Sombras vivas de México | Letras Libres
artículo no publicado

Sombras vivas de México

 

Suso Mourelo

Donde mueren los dioses. Viaje por el alma y por la piel de México

Madrid, Gadir,

2011, 272 pp.

 

Hay tantos libros de viaje como autores. Heródoto hizo libros de viaje, también Casanova (alrededor de sí y de numerosas ciudades de Europa), Montaigne, Borrow, Stendhal, Edmundo de Amicis, Chatwin. En ocasiones el libro de viaje se confunde con la historia, con el relato de costumbres, a veces con la novela, siempre con el testimonio, cualidad sin la cual no hay viajero. Algunos, al internarse en el mundo, desvelan su alma; otros procuran, y casi lo logran, no proyectar su sombra sobre lo que observan. Suso Mourelo (Madrid, 1964) ha escrito un libro de viaje por México, Donde mueren los dioses, subtitulado Viaje por el alma y por la piel de México. A lo largo de un año (2009) recorrió México, entrando por Ciudad Juárez, el mismo lugar por el que lo hizo otro profesor que nos dejó un valioso relato viajero, pero en los años treinta, Emilio Cecchi: México (1932). El Paso, ese lugar que el cine ha dado a conocer a lo largo del siglo XX y que los asesinatos (Ciudad Juárez tras el bautizo de Porfirio Díaz) han puesto en los titulares de prensa, ha sido durante años una suerte de bisagra entre Estados Unidos y México, un portillón y una cicatriz, un trabalenguas y el paso entre dos mundos. Un río, llamado Bravo del lado hispano y Grande River desde el norte.

¿Qué es lo que interesaba a Mourelo antes de emprender el viaje? Una historia no del presente sino de los tiempos de don Porfirio Díaz, cuando desplazó a los bravos indios yaquis desde el noroeste del país, en Sonora, al sur, Yucatán, donde fueron vendidos como mano de obra. Un cierto retorno se inició en 1910, pero diez años después, con Obregón y Plutarco Elías Calles, hubo otra deportación. Los indios y sus dioses, los indios y su realidad entre dos mundos: su viejo mundo de rituales y cosmogonía mágica y el del progreso y la política moderna, de la Revolución a la democracia. Ni integrados ni aislados, los yaquis son un arcano y un enigma, además de una realidad humana desgarrada y evanescente. Una lectura heroica (el chamán y su visión mágica y poderosa de la realidad) la dio a finales de los años sesenta Carlos Castaneda, con el primer volumen de la memorable colección de cuatro: Las enseñanzas de don Juan. Una forma yaqui de conocimiento. Por otro lado, Mourelo tenía algunas referencias literarias, todas muy acordes, entre las que no puede faltar Malcolm Lowry, pero cuya cifra es Juan Rulfo y su Pedro Páramo.Dos nombres más, pero disímiles: Max Aub y Frida Kahlo. La errancia de los indios rebeldes perdidos en la historia moderna, y la errancia de las almas con cuyos murmullos dialogamos. La característica principal de este libro es su aire de provincia; incluso cuando nos habla de comercios y autos, parecen todos abarrotes y tiros de caballo. Uno esperaría que Suso Mourelo se hubiera encontrado si no directamente sí con un reflejo de López Velarde y su zozobra. Pero Mourelo evita toda referencia literaria (salvo a Rulfo) que no sea la de obras de viaje relacionadas con su poética de la errancia: John Kenneth Turner, México bárbaro, Cyprien Combier, Viaje el Golfo de California, el diario de Robert Zingg por las tierras de los tarahumaras en los años treinta: Behind the Mexican Mountains, etc. El periodo histórico más presente abarca los últimos años del Porfiriato hasta los inicios de la Revolución, y una planta: el henequén (agave), cultivada en México desde los tiempos prehispánicos y que alcanzó su auge en el XIX en la provincia de Yucatán, donde los latifundistas industrializaron su elaboración. De una de las variedades del agave se elabora el tequila, de cuyo procedimiento y de la tarea del jimador nos da cuenta Mourelo. Así que este libro de viaje nos acerca, al recorrer los lugares de asentamiento de los yaquis, las historias y la Historia (los cuentos y la cuenta) de un pueblo que sumaba ochenta comunidades cuando llegó Cortés y que los jesuitas dividieron y articularon alrededor de ocho iglesias, ocho gobernadores y ocho consejos. La historia de una diáspora contada al sesgo. Al mismo tiempo es un libro de leyendas extraordinarias: cuentos y mitos, como en toda comunidad antigua. No es una recopilación, no es un tratado, ni procura relacionar exhaustivamente su experiencia de oidor de historias y testimoniador  de caminos con lo que estudiosos de  la vida india (digamos Fernando Benítez y su gran obra Los indios de México) han realizado. Su característica es viajar por un presente en el que vislumbra los reflejos de un pasado, sus ecos y constancia. Siempre de paso, nos informa de las fundaciones indígenas, de la histórica articulación y desarticulación de las comunidades, de los apostolados de los franciscanos (fray Junípero Serra, por ejemplo) o de las opiniones sobre el sentido de México de algún entendido con quien tropieza en su camino, como cuando cita a un profesor mexicano residente en París que afirma que el problema de México es que “el mexicano odia al padre, el padre simbólico, el español, y desprecia a la madre, la india”. La Malinche, la traductora, la traidora. Mourelo anota y pasa, ni por asomo (fiel a su estética) hará una referencia a El laberinto de la soledad, aunque se trate de una obra que ya forma parte de la historia de México.

Desde que leyó Pedro Páramo, Mourelo quiso conocer la geografía de Comala, que no es Colima sino San Gabriel, un pueblo de Jalisco junto a Sierra Madre. Y, veinte años después, con los nombres de Susana Zamora y Enrique Trujillo en la memoria, rastrea la zona donde encuentra a alguien que lleva cuarenta años investigando las huellas, en la realidad, de las ficciones de Rulfo, y que alcanza la conclusión de que, por ejemplo, “‘El llano en llamas’ es un cuento que no tiene nada de cuento porque  todo fue real”. Hay españoles e  hispanistas que hacen lo mismo con el Quijote. Mourelo, más astuto, se dedica a hablar con la gente y a constatar lo que cuenta y así se salva y salva a la historia de su viaje de la ingenuidad de un chato realismo. Mourelo, en este viaje por la provincia, también llega sin embargo a la gran ciudad, el DF, donde aparecen Diego Rivera y Frida Kalho, León Trotski y Ramón Mercader. Hay algo que puntualizar: No es que Trotski estuviera, como afirma Mourelo, “obsesionado por el miedo a que lo mataran”: estaba, desde que lo decidió Stalin, preocupado por su vida, no obsesionado por el miedo. Tampoco es que México fuera el país donde “los amigos [Stalin/Trotski] se volvieron rivales”, porque en realidad nunca fueron amigos (léase, por ejemplo, Vie et mort de Léon Trotsky, de Victor Serge en colaboración con la viuda del dirigente ruso) ni Trotski profesó admiración alguna por Stalin, de ahí, entre otras razones históricas, que fuera exiliado y perseguido.

“Mexico no es alegre. Pero es mejor que alegre: está lleno de una furia profunda”, afirmó Emilio Cecchi. Mourelo no nos dice cómo son los mexicanos, su viaje no es por el Mexico moderno, sino por las sombras del México indio (yaqui) en las rutas de un viaje sostenido por pequeños diálogos a la búsqueda de una realidad aún viva. El arqueólogo Luis Millet le dice que “el día que desaparezca la milpa desaparecerán los dioses”. Visión del poblado autónomo en el cultivo de lo esencial. Mourelo parece asentir, y encuentra el final de su viaje cuando un indio viejo se jacta de ser descendiente de los mayas y afirma que aún ora a sus dioses. ~