Seráfico y donjuán: nueva vida de Rilke | Letras Libres
artículo no publicado

Seráfico y donjuán: nueva vida de Rilke

Mauricio Wiesenthal

Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)

Barcelona, Acantilado, 2015, 1.168 pp.

Junto con Goethe y Hölderlin, Rainer Maria Rilke (1875-1926) es uno de los máximos poetas de la lengua alemana. Sus Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo se cuentan entre las cumbres líricas universales, y algunas de sus obras en prosa, tales como Cartas a un joven poeta o su novela de juventud Los apuntes de Malte Laurids Brigge, son clásicos modernos. Su genio poético sigue siendo materia de estudio en la actualidad, y su vida, motivo para remembranzas y biografías. En este aspecto biográfico contamos en España con el libro del germanista Antonio Pau, Vida de Rainer Maria Rilke. La belleza y el espanto (Trotta, 2007), y con el trabajo del profesor y traductor Federico Bermúdez-Cañete, Rilke, vida y obra (Hiperión, 2008). Ambos son muy distintos, en cuanto a estilo, envergadura e información, de la monumental biografía que ahora publica Acantilado. Esta es una obra que, además de tratar de la vida y misterios de Rilke, rememora multitud de personalidades que rodearon al poeta; por ello, tiene mucho de enciclopedia cultural del último tercio del siglo XIX y de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Primera Guerra Mundial.

Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) es una rara avis en el mundo literario de nuestro país; alejado de sectas universitarias, es raro en cuanto a su tremenda erudición, la elección de sus temas y el compromiso de su espíritu con la gran cultura cosmopolita europea. Así lo demuestran títulos suyos tan excepcionales como Libro de Réquiems (Edhasa, 2004), El esnobismo de las golondrinas (Edhasa, 2004) o Siguiendo mi camino (Acantilado, 2013), libros misceláneos, mezcla de recuerdos, anécdotas, notas biográficas y viajes por los lugares emblemáticos y los personajes señeros de la cultura de la vieja Europa. En 2010 publicó, además, un hermoso libro sobre Tolstói: El viejo león (Edhasa).

Lo dijo Lessing fascinado por Sófocles: “Cuando un escritor se gana nuestro cariño, el detalle más insignificante de su vida deja de sernos indiferente.” Eso mismo es aplicable a Wiesenthal y su Rilke, nacido en Praga en una época axial de la cultura moderna: ocho años mayor que Kafka, fue contemporáneo de Stefan Zweig, Hugo von Hofmannsthal, Proust, Gide y Rodin; del conde Harry Kessler y de la portentosa Lou Salomé, sin ir más lejos. Así que, animado de enorme empatía y gran curiosidad por aquel universo, Wiesenthal recrea la vida de René Maria Rilke (el Rainer –“puro” en alemán– se lo adjudicó Lou Salomé) con meticulosidad de orfebre; y se las ingenia para que ni una sola de este millar de páginas sea aburrida: ¡tantos son los avatares, las personas, los lugares que describe! Y lo hace muy bien, porque Wiesenthal es un escritor de raza y “poeta” a su modo: su narración convence y el lector termina esclarecido sobre el carácter de Rilke, sus sentimientos y las vicisitudes a las que lo condujo su irrenunciable vocación de artista.

Al igual que muchos otros artistas, Rilke fue un desarraigado que no se sintió ni checo ni alemán; residió como un bohemio genial de magra fortuna económica lo mismo en la comunidad artística del pintoresco Worpswede, aldea junto a Bremen, que en París, Venecia, Capri, Lausana o en el pueblecito del Valais suizo donde reposan sus restos: Raroña. Durante gran parte de su vida se las ingenió para desenvolverse con soltura en un mundo que lo trató bien, pues desde su juventud le permitió consagrarse a la literatura. Rilke, de familia burguesa de habla alemana, creció bajo la influencia de su madre –Sophie Entz–, judía de origen y con ínfulas de aristócrata; ella prendió en el niño la mecha de la poesía, lo sobreprotegió y le enseñó a comportarse cual ser excepcional consagrado a los placeres del espíritu y del arte: la más excelsa de las apariencias. Pero Rilke ni estudió una carrera ni tuvo otro oficio que el de poeta. Gracias a su encanto personal y su gallardía, contó pronto con amistades poderosas –princesas y mecenas– que subvencionaron sus gastos, invitándolo una y otra vez a sus castillos y mansiones dispersas por una Europa sin fronteras, unificada y vivificada por el antídoto común de las artes y la cultura. De manera que Rilke se pasó el grueso de su corta existencia viajando de un castillo a otro, consagrado siempre a su persona y su obra, componiendo magníficos poemas intimistas, alumbradores, entre místicos y ocultistas (“quiero decir lo inexpresable”, afirmó), seducido por la belleza, vestido como un dandi, cortejando mujeres que lo adoraban –princesas, pintoras, pianistas, poetas– pero a las que él dejaba muchas veces con un palmo de narices cuando se veía demasiado comprometido. Donjuán sensible y delicado en extremo, solía aparecérseles como una figura etérea y angelical –su gran amiga y protectora la princesa Marie von Thurn und Taxis lo apodó “seráfico” por su afinidad espiritual con los ángeles y serafines– para convertirse enseguida en un diablo travieso, ya que nunca llegó a ser malvado o fáustico, a pesar de que uno de sus versos más célebres reza: “Todo ángel es terrible.”

Se casó joven con la escultora Clara Westhoff; tuvo una hija, pero pronto se desentendió de ambas: aunque siguió manteniendo buena amistad con la madre, el poeta no pudo soportar la responsabilidad de un matrimonio convencional y voló para dar rienda suelta a sus veleidades: a menudo deseaba aislarse cual anacoreta enamorado del silencio, y en otras ocasiones era el artista glamouroso que se exhibía y declamaba sus versos en salones y cenáculos artísticos. Rilke tuvo mucho de mistagogo y hasta de embaucador, y ello por el bien de su arte y la belleza de sus versos; frío ángel calculador del valor de su obra, el único amor verdadero en su vida. Así lo pincela Wiesenthal, quien presenta a un Rilke “humano, demasiado humano”, por decirlo con Nietzsche.

Junto al relato de la atípica vida de Rilke, son magníficas las aportaciones de Wiesenthal sobre sus propios viajes siguiendo los itinerarios rilkeanos: Rusia, Francia, Italia o Suiza. Allá donde estuvo el poeta ha estado también su biógrafo para recordarnos el ambiente que se respira en tal o cual rincón, en uno u otro hotel; asimismo, sorprenden y agradan sus apuntes de los personajes que rodearon a Rilke. Da certeras pinceladas sobre Lou Salomé y su marido Andreas, Anton Kippenberg –el editor de Insel que tan bien se portó con Rilke–, el apabullante Rodin, Eleonora Duse, Marina Tsvietáieva o la pintora Baladine Klossowska, el último amor; además de otra centena de personas relevantes del mundo intelectual de aquella Europa abierta, donde la cultura reinaba como el bien más preciado, por encima de fronteras y naciones.

Mauricio Wiesenthal ha escrito una obra sin parangón, única en España, donde escasean las buenas biografías de grandes autores extranjeros. ~