atento a la actualidad literaria, aprovecha cierta escritura contemporánea en vez de explorarla. Un ejemplo: son pocos los riesgos formales y nada es radical en esta novela –el laconismo no es extremo, el tono desencantado no lo es tanto, la violencia es esencialmente temática. Los elementos de una buena novela contemporánea están allí, pero un tanto apagados, a un paso del lugar común; dispuestos cautelosamente, sin atrevimiento alguno, como para que nada destaque y distraiga, o apueste y pierda. Tampoco es extraño: conocemos el blog de Thays y sabemos que sus apuntes literarios –es decir, la manera en que lee– jamás son insólitos ni radicales. ¿Por qué habría de serlo su narrativa?

Pero quizás exagero: Un lugar llamado Oreja de Perro es una buena novela.

Es sólo que a veces uno quiere algo más que pasar un rato agradable. ~