Sin la ceguera del prejuicio | Letras Libres
artículo no publicado

Sin la ceguera del prejuicio

Ramón Andrés

Semper Dolens. Historia del suicidio en Occidente

Barcelona, Acantilado, 2015, 512 pp.

“¡La muerte, los impuestos y los partos! ¡Nunca es buen momento para ninguno de los tres!”, hizo exclamar Margaret Mitchell a Scarlett O’Hara. En el ámbito de la literatura (y específicamente del ensayo), el veto de la autora de Lo que el viento se llevó solo parece seguir vigente en relación a la muerte y en especial a la voluntaria. Sin embargo, sobre ella se escribe comparativamente poco.

A pesar de que en torno al suicidio confluyen cuestiones de enorme relevancia como la historia del sujeto, la historia social, la religiosidad, la concepción de la dignidad personal, el control que el Estado ejerce sobre sus ciudadanos, la vigilancia médica y una comprensión no siempre muy elaborada de quiénes somos y quiénes deseamos ser (o dejar de ser), y en consonancia con las restricciones que la prensa suele imponerse a sí misma para evitar la imitación, el suicidio permanece en las sombras, en el terreno de lo inconfesable y de lo que solo se puede callar. Más allá del famoso (y no muy logrado, en mi opinión) libro de Al Alvarez El dios salvaje (1972, reeditado recientemente por la, por otra parte, muy buena editorial chilena Hueders) y de la excelente (pero inhallable durante años) Historia del suicidio en Occidente de Ramón Andrés (2003), no existen muchos ensayos sobre el tema (aunque, desde luego, las ficciones sobre el suicidio son abundantes); pero el mejor de ellos, el de Andrés (Pamplona, 1955), es reeditado ahora por Acantilado en una edición corregida, ampliada y actualizada que desmiente a Mitchell y a su personaje.

“No hay, no puede haber teorías nuevas sobre el suicidio”, advierte Andrés al comienzo de su obra; si el autor no se propone teorizar sobre ese acto que “despierta sentimientos contrarios en quien lo afronta: la victoria sobre el prójimo, o la derrota de sí”, lo que sí se propone es narrar la historia de las visiones del suicidio desde sus primeros antecedentes en Egipto y Mesopotamia hasta la actualidad, pasando por la tolerancia de judíos, egipcios y romanos (así como de los primeros cristianos), su empleo como manifestación de desacuerdo y rechazo y/o de locura en la tradición griega, las aberrantes prácticas medievales de exorcismo y punición del suicida, el estudio del “humor melancólico”, la vinculación (errónea, estadísticamente hablando) entre producción artística y tendencias suicidas, la difícil definición de “eutanasia” (y el ejercicio de este derecho, tan difícil de concebir para algunos): en palabras de su autor, el suicidio ha sido “estigmatizado por la Iglesia a lo largo de la Edad Media, juzgado con arbitrariedad entre los siglos XVI y XVII, absorbido por la medicina y la literatura durante las dos siguientes centurias, y confiscado por la sociología y la psiquiatría de los siglos XX y XXI”. Historiarlo es, pues, inevitablemente, narrar la historia de la alternancia de actitudes ante la muerte de sí (por lo general, su aceptación ha alternado con el rechazo a la práctica, y viceversa: por qué esto es así es uno de los temas centrales del libro), pero también poner de manifiesto, mediante esa alternancia, que nuestras actitudes ante él no son mejores que las que le precedieron y están históricamente fundadas, de tal forma que nuestro rechazo al suicidio no es “natural” ni tiene que ser inamovible. Esta conclusión tácita del libro de Andrés contribuye a una comprensión, si no de la naturaleza del suicidio, sí de las actitudes ante él, que desmiente la humildad de las aspiraciones de su autor y constituye uno de sus mejores servicios a los lectores.

Esta Historia del suicidio en Occidente es de una erudición deslumbrante (una característica que comparte con otros libros del autor, como el excelente Diccionario de música, mitología, magia y religión que Acantilado publicó en 2012) y su visión tiene mucho de desacralizadora: al parecer, hemos estado suicidándonos desde el comienzo de la especie (aunque no profundiza en el tema, Andrés acierta al exponer el hecho fundamental de que solo para la especie humana la muerte “natural” lo es, puesto que lo “natural” en la naturaleza es sufrir un accidente o ser devorado por un depredador mucho antes de alcanzar la vejez) y es improbable que dejemos de hacerlo. La muerte voluntaria está presente en los mitos fundacionales de las civilizaciones mesopotámica, egipcia y griega, ocupa una parte importante de la historia egipcia (cuya soberanía termina con la vida de Cleopatra), judía (el suicidio colectivo de Masada es en la actualidad uno de los relatos seminales de los israelíes), romana (en la que constituyó un privilegio de las élites políticas) y cristiana, es uno de los capítulos más importantes de la filosofía occidental (la muerte de Sócrates) y es el trasfondo de algunas de las manifestaciones culturales más interesantes de la Edad Media, como la nave de los locos (en la que también navegaban los suicidas) y las danzas en cementerios; también está en el origen de los primeros tratados “psicológicos” (que lo atribuyeron a la locura, a la “bilis negra” o melancolía y a la acción del demonio), ocupa una parte importante de la filosofía occidental (sobre él escribieron Tomás Moro, Blaise Pascal, John Donne y otros; la refutación parcial de las tesis sociológicas de Émile Durkheim sobre el suicidio es, por otra parte, uno de los capítulos más brillantes de la obra) y es uno de los asuntos políticos más disputados de nuestro tiempo, en particular en relación a la pregunta de si la ayuda prestada por razones humanitarias a quienes deciden poner fin a su vida debe ser castigada o no.

Solo una aproximación al tema sin la ceguera del prejuicio podía hacer justicia a uno de los aspectos centrales de nuestra cultura: la determinación de sí, y la de Ramón Andrés lo es. Esto y su propuesta tácita de acabar con el concepto peyorativo (y relativamente reciente) de “suicidio” y reemplazarlo por el de “muerte voluntaria” son solo algunos de sus muchos méritos y los de este libro extraordinario. ~

 

 

Acá puede leerse una entrevista con Ramón Andrés