Sin respiro, de William Boyd | Letras Libres
artículo no publicado

Sin respiro, de William Boyd


No recuerdo quién –¿un escritor?, ¿un crítico?, ¿un lector?, ¿un personaje?– fue el que una vez me dijo en persona o por escrito que, sin lugar a dudas, la novela de espías era la variedad más completa, compleja y satisfactoria de las ficciones largas. Y lo argumentaba diciendo que en ella se contenían todos los grandes temas narrativos (el amor y la muerte, el compromiso y la traición) además de un rasgo particular que la convertía en insuperable: la fantasía realizada de ser otro u otros.

Es posible que esa persona –¿hombre?, ¿mujer?– estuviera en lo cierto. Es posible, también, que exagerara un poco. Pero no hay dudas de algo: pocas cosas más gratificantes que una muy buena novela de espías, y Sin respiro de William Boyd es una muy buena novela de espías cuyo tema vuelve a pasar por el ser o no ser.

Tema que, por otra parte, siempre ha estado presente en los libros de Boyd más allá de que sus personajes tengan ocupaciones tan diversas como art dealer (Barras y estrellas, 1984), un director de cine maldito (Las nuevas confesiones, 1987), una investigadora de los hábitos de los simios (Playa de Brazzaville, 1990, alguna vez en los planes de Pedro Almodóvar), un pintor verdadero/falso y fiction/non-fiction como excusa para una tan celebrada como denostada jugarreta orsonwellesiana con la que Boyd engañó a buena parte del ambiente de la plástica en 1998 (Nat Tate, An American Artist: 1928-1960) o, simplemente, uno de esos hombres que se las arregla para surcar épocas y acontecimientos históricos como si se diera un simple paseo (Las aventuras de un hombre cualquiera, 2002). Todos y cada uno de ellos funcionan, sí, como perfectos espías, como infiltrados, como intrusos, como personas con dobles fondos y compartimentos escondidos y pasadizos secretos.

Condición que, también, podría aplicarse al mismo Boyd. Nacido en Accra, Ghana, en 1952, de padres escoceses, la vida y la obra de este escritor tiene algo de inasible y ubicuo y engañosamente sencillo e inofensivo, pero también narrativamente eficaz y expeditivo. Es decir: todas las condiciones que hacen al espía perfecto.

Cronológicamente enrolado en una generación marcada por estilistas –como Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan y Salman Rushdie entre otros alguna vez jóvenes Granta Best Writers–, Boyd es uno de esos escritores cuya preocupación fundamental pasa por el cómo armar y desarmar y volver a armar una trama y cómo hacerle sentir a su seguidor que, a las pocas páginas, ya se ha convertido en un cautivo de sus cautivantes personajes a los que resulta imposible dejar de leer y espiar. Decirlo así: a Boyd nada parece interesarle menos que ser un Henry James tardío y nada le atrae más que seguir las líneas maestras de los Evelyn Waugh y Somerset Maugham de siempre (este último, nada es casual, uno de los fundadores del espía británico como institución en sus serie de relatos protagonizada por Ashenden) a la hora de contar una buena historia de la manera más directa, a quemarropa.

Sin respiro –ganadora en el 2006 del instantáneamente prestigioso Costa Award y del desde siempre popular y televisivo Richard and Judy Best Read of the Year– es, entonces, Boyd puro y duro con un inicio, sí, inequívocamente boydiano en el que una hija (Ruth, profesora de inglés para extranjeros en Oxford, amante de un alumno iraní), durante el agobiante verano de 1976, escucha primero y lee después (marca de la Casa Boyd son los diarios y journals y cartas) la confesión de una anciana madre cuyo verdadero nombre no es Sally Gilmartin sino Eva Delectroskaya. Alguien que en uno de esos pasados que nunca se desvanecen del todo fue una legendaria espía reclutada en 1939 por el Servicio Secreto Inglés para espiar y pasar falsa información –y he aquí lo tan novedoso como históricamente documentado del asunto– no a los alemanes ni a los rusos sino a los norteamericanos. La misión de Eva y sus colegas era la de alentar la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en los días y noches anteriores a Pearl Harbor.

Y ahora, de pronto, tantos años después, Eva descubre lo que siempre supo que sucedería: su vida corre peligro porque ha llegado la hora de pagar (o de cobrarse) facturas pendientes y de comprender que aquel que sabe demasiado sobre aquello que muy pocos conocen tarde o temprano se convierte en un riesgo incómodo.

No tiene mucho sentido, no corresponde, profundizar en el argumento que se va desarrollando en capítulos alternativos que siguen el presente de Ruth y el pasado de Eva –dos mujeres cansadas por motivos tan sólo en apariencia diferentes– hasta confluir en el momento definitivo de la venganza largamente postergada. Después de todo, Sin respiro (que en más de un sentido podría considerarse la segunda parte de un díptico iniciado en 1993 con La tarde azul, otra novela con progenitor misterioso e hija atribulada por el ayer oculto que, de pronto, se le viene encima) no deja de ser uno de esos muy nobles entretenimientos de los que cuanto menos se sepa, mejor. Un cuidado artefacto donde el tempo y la administración del suspense y las sucesivas vueltas de tuerca y disparos en la oscuridad hacen lo suyo homenajeando (disfrutar de la figura del maestro espía Lucas Romer, elegante y tan british instructor de Eva) a todos y cada uno de los lugares comunes del género enalteciéndolo con modales similares a los de John Banville al ocuparse del policial negro y duro en la reciente El secreto de Christine (Alfaguara). Eso que se conoce como labour of love.

Sin respiro no es la gran novela de formación y/o de-formación de un espía. Ese puesto le corresponde a las por siempre insuperables El factor humano de Graham Greene y Un espía perfecto de John le Carré. Pero Sin respiro es –por encima de algunas mínimas desprolijidades cuando los diálogos abundan en demasiada información técnica– una más que atendible contrincante.

O, si se prefiere, una más aventajada discípula –como Eva y, finalmente, también como Ruth– cuya existencia honra a sus maestros y donde se vuelve a comprobar que una vez que se ha espiado ya es imposible dejar de espiar.

Y que el mundo y la vida están llenos de oscuros topos y agujeros negros.

“No confíes en nadie”, le instruye y aconseja Romer a Eva. 

“Menos en William Boyd”, agrego yo.