Torsiones y distorsiones | Letras Libres
artículo no publicado

Torsiones y distorsiones

 

Lydia Davis

Cuentos completos

Traducción de Justo Navarro, Barcelona, Seix Barral, 2011, 752 pp.

 

Cuando en 1976 Raymond Carver publicó su primer libro de relatos, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, el clima era propicio. El esfuerzo de revistas como The New Yorker –que todavía incluye un relato semanal– contribuía a familiarizar al público lector con ese formato.

Aquí la coyuntura del cuento es bien distinta y ni los editores se pelean precisamente por incentivarlo ni los lectores lo consideran algo más que un género menor. Afortunadamente, aunque estamos a años luz del panorama norteamericano (el que sentó sus bases en los cincuenta y sesenta, cuando se publicaba a Bellow y Roth, y el actual, que sigue teniendo el cuento en alta estima), ahora está viviendo un pequeño auge.

El trabajo de Lydia Davis (Massachusetts, 1947), acaso una de las representantes más brillantes del paisaje narrativo actual y casi desconocida entre nosotros –hasta la fecha solo disponíamos de uno de sus libros de cuentos, Samuel Johnson está indignado (Emecé, 2004)– es hijo del apogeo de ese “género menor” que ha durado décadas en Estados Unidos, y que ha permitido la eclosión de múltiples variantes que se retroalimentan a modo de vasos comunicantes y exhiben una riqueza de estilos y enfoques digna de envidia (Cheever, Joyce Carol Oates, Foster Wallace, Lorrie Moore...). No recuerdo que su único libro traducido tuviera gran eco, pongamos que unos mil lectores accedieran a él. Mil lectores que sin duda debieron de sentir la fascinación que despierta su arrojo literario, fundado ante todo en la capacidad de asunción de riesgos (por poner un ejemplo fácil, el cuento que da título al citado volumen consta de una sola frase).

Aun así, no deja de ser una apuesta audaz que Seix Barral se haya lanzado a publicar sus Cuentos completos sabiendo que para amortizar la inversión necesitará vender muchos más ejemplares. Bien es cierto que pueden cubrirse las espaldas diciendo que este ladrillo que pesa ochocientos gramos viene avalado por Los Angeles Times y el San Francisco Chronicle, que lo eligieron el mejor libro del año; por no hablar de la excelente versión que ha hecho Justo Navarro, siempre garantía de calidad. Quiero pensar que la editorial, y con ella el traductor, han hecho una aportación casi desinteresada a la urgente transformación de la narrativa imperante, que luce tan decimonónica como esos salones presididos aún por un bodegón donde coexisten ajos y perdices.

Davis, hija de un crítico literario y una novelista, casada en primeras nupcias con Paul Auster, es profesora de escritura creativa en la Universidad de Albany y traductora del francés, responsable de versiones de Flaubert, Foucault y Proust. Queda claro que se ha nutrido de libros desde la infancia, de ahí que sus piezas vayan más allá del vulgar “voy a contar una historia”, algo que se espera incluso de un camionero en un bar de carretera. Precisamente Carver en un texto crítico saca a colación la brillante frase de Scott Fitzgerald que reza: “Coloca la silla al borde del precipicio y te contaré una historia.” Parafraseándole, podríamos afirmar que Lydia Davis coloca la silla al borde de la literatura y nos cuenta una historia. Mejor dicho 197 historias –las que se incluyen en este volumen–, resultado de reunir sus cuatro libros de relatos publicados hasta hoy: el citado Samuel Johnson está indignado, Desglose (1986), Sin apenas memoria (1997) y Variedades de perturbación (2007).

Si no le gustan las historias con planteamiento, nudo y desenlace, este es su libro. Si los cuentos donde los personajes tienen nombre, apellido e incluso antecedentes penales le hastían, este es su libro. Absténganse los lectores demasiado apegados a conceptos como verosimilitud y credibilidad. Brevedad, humor  y un interesante manejo de la elipsis constituyen algunos de los pilares sobre los que se asienta la literatura de Lydia Davis. Sirva como muestra el comienzo del relato “Trabajo municipal”:

 

Por toda la ciudad hay ancianas negras que han sido contratadas para llamar a la gente por teléfono a las siete de la mañana y preguntar con voz apagada si está Lisa. Es un trabajo que pueden hacer en casa. Estas mujeres forman parte de un ejército de empleados municipales que se ocupan de llamar a números equivocados. El mejor pagado de todos es un indio de la India capaz de insistir en que no se ha equivocado de número.

 

Davis es por un lado capaz de dotar a un relato de profundidad en un espacio muy breve, es decir con muy pocos medios expresivos, y por otro partidaria de que el cuento incluya “formas más excéntricas” (son palabras suyas). De ello deja constancia en notables ejercicios como “Extractos de una vida”, donde utiliza fragmentos del libro en que se basa el método Suzuki de aprendizaje musical. Por su parte, en el extenso relato titulado “El viaje de Lord Royston” emplea fragmentos de las cartas que el propio lord, erudito en estudios clásicos, remitía a casa durante su periplo alrededor del mundo.

Mucho menos discursivos que los largos, sus cuentos breves crecen en la mente del lector (como es deseo confeso de la autora) a partir de un empleo muy certero del lenguaje, donde la voluntad minimalista parece tener un gran peso y se sigue el precepto de Pound según el cual la precisión y la exactitud son la única moral de la escritura. Mayoritariamente, como dijo Guelbenzu, Davis retrata “gente media que vive permanentemente derrotada”(El País, 11 de junio de 2011) y hace que la vida cotidiana destelle de un modo inusual.

Resumiendo, hay una gran capacidad en ella de abrir nuevas sendas en el relato, también una lucidez psicológica muy novedosa. Si Carver dio un paso adelante en el camino hacia la renovación del cuento clásico, ahora lo da Lydia Davis. Quizá se le podría reprochar que la excesiva consciencia de lo que está escribiendo, y el tono displicente que sobrevuela su obra, provoque cierta frialdad: ese espacio vacío que genera entre el lector y el texto probablemente sea su mayor virtud y su mayor defecto. ~