Procesos de fotosíntesis | Letras Libres
artículo no publicado

Procesos de fotosíntesis

Rudy Kousbroek

El secreto del pasado

Selección y prólogo de Maarten Asscher

Traducción de Diego J. Puls

Madrid, Adriana Hidalgo, 2013, 210 pp.

La crítica literaria es –también– el arte de las genealogías. Uno de los muchos comienzos posibles de la relación entre literatura e imagen podría datarse a finales de los años veinte y principios de los treinta, cuando coinciden dos proyectos atrevidos y seminales: Nadja, de André Breton, y las Tres novelas en imágenes (según el título del precioso volumen publicado por Atalanta en 2008), de Max Ernst. En estas, como en los caprichos goyescos, la palabra se pone al servicio de la ilustración; en aquella, como en tantos híbridos anteriores, el collage o la fotografía son menos importantes que el discurso escrito. Entre ambos polos y en la misma época, se desarrolla el lenguaje de la historieta, que trata de equilibrarlos. De fotosintetizar. Precisamente así llamó el escritor holandés Rudy Kousbroek a sus ejercicios de escritura (no más de mil palabras) en simbiosis con una fotografía (en blanco y negro): fotosíntesis.

Pero: ¿quién es Rudy Kousbroek? Según el prólogo del editor y librero Maarten Asscher, el autor de El secreto del pasado es uno de los máximos representantes de la literatura del exilio, un escritor que pasó casi medio siglo de sus ochenta años de vida fuera de los Países Bajos, “el ensayista más importante de la literatura neerlandesa de posguerra”. Nació en 1929 en la isla de Sumatra, emigró con su familia a las Indias Orientales Neerlandesas y vivió en su propias carnes la proclamación de la República de Indonesia en 1945, con el “subsiguiente cruento proceso de descolonización”. Ese evento recorre su obra nómada y se formaliza en su obra mayor, El síndrome del campo de concentración en las Indias Orientales (1992), inédita en castellano. En tono menor, publicó en prensa un centenar de “fotosíntesis”, que se recogieron a su muerte en 2010 en el volumen Rastreando milagros. El libro que nos ocupa es una selección de cuarenta de esos ensayos imaginados y ha recibido una subvención de la Fundación Neerlandesa de Letras.

La ausencia de color en las imágenes invita a la retrospección y a la melancolía. El hilo conductor que hilvana estos textos es el campo semántico de la pérdida: fantasmas y espectros, ruinas, sombras. En “Duelo” el escritor nos habla de la gata de un amiga, condenada a muerte por un tumor maligno; pero la fotografía es de Vincent, su propio gato, que los acompañó durante veinte años. Ese es el movimiento retórico: del otro al yo y viceversa, como un boomerang que en su viaje atraviesa regiones antropológicas, históricas y culturales. “Desde que tengo memoria he vivido con la sensación de que la realidad es provisional”, leemos en otro momento: la fotografía es el modo de captar esa inestable dimensión de lo real. En su coleccionismo Kousbroek es absolutamente contemporáneo: “Cuando se buscan fotos extrañas, se aprende pronto a distinguir cuáles han sido tomadas con premeditación: esas son las que trato de evitar. Tiene que haber una extrañeza que se descubra con posterioridad, no escenificada, sino enigmática de forma imprevisible.” Lo mismo podría decirse del trabajo con imágenes de Tacita Dean o Mario Bellatin.

Las crónicas más interesantes remiten a la experiencia dolorosa de la juventud en una tierra que ya no existe. Me han recordado por el tono un texto autobiográfico, también publicado por Adriana Hidalgo: El africano, de J. M. G. Le Clézio (tal vez el mejor libro del Premio Nobel francés). No es casual que una de esas piezas cierre el volumen. Lleva por título “Regreso a Ítaca” y comienza con una fotografía del padre de Kousbroek en un puente, con traje colonial, blanquísimo, de explorador. No hay crítica, no hay conciencia de culpa. El padre abre y cierra el artículo como un paréntesis: en el interior de este se habla de La Odisea y de Laertes. “Permítaseme por una vez añorar sin ningún pudor el país tal como lo conocí –concluye– apacible, encantador y limpio, en vías de convertirse en el Estado de derecho que podría haber sido y que setenta y un años después está más lejos que nunca”. ~