Un hechizo colectivo | Letras Libres
artículo no publicado

Un hechizo colectivo

Martin Amis, Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones, traducción de Antonio-Prometeo Moya, Anagrama, Barcelona, 2004, 320 pp.

 
     Une vie ne vaut rien—
     mais rien ne vaut une vie...
     — André Malraux

En Koba el Temible Martin Amis responde a dos preguntas cruciales sobre el comunismo. La primera, ¿por qué la mayoría de los intelectuales de Occidente creyeron en este sistema como solución a los problemas del mundo, ciegos a los testimonios irrebatibles de su verdadera naturaleza? Y luego, ¿cuál fue esta verdadera naturaleza? François Furet dedicó muchos años a intentar explicar este "hechizo colectivo". El resultado fue El pasado de una ilusión. Y lo hizo a partir de una paradoja de su propia vida: en 1956, mientras los tanques soviéticos reprimían a sangre y fuego la revuelta de Budapest, él solicitaba su ingreso al Partido Comunista de Francia. ¿Qué clase de "aldea Potemkin" mental se apoderó de nuestros cerebros, se pregunta, y nos hizo ver, donde había esclavitud, progreso de los trabajadores, donde había censura, el triunfo de la cultura, y donde había delirio persecutorio, el paraíso en la tierra?
     El comunismo está asociado a palabras como Sendero Luminoso, Gulag, pacto Ribbentrop-Molotov, Pol-Pot, Iagoda, Muro de Berlín, vocablos de un verdadero Diccionario del Horror. Y sin embargo, las personas más preparadas del mundo libre adoraron sin tapujos a este becerro de oro de las utopías. ¿Por qué? Para Furet la respuesta hay que buscarla en la transferencia de sacralidad que, desde el mundo religioso, se hace al mundo político, de suerte que el comunismo se vuelve una religión laica, verdadero opio del intelectual. A su vez, Tzvetan Todorov ha estudiado por qué el nazismo recibe su justa condena y no sucede así con el comunismo, cuando sus males son equiparables. La razón es que el credo comunista enmascara en un ideario positivo universal (la justicia universal, la igualdad, el Hombre Nuevo) los límites acotados de su utopía (que en realidad es para el proletariado y sus líderes), frente al credo nazi, que los explicita: la utopía es para los alemanes arios, seguidores leales del führer.
     Uno de los problemas de la cultura en lengua inglesa es su ensimismamiento. Es tan vasto su mundo, que suelen olvidar al resto del orbe. Amis, pese a su talante cosmopolita y sus estudios en Oxford, padece el mismo defecto, y por ello pasa por alto las esenciales aportaciones al tema hechas por Furet y Todorov. En la primera parte, escrita en la clave autobiográfica de Experiencia y, por lo tanto, en diálogo con su padre, el novelista Kingsley Amis, devoto comunista y después furibundo anticomunista, se interroga sobre su propia vida, las patafísicas discusiones de los sesenta sobre las bondades del socialismo real, entretelones de un teatro guiñol del absurdo: en Occidente, mientras la clase trabajadora mejoraba año con año su nivel de vida, los intelectuales discutían acaloradamente sobre las ventajas del sistema soviético. Un personaje central de esta primera parte es Robert Conquest, amigo de su padre y luego también suyo, el primer gran investigador inglés sobre la naturaleza intrínsicamente represiva del sistema soviético, y que, en lugar de recibir crédito académico y reconocimiento público, tuvo que soportar toda clase de difamaciones y vituperios. Al calor de este entorno familiar, Amis desenreda la madeja del cerco ideológico de su generación.
     La segunda parte es un recorrido literario, efectista y emocionante, por los andenes más singulares, exóticos y depravados de la vida de Stalin. Amis explica que no se trata de una biografía ni de una investigación en archivos y documentos, sino de una relectura, con fuentes bibliográficas de segunda mano, pero confiables, de la vida y obra del "padrecito". Amis demuestra cómo Stalin en el fondo es un continuador de la lógica del terror impuesta por Lenin, no alguien que desvirtuó su legado, y estudia su personalidad enferma, sus relaciones familiares rotas —condenas a muerte incluidas—, el suicidio de su esposa, el abandono de la madre, la acechanza y la burla cruel de su círculo íntimo de poder, que debía serle fiel hasta la ignominia, pese a que, uno a uno, sus integrantes van cayendo en la sospecha, desterrados o fusilados, al libre arbitrio de su paranoia. Por otro lado, revisa su actuación como líder de la URSS, las intrigas palaciegas y los absurdos del culto a la personalidad. Y claro, sus crímenes, todos sus crímenes. Para Amis, éstos rivalizan con los de Hitler, por una razón esencial: ambos dictadores comparten la lógica de la culpabilidad colectiva, no individual. En el caso de Stalin, su odio genérico se centró en los campesinos rusos, que se negaron a la expropiación de sus tierras, y en los ciudadanos de las diversas nacionalidades del arco iris soviético, en especial los georgianos, como él, y los ucranianos, sospechosos todos, en bloque, de actividades antisoviéticas. Además, Stalin representa, como Hitler, un caso enajenante de gobernador que decreta las cosas y, por simple triunfo de la voluntad, deben cumplirse. De ahí los costos humanos demenciales de una industrialización decretada desde el Kremlin, con mano de obra esclava, muchas veces para rendir cero frutos, como el canal del Ártico al Báltico, que costó cientos de miles de vidas y no sirvió para nada.
     Trato aparte merece la Segunda Guerra Mundial, ya que del triunfo de la URSS nace buena parte de su legitimidad exterior para la posguerra y su aura de respetabilidad. Primero, vale la pena recordar que Stalin pactó con Hitler al inicio del conflicto y que invadió de manera simultánea Polonia al tiempo que ocupó los estados bálticos. Después, desoyó los mensajes de la futura traición nazi, tardando casi una semana en responder, con un costo incalculable en vidas humanas. Su actuación como estratega fue más que discutible, para empezar, en tanto responsable de haber depurado el Ejército Rojo, dejándolo sin mandos ni capacidad operativa; luego, por la represión generalizada y la multiplicación de los campos de trabajo en plena guerra; y, finalmente, por tomar, siempre, las decisiones militares sin considerar el costo en víctimas. Después de la victoria, su figura es más que discutible no sólo porque se apoderó de la mitad de Europa, ante la pasividad (o los ojos bien abiertos) de sus aliados, sino también al condenar de manera sistemática a todos los soldados rusos que habían caído prisioneros de los alemanes o habían entrado en contacto con occidentales.
     Si una vida humana lo es todo, ¿por qué veinte millones no significan nada?, se pregunta Amis, aceptando la cifra de Conquest como el total que costó la dictadura de Stalin. Amis quiere explicar el peso de cada vida, lo definitivo de una simple muerte injusta o innecesaria. Por ello explica la dolorosa enfermedad y la muerte de su hermana, y cómo ese vacío lo sigue dominando. Lo hace para que el lector atento lo extrapole a los veinte millones de seres humanos sacrificados en el altar de la Revolución.
     Amis escribió este libro por impulso moral, con la voluntad de explicar su historia intelectual y, a través de ella, el descalabro intelectual de Occidente. Es un libro con los recursos de un autor de ficción, una biografía con los "trucos" de un novelista, que mantiene fija la atención de los lectores. ¿Sabremos los demás entonar un mea culpa parecido? ¿Sabremos, desde nuestra tradición, extraer las conclusiones correctas? -