Un clavo en el corazón, de Paulo José Miranda | Letras Libres
artículo no publicado

Un clavo en el corazón, de Paulo José Miranda



Situar una novela en el siglo XIX no implica necesariamente ahogar al lector en las marismas de la retórica. Menos aún abrir la puerta a cañonazos, a palacios y al resto de las convenciones efectistas de la actual narrativa histórica. La mercadotecnia editorial ha creado el espejismo de que ya no es posible retrotraerse antes de 1945 para novelar desde las ideas. Pero libros como Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, permanecen incólumes, iluminando con su inagotable despliegue de consideraciones morales y con su prosa densa y bien trabada, a todo aquél que esté dispuesto a aventurarse en este género tan maltratado. Ignoro si Paulo José Miranda, portugués residente en Estados Unidos, se encontraba al tanto del trabajo de la escritora belga a la hora de concebir esta obra, primera de una trilogía dedicada al acto creativo, pero a raíz de sus logros ha demostrado que el escenario no importa, y que, efectivamente, la ficción resplandece si se la aborda desde la atalaya del pensamiento.

Un clavo en el corazón es un texto de ficción que muestra la carta que Tiago da Silva Pereira le dirige al poeta Cesário Verde. Ambos personajes existieron y formaron parte del universo poético portugués del XIX. La misiva está redactada desde la admiración y la agonía: Da Silva se encuentra moribundo, y no desea partir sin ofrecerle a su amigo y admirado poeta un comentario sobre el último poema de éste, así como una serie de recomendaciones complementarias sobre el arte y la vida. De este artificio narrativo brotan los tres planos del libro, muy bien imbricados. El narrativo nos informa de la devoción de Da Silva por Verde, de los amores del propio Da Silva así como de un enredo que Verde ha mantenido con la hermana de éste. Sin embargo, Paulo José Miranda se abstiene de desarrollar estas tramas. Su verdadero interés se localiza en el despliegue de un segundo plano discursivo desde el que aborda, a través de la digresión, ciertos asuntos intelectuales. Es aquí donde se localiza el núcleo de la obra y donde ésta alcanza una brillantez inusitada. Conforme Da Silva, alter ego de Miranda, va escribiendo la carta, lanza distintas enunciaciones sobre ética y estética que arrojan luz sobre determinados aspectos del acto creativo. Las limitaciones que debe asumir un traductor en su trabajo, una metáfora brillante sobre el estilo poético y una definición de éste como agente disgregador de las tradiciones expresivas colectivas, una consideración sobre el antagonismo entre el filósofo y el poeta, el debate pre-Joyce sobre las limitaciones de la novela para combinar una representación eficaz de las interioridades del ser humano con el relato de sus acciones... Son muchas, y todas encuentran una formulación exquisita. Además, Da Silva vierte también otras consideraciones sobre temas menos específicos que, acorde con el tono del texto, presentan un matiz pesimista, casi resignado. Y del mismo modo que ocurre con las anteriores, resulta delicioso paladearlas, porque es bastante cierto, por ejemplo, que la creación literaria precisa casi siempre del dolor y del aislamiento, y también que cuando alcanza la extraña recompensa de la genialidad, cosecha incomprensión. O que el amor distrae el espíritu porque al aliarse con la diversión desdeña el placer, que es una pulsión bastante más instructiva. Lo reseñable es que estos discursos no quedan huérfanos de una trabazón común, de una justificación, porque hay una orientación ideológica que les otorga coherencia: la reivindicación del clasicismo frente al romanticismo. En este terreno ideológico, Da Silva se muestra explícito en rechazar tanto las utopías políticas como los bríos sentimentales propios de esta corriente de pensamiento, porque generan falsas quimeras y ahogan el buen gusto poético con su desborde de magnificencias gratuitas. La contextualización de los sucesos que cuenta Da Silva en su carta queda resuelta con la creación de este tercer plano histórico, que resulta bien dibujado sin necesidad de recurrir a ninguna de las convenciones antes mencionadas –la reproducción superficial de habla y escenarios, etcétera. Basta con cuestionar este romanticismo tocado de muerte, con realizar una estratégica alusión a la Sintra que visitó Lord Byron, con hacer aparecer fugaz y pertinentemente a unos pocos personajes de la época para instalar al lector en este tiempo de cambio en el que transcurre la novela.

Su punto débil, sin embargo, reside en el empalago en que a veces cae la prosa. Este Da Silva que alecciona desde la admiración a su maestro dota a su escritura de un engolamiento algo cansino. Siendo un hombre de demostrada capacidad analítica, quizás le sentaría mejor un poco más de sujeción en sus afectos. Y, ya puestos, a lo mejor su estertor conforma un artificio dramático innecesario. Se ignora si responde a lo verídico de los acontecimientos, pero el texto posee tal fuerza discursiva, tal hondura literaria, que basta ese mínimo relato de los amoríos de los personajes para sujetar narrativamente el torrente de consideraciones teóricas que lo convierten en una novela ensayística o filosófica antes que histórica. Ahora bien, son imputaciones menores a una obra excelente, de la que están en marcha la traducción de sus continuaciones: Natureza morta y Vício, aparecidas originalmente en 1999 y 2001. ~