Reticencia y agudeza | Letras Libres
artículo no publicado

Reticencia y agudeza

 

Jordi Doce

Perros en la playa

Dibujos de Javier Pagola, Madrid, La Oficina de Arte y Ediciones, 2011, 224 pp.

 

“En el aforismo confluyen poesía y pensamiento. Quizá no se da ahora entre nosotros por ausencia flagrante de ambos”, escribía José Ángel Valente en sus Notas de un simulador (Ediciones La Palma, 1997). Es natural –y diría que hasta inevitable– recordar la reflexión del poeta gallego ante un libro conformado en buena parte por aforismos como es Perros en la playa, de Jordi Doce. La observación de Valente tenía algo de denuncia en relación con el contexto cultural español y, a pesar de tratarse de una generalización (todos conocemos, de hecho, varias excepciones), no dejaba de responder a una realidad concreta.

Lo primero que convendría decir, tal vez, de Perros en la playa es que viene por fortuna a desmentir, o al menos a relativizar, la “ausencia” denunciada por Valente. Pero ocurre que el libro de Jordi Doce (Gijón, 1967), conocido poeta y crítico, contiene no solo aforismos, sino también otras clases de textos, no menos atrayentes e igualmente embebidos de pensamiento y poesía. Esos textos van desde el ensayo brevísimo (in nuce, se diría) hasta la anotación de diario, pasando por el poema propiamente dicho. Estamos, en realidad, ante un libro de difícil clasificación que, por ello mismo, multiplica sus sentidos y valores al no atenerse a una única modalidad de escritura y decidir indagar en distintas formas de expresión literaria. La impugnación que, de este modo, recibe en estas páginas la idea de género único resulta aquí particularmente enriquecedora. Pertenecería Perros en la playa, así, a una más bien rara estirpe de libros “transgenéricos” que, al yuxtaponer textos inscritos en diversas modalidades literarias, reconfiguran el hecho literario mismo y le otorgan un sentido nuevo y peculiar. Piense el lector aquí, solamente, en un libro como El hacedor, de Borges, en el que la “silva de varia lección” formada por el cuento, el ensayo, el poema y aun el apólogo brevísimo dio lugar a nuevos y fascinantes reflejos literarios y a espléndidas interpolaciones estéticas.

Si esto es lo primero que, desde el punto de vista de su conformación externa, parece definir a este libro, llama la atención enseguida, por otra parte, la riqueza de su indagación creadora y crítica. Riqueza es aquí, al mismo tiempo, abundancia (o diversidad, si se prefiere) y hondura. Si nos fijamos, para empezar, en los aforismos –de los cuales su autor nos había dado ya una significativa y hermosa muestra en su libro Hormigas blancas (S. L. Bartleby Editores), de 2005–, no resulta fácil determinar cuál es el rasgo más característico de estas máximas relampagueantes, pues hay en ellas, a menudo, tanto poesía como pensamiento (en el sentido apuntado por Valente), pero también una considerable variedad de tonos y registros, lo mismo en el plano lírico que en el filosófico. Una y otra vez se pone de manifiesto la familiaridad del autor con la gran tradición aforística occidental, desde Lichtenberg hasta Canetti, por aludir solo al periodo moderno. En el caso de Jordi Doce, sin embargo, se diría que las paradojas típicas del género se metamorfosean en una pura llama lírica. Véase, por ejemplo, uno de los más bellos aforismos del libro: “¿Con quién baila la llama de una vela?” Aquí, la gracia y la agudeza se materializan en una frase que es una suerte de destello, un destello, sin embargo, subrayado por el ritmo del endecasílabo en que toma cuerpo. Se diría, pues, que estamos ante un poema formado por un único verso (como, por ejemplo, algunos muy conocidos de Ungaretti), esto es, una suerte de micropoema. Pero, incluso sin el subrayado rítmico (“Hay alguien en mí que no conozco: habla conmigo para saber quién soy”; “Escribe páginas y más páginas, y el libro verdadero corre tras él con la lengua fuera, incapaz de alcanzarle”; “Paciencia, le dicen. Gran virtud. Pero paciente también lo es la muerte”; “Cuando una palabra no basta, escribimos”), la intensidad no es menor. Posee el autor algunas de las mejores virtudes del aforismo clásico: el don de la reticencia –ese que permite saber callar a tiempo– y la capacidad de hacer que la agudeza no se confunda nunca con la hueca ingeniosidad. Jordi Doce sabe tanto decir como no decir; sabe, en efecto, que “El silencio son las palabras que se quedan fuera”, a veces tan importantes como las que se dicen. Y a veces más aún.

En el costado crítico-ensayístico, las reflexiones contenidas en Perros en la playa suelen rayar a la misma altura (o a la misma profundidad). Cabría distinguir, tal vez, entre las anotaciones de poética (incluidos los apuntes sobre el significado de la escritura) y los comentarios relacionados directa o indirectamente con la crítica y la teoría literarias. Resultan particularmente interesantes, por ejemplo, las observaciones que hace Doce acerca de lo que llama “el error como categoría productiva”, es decir, el error que, en una novela o en un poema, puede ser más significativo que el acierto. En una obra literaria, en efecto, “ciertas páginas son fallidas, sí, pero su fallo es más fecundo y deslumbrante que muchos llamados aciertos”. Aprovecha el autor para aludir, de paso, a las insuficiencias o limitaciones de la crítica literaria en la España de hoy, una crítica incapaz de percibir un fenómeno tan característico de la modernidad literaria como es el riesgo o la capacidad de aventura, para no hablar de la voluntad de transgresión, actitudes que pueden conducir –y a veces conducen, de hecho– al error. Esa crítica literaria (si puede ser llamada así) juzga como error lo que es indagación. Otro tanto cabe decir de las páginas que Jordi Doce dedica a la traducción literaria (que es para él, entre otras cosas, la recuperación del ritmo primordial de la lectura), una materia en la que el autor –traductor muy experimentado– es desde hace tiempo una autoridad entre nosotros, o los apuntes que versan sobre el periodismo cultural tal y como se practica actualmente en España, que no deja de ser una variante de la publicidad más banal. Se trata de páginas no pocas veces llevadas por una lucidez crítica inusual en nuestro contexto; una lucidez, por otra parte, que no necesita hacer tratados voluminosos para ofrecer la clave de un asunto, porque a veces unas pocas líneas pueden ser suficientes. No me resisto a transcribir el siguiente apunte: “Un buen amigo, hispanista extranjero, regresa de hacer un estudio de campo sobre la joven poesía o nueva o última poesía española. Le pregunto cuál es su impresión general, con qué se queda después de tanta charla: ‘Mi impresión –dice, con algo de perplejidad en la sonrisa– es que, salvo excepciones, los poetas jóvenes en España quieren ser todos novelistas.’”

En Perros en la playa hay también, ya se dijo, poemas y notas de diario. Aquellos tratan de trascenderlo vivido y lo sentido; estas, dar su testimonio contra la herida del tiempo. El libro, no obstante, se abre y se cierra con un poema, como si Jordi Doce reconociera que la palabra poética no solo se halla en el principio y en el fin de toda su experiencia, sino que es también la palabra del “caminar hacia dentro”, como dice hermosamente a otro propósito. ¿A otro propósito? Pensándolo bien, todas estas páginas –aforismos, poemas, notas, comentarios– apuntan en realidad en una misma dirección. Nada se gana, por ello mismo, deslindando cada una de esas formas o modalidades literarias, y menos aún examinándolas por separado, porque se diría que la propuesta de Jordi Doce –tal vez la propuesta más lúcida de este libro– es hacernos ver la unidad última de la escritura. O, dicho de otra manera: la convergencia final de todas las palabras en la pura llama de la palabra poética. Los sugerentes dibujos de Javier Pagola subrayan sutilmente esta dimensión. Un libro de pensamiento y poesía.  Un libro para “caminar hacia dentro”. ~