Un día perfecto, de Melania G. Mazzucco | Letras Libres
artículo no publicado

Un día perfecto, de Melania G. Mazzucco

Un día perfecto es, para Melania G. Mazzucco, una jornada en la que un joven pone una bomba en una multinacional, un guardaespaldas necesita drogarse para seguir adelante, un grupo de niños ricos vejan a uno pobre y bizco, una mujer desesperada pierde su trabajo, un profesor de instituto es abandonado por su amante y un político asiste al funeral de su propia carrera. El punto de partida, pues, no es muy alentador, casi se podría decir sórdido, como majestuosamente sórdida es la ciudad que acoge todos estos acontecimientos, Roma, en la que “edificios parecidos a cuarteles o cárceles de máxima seguridad” flotan en la noche, la misma ciudad que “no perdona a los perdedores” y que ofrece “una soledad grandiosa cuando has perdido”.

La capital italiana es la ciudad que no perdona las derrotas aun siendo la ciudad de los perdedores, que son, como explica Moe Rosen, uno de los personajes de Vita –la novela de Mazzucco que Anagrama publicó en 2004–, aquellos que tienen ganas de triunfar. Exactamente, este artista maquillador de funeraria dice que “las ganas de triunfar son cosa de perdedores”. Derrotados son los personajes de las novelas anteriores, la mencionada Vita y Ella tan amada (2006), y también los de esta última entrega, por mucho que la autora la haya titulado irónicamente Un día perfecto. Al estar pobladas por perdedores y al no tener miedo a introducirse por ciudades inquietas y peligrosas como el Nueva York de principios del siglo XX, el Berlín de poco antes de la Segunda Guerra Mundial o la berlusconiana Roma actual, las novelas de Mazzucco son sórdidas. Sin embargo, el lector se ve absorbido por la fuerza y la lucidez con las que es capaz de reconstruir el verdadero drama de los personajes y sus sociedades, gracias a una minuciosa recreación histórica y una extraordinaria habilidad de narradora para confeccionar, en este caso, su verdad y hacer llegar al lector tan lejos de la aparente y anodina realidad, tan cerca del infierno de sus protagonistas.

Descensos a los infiernos hay muchos, casi tantos como libros se publican, pero los que recrea Mazzucco sólo pueden otearse si uno se eleva por encima de la realidad visible. En algún momento u otro de la tragedia, todos sus personajes creen estar a punto de llegar a lo más alto, a la felicidad. Antes de la caída, parece posible levantar el vuelo, reconducir la situación y corregir los errores. Y, mientras los lectores asistimos al último destello de esperanza de los desesperanzados y desheredados mucho tiempo atrás, mientras esos perdedores paladean la dulzura del espejismo de la dicha posible, ese gusto en la boca se nos vuelve amargo, porque algo en las palabras de Mazzucco nos ha avanzado que no hay posibilidad de éxito.

Tal vez sea en esa sensación de encierro donde reside la grandeza de la narrativa sin límites de Mazzucco, en la recreación de cuanto de ilusorio tiene la existencia. Sí, parece decir, es cierto que no va a haber salida, pero eso no nos exime de la obligación de existir. Ése es el mensaje de los italianos de Vita que en 1903 se embarcaron por miles hacia Nueva York más para huir de la miseria que para buscar la fortuna; como también es el mensaje de Emma, una de las protagonistas de Un día perfecto.

Sería fácil decir que en esta última entrega Mazzucco ha abordado una de las principales lacras sociales de hoy, la violencia de género. Pero aun siendo uno de los temas principales, lo es en cuanto una manifestación más de la violencia, porque hay otras muchas: la de los niños en el colegio, la de un sistema capitalista que parece haber perdido todo pudor ante el sufrimiento de amplias capas sociales, la de una estructura política cínica y sin escrúpulos a la hora de manipular por igual a votantes y candidatos, y, sobre todas, la que nos infringimos a nosotros mismos con nuestras decisiones erróneas.

Y consigue convencer a los lectores, atónitos, de que esos terribles descubrimientos en el fondo son un regalo que nos acerca a la Belleza. La crueldad como base de la belleza es uno de los rasgos que hacen de Mazzucco una de las autoras más originales e interesantes del panorama actual. Ya han dicho los entendidos de su país que se trata de uno de los principales valores de las letras italianas y por eso ha sido merecedora de premios prestigiosos, como el Vittorini, el Strega o el Napoli. Premios para los que no le ha supuesto ningún inconveniente la constante crítica y la dura imagen que reconstruye de su país, como en su última novela –“Es una periferia, bastante degradada […] en la que todo talento y todo auténtico impulso expresivo son reprimidos, y ahogados, y achatados en una uniformidad que sirve de consolación.”– o en Vita –“Este edificio se parecía a Italia: había tenido una dignidad propia y la había perdido”.

Y si esta cruel visión de su país y de la vida le ha hecho merecedora de premios y aplausos, el verdadero premio es para los lectores que la descubren en un universo literario y editorial como el español profundamente obnubilado y enturbiado por la frivolidad y la falta de escrúpulos. ~