Último trayecto del viajero metafísico | Letras Libres
artículo no publicado

Último trayecto del viajero metafísico

Antonio Tabucchi

Viajes y otros viajes

Traducción de Carlos Gumpert, Barcelona, Anagrama, 2012, 272 pp.

 

Poco antes de que emprendiera su último viaje, el de la laguna Estigia, Antonio Tabucchi (1943-2012) publicó su último libro, que no por casualidad se titula Viajes y otros viajes. El libro recopila textos nacidos de sus múltiples travesías por el mundo, del Mediterráneo y la vieja Europa –con Portugal, sabido es, como lugar privilegiado– a la India exótica, la remota Australia, la Kioto caligráfica o El Cairo de los humeantes cafés con Naguib Mahfuz. Con sobrada razón se acostumbra decir que Tabucchi es en realidad un viajero de los paisajes del alma, y que los territorios que recorre no son en realidad los de la geografía física, sino los de la geografía humana, los del azar de la existencia abstrusa de unos hombres que caminan con tiento por la cuerda floja del equilibrista, entre el abismo del fracaso y el abismo de una suerte de victoria desvaída.

Los cuentos filosóficos de Pequeños equívocos sin importancia (1985) nos condujeron a la Toscana, a la Riviera y a Bombay y Lisboa, dos lugares esenciales en la obra del autor italiano que más hizo por la obra de Pessoa, que tradujo con devoción y a cuyo entorno cultural dedicó su obra más celebrada y más traducida, Sostiene Pereira (1994) –el drama del hombre libre contra el totalitarismo en una Europa de 1938 fatalmente amenazada, de algún modo un nuevo Libro del desasosiego–. En Nocturno hindú (1984), quiso convertir la India en el apacible locus amoenus en el que el ser humano observa, desde ventanas de hotel, la encrucijada en la que convergen el mito y la supervivencia del espíritu entre gnósticos, jesuitas, profetas y hommes d’affaire.

A esa India le dedica por entero la tercera parte de Viajes y otros viajes. Escarba en su pasado portugués paseando por Goa –la ciudad del abate Faria, el amigo revolucionario de Chateaubriand–, en la que su admirado barroco colonial yace enterrado en la gran urbe oriental. Visita con el lector Bombay y sus alrededores con las páginas del clásico del navegante Pierre Loti y de Pasaje a la India de Forster en sus manos –textos fundamentales para entender el funcionamiento de los vasos comunicantes que relacionan la idiosincrasia del imperio colonizado con la naturaleza un tanto enceguecida de los imperios colonizadores.

Sus viajes siempre son una lección de humanidad o un ejemplo de exploración ilustrada. Mira con los ojos de la literatura o del arte los paisajes que recorre, que muchas veces evocan la desaparición o la muerte, como sucede sobre todo en Réquiem (1991) –su desfile de ausencias por la ciudad de Lisboa– o en Tristano muere (2004) –su agorera poción de memoria, sueño y delirio–. Esa querencia por el lado oculto de las cosas, por el reverso del mundo y por su pasado, lo ha hermanado con la pintura metafísica de De Chirico y con los textos de Gadda.

Tabucchi indaga qué historia se oculta detrás de un monumento, cómo fue la vida del autor, quién y por qué pasó por ahí, el rol de un cardo en una naturaleza muerta o de la ballena en Conrad y Melville, las razones por las que las ciudades literarias –de Madaragal a Sète y Cambrai– se convierten en las ciudades invisibles calvinianas, el amor funesto como leyenda en La dama de Porto Pim (1983) o para qué sirve un arpa con una sola cuerda en Se está haciendo cada vez más tarde (2001) –su tratado de amor, soledad y crepúsculo–. Finalmente, en los textos publicados en diarios que se recogen en su último libro, establece genealogías impensables: los axolotls de Final del juego de Cortázar con un jardín barroco de París o el canto de los grillos verdes y el Vía Crucis del escultor leproso en Congonhas do Campo, Brasil.

En “Atlas” se aviene a confesar que su pasión por la literatura nació de su lectura de La isla del tesoro, por lo que el lector comprende que no resulte del todo insólito que Tabucchi convierta sus viajes en literatura misma y guste más de la llegada que del trayecto, pese a que en Conversaciones con Antonio Tabucchi, de su traductor Carlos Gumpert (Anagrama, 1995), asegura que jamás ha

 

realizado un viaje para escribir sobre el mismo. Siempre los he hecho para vivirlos, nunca para escribir sobre ellos. Jamás tomo notas cuando estoy de viaje. Me fío tan solo de lo que permanece en la memoria.

 

De ahí que Tabucchi se asocie al viaje de un modo distinto a como relacionamos con el mapamundi a autores como Paul Theroux, Claudio Magris o W. G. Sebald. Un título como ¿Qué hago yo aquí?, del mítico Bruce Chatwin, nunca podría bautizar una obra del autor de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997). Los viajes de estos autores tienen un origen y alcanzan un final al que llega el lector; los de Tabucchi, en cambio, parten de un lugar pero se pierden para siempre jamás por el laberinto del conocimiento. Sus lectores saben que no hay antídoto para el veneno que inoculan, que no es otro que el bendito síndrome de Stendhal, que en su caso afecta por igual a quienes disfrutan de los chiles de México o de los versos de Machado.

Como sostuvo Pereira, es probable –porque el tiempo envejece deprisa– que don Antonio Tabucchi sintiera al dejarnos “una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida futura”, pero “después se puso la chaqueta y pensó que era la hora de regresar a su casa”. No volverá, pero le echaremos en falta. ~