Queremos tanto a Meche | Letras Libres
artículo no publicado

Queremos tanto a Meche

Ciudademéxico puede ser muchas cosas menos una novela sobre la ciudad de México.

José Manuel Cuéllar Moreno, Ciudademéxico. Fondo Editorial Tierra Adentro, No. 515, México, 2014, 140 pp.

 

Cada cual puede intitular una novela como se le antoje, pero hay títulos que resultan demasiado ambiciosos si la narración no está a la altura de las expectativas que tal título despierta. Ciudademéxico puede ser muchas cosas menos una novela sobre la ciudad de México.

Como si de una novela de finales del siglo XIX se tratara, en esta narración el autor escoge como coordenadas el contraste entre el campo y la ciudad, en las que, esperablemente, el campo es idílico y entrañable, mientras que la ciudad es hostil, cambiante, demoniaca. Meche, una mujer de Tecolutla que ha sido maestra, decide súbitamente mudarse a la ciudad de México para matar a una anciana que fue amante de su padre. La historia, contada en forma de un diario que escribe Meche, ocurre a lo largo de poco más de un año, entre 1991 y 1992.

A pesar de la enunciación de sus propias intenciones, el impulso y cálculo asesinos de Meche como disparadores de la narración están ausentes por completo. Las cosas no van por ahí. Meche hasta olvida la maleta donde lleva el arma homicida en la estación de camiones y la historia jamás delinea un motivo para tornar verosímil la necesidad de venganza de la protagonista.

Y aunque más tarde la propia Meche se auto recrimina su desidia (“¿Qué tal si me equivoqué desde el inicio y mi misión central en el Defe no consiste en matar a nadie, sino en echar novio?”), pronto surge en el lector la inquietud de hacia dónde avanza la historia y qué la hace avanzar.

Hay que decirlo de una vez: la historia no avanza para ninguna parte. Se trata de una colección de anécdotas relatadas por Meche en su diario, unas sobre sus experiencias como secretaria en la ciudad de México y otras acerca de sus recuerdos de infancia y primera juventud en Tecolutla, redactadas con un lenguaje excesivamente acartonado por correcto (en el diario de la protagonista hay gestos “hieráticos”, “aceras” en vez de banquetas, siluetas “sinuosas”, azulejos “policromos”), como si Meche no fuera el personaje de esta historia, sino el autor travestido de Meche.

En las novelas de corte realista –y Ciudademéxico lo sería, a pesar de alguno que otro desliz experimental más bien gratuito- uno acompaña a los protagonistas en su evolución, en los ajustes del temperamento y psicología que se dan a partir de las experiencias que aquellos sufren en una temporada crucial acotada dentro de la propia novela. En este libro Meche es la misma Meche desde el principio hasta el final.

La ciudad de México que ve Meche es el tramo que va de la casa de la señora Linares (la anciana a la que supuestamente va a matar) y el despacho de contadores donde trabaja como secretaria, frente a la Alameda. Viaja en metro, reflexiona sobre clima, si el aire o la lluvia fomentan los delirios; el sol quemante la hace deslizar algunas imágenes estereotipadas (“Del núcleo del sol se vierte una columna sólida de fuego: la columna aterriza sobre el valle, ¡pam!, para después escurrirse por los barrios (Tepito, Lagunilla, Doctores), las callejas y los parques como una serpiente emplumada”. También ofrece ejemplos acerca del transcurrir de las horas en la oficina: secretarias que discuten y se reconcilian, el jefe que se encierra con la más joven de ellas a toquetearla, la esposa engañada que está embarazada de otro, etcétera.

De tal suerte que la visión de la ciudad en Ciudademéxico –que obtuvo el Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2014- no es, ni por asomo, panorámica, pero tampoco es una visión íntima ni subjetiva emanada de la protagonista. Mejor conseguidos están los pasajes correspondientes a Tecolutla con sus pequeños toques de realismo mágico (las semillas de una sandía que estalla contra un muro, producto de la discusión de sus padres adoptivos cuando Meche es recogida como miembro de la familia, germinan de manera exuberante y llenan de sandías el universo familiar) y su saga familiar en la que cada cual tiene un lugar y una historia.

Con frecuencia, Meche trae a cuento a su hermano Manuel, punto de referencia que la ancla a su lugar de origen. “Manuel no yerra demasiado cuando se refiere a esta ciudad como la ciudad del demonio, entendido éste no como el personaje barbudo que aterroriza a los niños, sino como un símil de la ausencia o la indeterminación”.

Ausente e indeterminada deambula Meche por la ciudad, acaso en busca de elementos existenciales que la doten de un sentimiento trágico de la vida, pero parecería que anda como sonámbula pues a lo mucho se conmueve con la información adicional que introduce el autor en forma de notas tomadas de la Alarma! Ni siquiera el hombre del que se enamora logra sacarla de su letargo (ni ella insinuarle que anhela profundamente un “apretón de chichi”).

En esta búsqueda de una dimensión trágica que hiciera de Meche un personaje con sangre corriendo por sus venas en una ciudad estrictamente necesaria para novelar su discurrir, José Manuel Cuéllar Moreno procedió por acumulación sin conseguir pasar de la superficie. Una vez agotadas las anécdotas, reflexiones y estampas que el autor le adjudicó en su diario, optó, a semejanza del sensacionalismo de la nota roja, fulminar a Meche con rayo.