¿Quién lee a los poetas? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Quién lee a los poetas?

Sobre la poesía de Alejandro Magallanes y la feroz campaña desescritural emprendida.

En 1963, el Oliveira de Rayuela afirmó que luego de la Segunda Guerra Mundial, “quedan poetas, nadie lo niega, pero no los lee nadie” (capítulo 99). Resulta difícil ignorar que el insignificante cenáculo de quienes mantienen viva la llama de la poesía está formado por poetas en el ejercicio de su profesión... y por aspirantes a poetas. Fuera de este cónclave, poco hay y las casas editoriales lo saben bien. ¿Dónde están los lectores y lectoras de buena fe, capaces de leer sin esperar nada a cambio? Vale la pena, creo, preguntarse el por qué del desgano de quien lee y compra libros.

Tengo mis teorías, por supuesto, pero prefiero el atajo del ejemplo (como escribió Séneca a Lucio, “largo es el camino por los preceptos; breve y eficaz por los ejemplos”). Para empezar, diré que son muchos los tipos de poesía y nadie que viaje en el transporte público ni suba o baje por el elevador del edificio más distinguido de la ciudad o coma en el restaurante de moda se atreverá a pedir que apaguen la música; ahí, en el ruido ambiental de nuestra vida cotidiana, está la poesía tras los mil y un disfraces de la música popular. Bajo ese manto, la poesía se vende y se compra, se descarga, se vuelve concierto, se memoriza, se recita en el karaoke. Nadie huye de ella y queda siempre la impresión de que, a no ser por sus letras (e, implícitos, sus poemas), la música carente de voz (mal llamada música clásica) habría compartido suerte con la poesía carente de música, relegadas ambas al oído de un selecto público.

Me referiré a la ópera prima de un poeta mejor conocido por sus trabajos como inspirado y ameno diseñador editorial, Alejandro Magallanes (1971). Como diseñador de libros, el que se le reconozca por ellos en un terreno tan concurrido nos demuestra su consolidación (tener un Magallanes entre las manos, digo yo, es como colgar un Picasso o un Matisse en la sala de estar). Sin reparar en ello, un día sus inquietudes creativas lo condujeron naturalmente hasta la poesía visual, con ejercicios que se ubican del lado más lúdico de la obra de Joan Brossa, en un libro tan sorprendente como divertido: ¿Con qué rima tima? (Almadía, 2011). Sin hacer a un lado el valor de numerosas viñetas líricas, donde la imagen y la tipografía comparten con armónico equilibrio la responsabilidad de mantener la curiosidad de quienes leemos, ni del libro como un ameno conjunto, uno de los textos, “El poema nuevo del emperador” (pp. 47-53), llama la atención de forma particular debido, en parte, a su extensión y, en parte, a su discontinuidad respecto al resto de las composiciones. Este poema muestra, desde su primera intención tipográfica, una explícita y sostenida tensión entre el nihilismo escritural típico de nuestra modernidad y el fenómeno de la especulación artística que justiprecia la obra con independencia, en ocasiones, de su factura, su rigor compositivo, su prosodia o su impacto en quien lee. Representa, desde ángulos distintos, ese “poema nuevo” cuya percepción está limitada a las clases favorecidas intelectualmente que, durante años y a través de visitas continuas a distintas galerías y museos del mundo, se han educado en la percepción estética de objetos artísticos no tradicionales.

Visto con mayor detenimiento, su propuesta es radical: si el signo en rotación de Octavio Paz se escribía y se borraba de forma simultánea, fiel a una vocación autocrítica que definía a la modernidad, con este poema Alejandro Magallanes apoya un pie en esa tierra sin fronteras que llamamos hoy la desescritura y el otro, en un cauce más bien clásico y convencional de la tradición de la ruptura, tan presente en la poesía mexicana desde Poesía en movimiento de 1966. Con este signo poético, Magallanes pone en crisis la noción misma de poesía cuando privilegia la violenta borradura del significante, esa arquitectura formal del signo, para subrayar el significado político. Más que un poema, parece un gesto de desacato al orden establecido y al canon estético imperante. En mi opinión, estamos frente a unos de los poemas más radicales de la poesía mexicana, donde su apertura absoluta se da en razón de la feroz campaña desescritural emprendida. Poco más de medio siglo después, realiza el ideal estético del Morelli de Cortázar: “desescribir [...] para ganarse el derecho (y ganárselo a todos) de entrar de nuevo con el buen pie en la casa del hombre” (capítulo 99).

Desde una perspectiva diacrónica, este poema de Magallanes podría cerrar el proceso de borradura iniciado en otro clásico de la poesía mexicana; me refiero al conocido poema de José Juan Tablada (1871-1945):

El saúz

Tierno saúz

casi oro, casi ámbar,

casi luz...

En el poema de Tablada, breve y desprovisto de malicia (al menos en apariencia), viaja de incógnita su propia negación crítica bajo el velo de la prosodia, hasta su desescritura. La acentuación aguda de saúz es producto de una pronunciación extravagante que mantiene la rima con luz y proyecta en el espíritu de quien lee una delicada gradación, la del árbol tierno que pasa por varios estados de la materia: empieza por ser oro, se convierte en ámbar (¿no es un oro traslúcido?) y termina por ser luz inmaterial. Gracias a la alquimia de las palabras, transita de un estado material a otro inmaterial en apenas dos versos y pocos segundos. Las fuentes posibles pueden, por supuesto, remontarse hasta el I Ching y el Tao Te Ching (no se alude de balde al interés de Morelli por “estudios o desestudios tales como el budismo Zen” en el capítulo 95 de Rayuela), pero sus referentes más inmediatos se encontrarán con toda seguridad en las vanguardias. Esto, sin olvidar los relatos folclóricos que le sirven de telón de fondo al poema; me refiero al cuento de hadas recogido por Andersen sobre el poder de la especulación artística: “El traje nuevo del emperador”.

Dentro de su generación, “El poema nuevo del emperador” puede leerse en paralelo con otro poema posterior de Rodrigo Flores Sánchez (1977), Mall/ 23 de febrero 2005”, publicado en Tianguis (Almadía, 2013), exhibición de la capacidad autocrítica del poema para expresar las tensiones entre la forma del signo, su borradura y la producción de sentido. La voz lírica persevera tanto en su vocación autocrítica que incluso llega a estorbar la lectura, en un conjunto verbal donde cada nueva frase tiene el propósito de criticar el sentido de la anterior para desescribirla:

Se extingue mi escritura. Siguiente imagen. Un grupo de turistas orientales. Un grupo de dependientes de restaurantes de comida rápida. Siguiente imagen. Un estudiante mexicano sosteniendo una pluma (misma que se desliza sobre un cuaderno). Una familia de migrantes come hamburguesas. Se extingue mi escritura. Se extingue mi observación.[...] Mi conciencia bala en el baldío. Etcétera. Etc.Mi conciencia bala en el baldío es y no es una convención literaria. Este conjunto de signos representa y no representa un poema. Un poema es y no es una experiencia verbal.Se extingue mi escritura es y no es el comienzo de una escritura. [...] Un poema es incapaz de proponer una siguiente imagen. Una escritura solo propone un paréntesis. Shshshsh (53-54).

“Se extingue mi escritura” denuncia el fracaso de escribir y conduce al nihilismo desescritural donde la misma extinción de la escritura “es y no es una convención literaria”, donde escribir sobre la escritura “representa y no representa un poema” y donde escribir sobre la escritura “es y no es una experiencia verbal”.

El poema de Magallanes, claro, podría leerse desprovisto de la parafernalia historiográfica anterior como una forma de experimentar el paso del tiempo en un espacio conquistado por la inteligencia. El mero acto de leer se transforma, desde esta perspectiva ingenua, en una experiencia agobiante y casi tortuosa. La sensación de no avanzar, empantanados en el virtuosismo técnico de Alejandro Magallanes, puede llegar a ser decididamente irritante. Para “quebrar los hábitos mentales del lector”, como quería el Morelli de Rayuela (capítulo 99), se debe molestar a quien lee para expulsarlo de su cómoda butaca.

Y aquí llegamos a la principal razón para no leer poesía en la posmodernidad estética que nos ha tocado vivir si el público de la poesía se angosta es porque se busca en el poema una participación activa para el llenado del vacío de su propuesta estética. Se desescribe para que quien lea participe de la experiencia creativa. El poema actual no acepta ser leído desde una zona confortable, por lo que la experiencia debe ser activa y completarse con otras lecturas, con más espesura intelectual, con el trazado de relaciones significativas, con mucho esfuerzo creativo (tanto o más de lo que demandó el poema original). Esto explica, en parte, que el círculo de lectores y lectoras del poema actual esté formado, precisamente, por más poetas. Quien desee participar desde la trinchera de la crítica no tiene otro remedio que simular, como el pueblo del emperador en el apólogo, que hay un poema.

Por cierto, para terminar convendría citar en extenso el poema analizado hasta aquí. Por razones de espacio, solo cito los primeros cincuenta o sesenta versos (o lo que creo que son los primeros cincuenta o sesenta versos):