¡Qué envidia! | Letras Libres
artículo no publicado

¡Qué envidia!

Anna Caballé Masforroll y Randolph Pope

¿Por qué España? Memorias del hispanismo estadounidense

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014, 656 pp.

El lector ha ido rumiando en silencio cada una de las veintiuna autobiografías de otros tantos hispanistas que enseñan en universidades de Estados Unidos. En silencio ha comparado el derrotero de estos profesores con el propio. Pero, ya se sabe, las comparaciones son odiosas y temerarias: miden cruelmente la distancia entre la realidad de sus universidades y las nuestras.

Mientras leía, iba diciendo para mí que no merecía la pena, que incluso era masoquista hacer una comparación de este tipo, porque al final la realidad aplasta nuestros mediocres y provincianos principios, y uno no tiene más remedio que reconocer lo que estaba reprimiendo: ¡Qué envidia! ¡Qué envidia producen las autobiografías académicas de estos universitarios!

El título del libro es atractivo, pero parcial. El gran tema de estos docentes es sin duda la relación con España y su cultura, una relación apasionada, como cuenta Linda Gould Levine. Pero también podría titularse “¿Cómo se hace un buen profesor?” O, lo que es lo mismo: ¿cómo se mantiene la tensión por saber y enseñar y cómo se puede organizar la enseñanza universitaria para salir del colapso en que nos encontramos? Como digo, es inevitable la comparación, pero en ella no salimos bien parados. El sistema universitario estadounidense propicia abrir nuevas líneas de conocimiento, invita al trabajo personal y en equipo, a la movilidad y la promoción. Sin embargo, tampoco debemos imaginar los campus norteamericanos como una arcadia, porque existen rencillas y abiertas hostilidades en los departamentos igual que en España, como muestra el testimonio de David K. Herzberger, y como hiperboliza el de Joan Ramón Resina ad maiorem gloriam. Una nota negativa más: se percibe en muchos de los hispanistas un excesivo protagonismo de la teoría literaria a la moda de cada momento, que les hace dar bandazos en el estudio de los textos literarios (claro que nosotros pecamos de lo contrario). En cambio, ¿qué prima nuestro sistema universitario? En líneas generales, la endogamia y la parálisis. En este sentido ¿Por qué España? es un espejo en el que mirarnos a través de la experiencia ajena.

Casi todas las universidades estadounidenses tienen departamentos de español. Hay 1.400 departamentos en los que se enseña y se investiga la cultura hispánica. Una realidad que responde también al hecho de que cuarenta millones de estadounidenses hablan nuestra lengua. Las mejores universidades tienen también los mejores departamentos de español. Están llenos de profesores que demuestran su interés por nuestra lengua, literatura e historia con una mentalidad abierta, sin prejuicios, curiosos de indagar y para conocernos mejor. Cuando acusamos a los Estados Unidos de autarquismo cultural, convendría pensarlo dos veces, pues sus élites demuestran gran interés por las culturas ajenas. Acercarse al otro no es solo una prueba de curiosidad sino de generosidad. Estudiar la historia, la cultura o la literatura de un país que no es el propio supone conocer sus problemas y peculiaridades con el deseo de querer entenderlos y compartirlos. Comprender al otro es la forma más profunda y generosa de conocimiento. En el caso de los hispanistas este acercamiento se convierte en un destino vital y en una voluntad apasionada. También, como muestra el magnífico testimonio de Patricia Hart, el contacto con España y lo español, y con los españoles, supuso para su vida un estímulo y una vía de enriquecimiento personal. Una parte de estos tuvieron la suerte y el acierto de convertir los estudios hispánicos en un soporte para pensar también en sí mismos y en sus vidas. El interés de la mayoría de estos veintiún hispanistas (hay también excepciones, como veremos) es noble y tiene altura de miras, pues han superpuesto e incluso han antepuesto a su lengua, historia o literatura las nuestras. Las hicieron suyas unas veces por azar, pues sus vidas parecían estar trazadas en otra dirección: Lily Litvak, que escribe una hermosa y sabia autobiografía, fue química antes de que la literatura la llevase a su querencia verdadera; Anthony J. Cascardi dejó una prometedora carrera en el mundo de los negocios; Michael Gerli, de inicial formación farmacéutica, estaba llamado a hacerse cargo de una empresa familiar de cosméticos. En otros influyeron razones familiares: Frederick de Armas lo atribuye en parte a ser sobrino-bisnieto de Galdós. Pero la mayoría de estos testimonios apuntan que la elección unió la necesidad de profundizar en la cultura española con el estímulo personal. Edward H. Friedman reconoce que el reto de zambullirse en España durante un año fue el mejor ejercicio para doblegar su timidez e inseguridad adolescentes. Por su parte, Lou Charnon-Deutsch confiesa que el interés por lo español se lo debe “a las hormonas”, pues se enamoró de un joven panameño. Como se puede comprender, el punto de partida es muy variado, pero a todos les une su amor por España y Latinoamérica. En un libro que es por tanto una declaración de amor la excepción contradictoria la pone el testimonio victimista del profesor Joan Ramón Resina, español catalán, que se ha beneficiado de la “opresión imperial española” sobre el resto de lenguas peninsulares.

El volumen, preparado al alimón por Randolph Pope, que cuenta también su vida profesional, y Anna Caballé, que escribe una explicativa introducción de la metodología y el contenido de esta investigación, supone una aportación al hispanismo y un estímulo para seguir indagando. ~