Todo el odio posible | Letras Libres
artículo no publicado

Todo el odio posible

Guenguang Huang

El pequeño guardia rojo

Traducción de Juan Castilla Plaza

Barcelona, Libros del Asteroide, 2013, 304 pp.

La lectura de Wenguang Huang viene a actualizar el clásico Mi país y mi pueblo (1935), en el que Lin Yutang (1895-1976) habla de la capacidad que posee el pueblo chino para sobrevivir a los desaguisados de políticos, emperadores y dictadorzuelos gracias a un sistema familiar que tiene carácter de religión, a cierta dosis de humor y a su capacidad de apegarse al suelo para disfrutar de los pequeños placeres existenciales. Aunque en El pequeño guardia rojo (2012) el escritor y periodista Wenguang Huang (Xi’an, 1965) no pretende explicar a los occidentales ningún rasgo del carácter nacional chino, sino contar una historia familiar porque, después de veinte años de vivir en Estados Unidos, tiene miedo de olvidar el pasado, el argumento se mueve en el terreno psicológico y emocional que había intentado explicar Lin Yutang.

A través de la voz del narrador y protagonista, El pequeño guardia rojo cuenta la historia de una familia originaria de Henan a lo largo de tres generaciones –la de Abuela, la de Padre y la del propio narrador– desde el año 1933, cuando se produce el desbordamiento del río Huang He, hasta que el narrador se instala en Estados Unidos. Tres elementos subrayan la autenticidad y el apego a la realidad del argumento, sin que por ello el autor se decante por el género documental, periodístico o testimonial. En primer lugar, la historia bebe de la experiencia personal. En segundo, ninguno de los protagonistas es disidente ni ocupa ningún cargo político relevante más allá de alguna distinción recibida por el padre por motivos laborales; esto es, constituyen lo que podría llamarse una familia media en la época del comunismo, ni muy apegada ni muy desapegada al poder. Por último, la descripción de los momentos históricos que acompañan el desarrollo de la acción: la invasión de la ciudad de Henan por parte de las tropas japonesas en 1938; la hambruna de 1942 –que ocasionó tres millones de muertos– y la hambruna de 1959 a 1961 –que acabó con la vida de entre treinta y cuarenta millones de personas–, el inicio de la revolución cultural en 1966, la muerte del primer ministro Zhou Enlai y la del presidente Mao en 1976.

La familia Huang está compuesta de cinco miembros: padre, madre, abuela, el narrador y su hermana mayor, que no cuenta como tal dado que en China solo es primogénito el mayor de los varones pues, al casarse, las hembras pasarán a formar parte de la familia del marido. Aunque entre sus antepasados contaba con algún terrateniente y con un jefe militar que había servido al emperador Tongzhi, de la dinastía Qing, se había empobrecido hasta tal punto que cuando los comunistas tomaron el poder en 1949 no le prestaron atención. Los Huang llevan una existencia sin altibajos en la ciudad de Xi’an hasta que un buen día, al creer que está a punto de morir, Abuela le pide a Padre que cuando llegue el momento la entierre según dicta la tradición.

Originaria de una aldea de la provincia de Henan, Abuela es una personalidad muy respetada en el barrio y tiene un modo de pensar tradicional, con ideas “retrógradas y antirrevolucionarias”, que contrastan con las “revolucionarias” costumbres que aprenden en la escuela sus nietos y, en especial, ese primogénito al que tan apegada se siente y al que mima y protege de la austeridad de la educación de Madre. Nació en el año del Tigre, como Madre, con la que no disimula sus desavenencias (“No se andan con disimulos [...] es directa la desafección que se muestran en público”), y fue educada para conseguir un buen marido, lo que, todavía a principios del siglo XX, implicaba el vendado de los pies hasta reducirlos a una “forma piramidal, como las manitas de cerdo que Madre cocinaba”. Abuela enviudó muy pronto y, en vez de dejar a sus dos hijos varones en manos de familiares, asumió la responsabilidad de criarlos y educarlos. Durante la invasión japonesa y la hambruna de 1942, antes de llegar a Xi’an, Abuela y sus dos hijos vivieron experiencias espeluznantes, desde vecinos que colaboraban con los invasores hasta hambrientos que se comían “a los extraños que andaban solos por las carreteras”. Fue entonces, al inicio de la adolescencia, cuando Padre se quedó sin hermano, se convirtió en el único varón de la familia y decidió seguir a los comunistas.

A causa de la tradición del respeto filial que, según Confucio, debe tener un hijo con respecto a sus padres, y de la empatía y el reconocimiento de las penalidades por las que ha pasado Abuela, Padre se ve zarandeado por la solicitud funeraria. Por una parte sabe que esos rituales están penalizados por el gobierno y que, si lo pillan, habrá consecuencias políticas (“Los miembros del Partido debían trabajar duro, fomentar el liderazgo y vivir en armonía con sus familias”) para él y para sus hijos en edad escolar y con ganas de promocionarse en la sociedad china; por otra, se siente en deuda con Abuela. Finalmente y gracias al consejo y la complicidad de algunos amigos decide construir el ataúd, como paso previo al rito tradicional.

La decisión de Padre puede leerse como ejemplo de la doble moral característica de los sistemas dictatoriales, pero también tiene que ver con las reglas confucianas del honor familiar sobre las que escribió Lin Yutang y con un espíritu de supervivencia social que se resume en el consejo que en otro momento del texto le transmite al hijo: “No destaques. El cazador siempre mata al líder de la manada.”

Pero los planes no salen según lo esperado porque, después de arriesgarse con la búsqueda de madera y pintura para la fabricación del ataúd y de encontrar un lugar donde esconderlo, Abuela no muere tan pronto como esperaba. Y el ataúd pasa más de diez años en la habitación que Abuela comparte con su nieto preferido, lo cual da lugar a una importante relación de anécdotas que son, en realidad, las perlas del libro.

Entre lo cómico y lo trágico, con detalles que hablan del muy peculiar sentido del humor chino, la presencia del ataúd y, por ende, de la muerte, se convierte en el motivo principal del relato. La caja de madera desencadena descripciones de los ritos funerarios tradicionales, descubrimientos sobre orígenes familiares escondidos hasta la fecha, entretenimientos anteriores a la llegada de los comunistas, visitas familiares del pueblo de Henan y hasta el relato de cómo la ideología comunista se encargaba de transmitir las historias de los “héroes” en las escuelas.

El pequeño guardia rojo rezuma una autenticidad literaria que bebe, poco, de fuentes tradicionales chinas como Sueño en el pabellón rojo y mucho del periodismo y de la literatura occidental que el autor descubrió en su primer viaje de estudios a Inglaterra. De Shakespeare y de las historias bíblicas que tanto lo sorprendieron, del Orwell de 1984 y de ese libro de Bob Woodward y Carl Bernstein, Todos los hombres del presidente, que lo decidiría a convertirse en periodista y escritor al cabo de los años. ~