Porque tengo hijos, de Rosa Díez | Letras Libres
artículo no publicado

Porque tengo hijos, de Rosa Díez

Los economistas lo calculan todo. También la calidad de las acciones humanas. Lo llaman “coste de oportunidad”. El método es sencillo: se miden por el valor de la mejor opción abandonada, de lo que pudo haber sido y no será. Puede parecer burdo, incluso mezquino en su austera contabilidad, pero no engaña. Después de todo, no anda lejos del sentido común que, al elogiar un comportamiento valeroso, lleva a decir: “se la juega”. El coste de oportunidad de Rosa Díez va en aumento. Se la jugó con ETA y, ahora, se la está jugando con los que mandan en su partido, el PSOE, que día sí y día también, cada vez con menos hipocresía, amenazan con expulsarla. Y no es que Díez haya cambiado de punto de vista, que haya traicionado al ideario, la razonable vara de medir con la que un partido debe tasar a sus miembros. En realidad, si se aplicase esa criba entre sus cuadros actuales, el PSOE se quedaba en cuadro, si se disculpa el retruécano. No, el caso de la autora de este libro es otro, el contrario. Díez no ha corregido un milímetro lo único que no cabe corregir: los principios. Se limita a aplicar consecuentemente lo que los socialistas han defendido desde siempre: nunca hay que someterse al poder arbitrario. Algo que vale por igual con los ricos y con los pistoleros.

Precisamente la firmeza de su punto de vista moral permite fijar la cota y, en el contraste, reconocer el desnortamiento ideológico de su partido, una crónica del cual es, en buena medida, este libro. El desnortamiento de quien anda a la búsqueda de “razones” para dignificar el diálogo con la barbarie. Exactamente lo que Díez se resiste a hacer: “hay que seguir condenando la barbarie, hemos de seguir comprometiéndonos con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra actitud”.

Que una socialista escriba un libro criticando al nacionalismo no debería sorprender. La izquierda no entiende de privilegios de origen y el nacionalismo arranca desde la convicción de que la ciudadanía está atada a la identidad nacional, de que hay unos que son más que otros en lo que atañe a la pertenencia a la comunidad política. Con los demás, a lo sumo, cabe ser “solidarios”. Los socialistas, por lo general, han hablado siempre de otras cosas, de justicia y de igualdad. Tampoco debería sorprender que una socialista dedique el libro a sus hijos. La fraternidad es, también, continuidad cívica, legado a las nuevas generaciones. Y Díez aspira a “dejar a mis hijos y a los jóvenes una sociedad libre, en la que cada cual pueda defender tranquilamente sus ideas; y en la que las ideas que impliquen la aniquilación del adversario estén prohibidas y perseguidas”.

Si acaso a alguien le puede sorprender que esas líneas, que podrían parecer escritas por un socialista del siglo XIX, se escriban en la Europa del siglo XXI. Pero es que Díez está hablando de un lugar, el País Vasco, donde muchas gentes no pueden expresar libremente sus ideas sin que su vida peligre. No todos, bien es cierto. Muchos pueden decir lo que quieren, incluso que comprenden a los que niegan la libertad a los demás. Vamos, que en el País Vasco no hay libertad. Porque la libertad o es de todos o no existe. Que algunos puedan expresarse libremente no asegura la libertad. En las sociedad de los esclavos o en la Alemania nazi, los que no vivían con miedo eran libres. Pero mientras alguien tenga miedo por decir lo que piensa, no podemos hablar de una comunidad política libre. Lo dijeron los clásicos del republicanismo, la tradición a la que con frecuencia apela Zapatero a la hora de decorar su vacuidad ideológica. Díez lo sabe bien y nos lo recuerda con una cita que, aunque lo parezca, no es de Cicerón, sino de Blade Runner, una de la muchas referencias cinematográficas del libro: “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Pues eso es lo que significa ser esclavo”.

El libro es una crónica de diez años de lucha contra el miedo, de lucha por la libertad. Es una crónica ente dos treguas, la de 1998 –de sus prolegómenos, para ser precisos– y la de ahora. Es también la crónica de una caída del burro, la de muchos socialistas, entre ellos la propia autora, que alguna vez creyeron que el nacionalismo era la expresión política de una realidad escamoteada, el justo reclamo de derechos de aquellos que vieron perseguidas su lengua y su cultura, y acabaron por descubrir que era un meditado proyecto de cimentar la comunidad política en el mito y la etnia, de excluir a quienes no se acomodaban a una identidad inventada. Díez recoge los artículos escritos en este tiempo y los agrupa en siete apartados que se corresponden con diversos momentos de la historia reciente del País Vasco, convenientemente contextualizados con otros tantos textos introductorios. En conjunto proporcionan una buena cartografía del escenario político vasco, de cómo han sido las cosas y de qué pensaba cada cual en cada hora. Y desde luego, al ver pasar la historia en cámara rápida, se hacen pasmosamente vistosos los giros, las respuestas cambiantes de los personajes, ante las mismas preguntas de siempre. Sobre ese paisaje de fondo resulta más destacado el contraste, la coherencia de quien cree que, como decía Brecht, todavía son tiempos de seguir luchando por lo evidente.

No es un lugar común la apelación a la coherencia. La coherencia es algo más que una virtud psicológica. Lo recordó Aristóteles: a partir de cierto momento, la firmeza de carácter se confunde con la firmeza de convicciones. Algo que tener en cuenta. La lucha contra ETA, entre otras cosas, ha revelado la facilidad con la que, al cabo del tiempo, se volvían a aceptar como buenas ciertas patrañas cuyo curso legal se creía caducado. El nacionalismo carece de solvencia intelectual, pero no de persistencia. La cantinela nacionalista, repetida, parece que gana en calidad y hasta acaba por permear los razonamientos de sus críticos. Ya se sabe, la doctrina de Goebbels: una gran mentira repetida acaba por convertirse en verdad. Es ahí donde el carácter se funde con la razón práctica. En el País Vasco se ha visto, se está viendo. Tramposos tópicos, como “proceso de paz”, “solución dialogada” o “conflicto vasco”, que parecían irrevocablemente desterrados, reaparecen ahora como si nada hubiese pasado en este tiempo, como si nunca nadie hubiera recordado que allí no hay una guerra entre dos bandos, sino una organización política que utiliza métodos fascistas para intimidar a quienes se resisten a aceptar sus exigencias, y que no cabe el diálogo con quien reclama que se acepte como argumento el asesinato del interlocutor si no le gusta cómo va la conversación.

Rosa Díez ha recordado otra vez la importancia de no perder el exacto sentido de las cosas, de no dejarse llevar por la turbulencia de las palabras cargadas. La fundamental enseñanza de su libro, lo que lo hace incómodamente oportuno, es mostrarnos que, hoy como ayer, al elegir las palabras estamos eligiendo los caminos:

Todo el mundo habla del final dialogado del terrorismo. Conjugamos esas mágicas palabras movidos por “razones políticas” o por lo que hemos dado en llamar pragmatismo. No me extenderé sobre las circunstancias que han hecho posible que, quienes han defendido y defienden las tesis del conflicto político para explicar el nacimiento y la pervivencia de ETA, hayan llegado a convencer al resto de “su” solución. Pero probablemente el cansancio, el desánimo, la confusión y hasta una ausencia clara de referencias hayan contribuido a ello. El caso es que ésa es hoy la posición dominante en materia de pacificación.

Nada sorprendente en ese diagnóstico. O sí: esas líneas estás escritas hace diez años. No está de más recuperarlas en estos días cuando muchos se esfuerzan por encontrar profundas diferencias entre el dilema “te mato, si no me das lo que quiero” y el de “si no me das lo que quiero, te mato”. La duda es si el rebrote de la gastada y hueca palabrería hay que atribuirlo a la torpeza o a la deshonestidad, si estamos ante el elefante en la cacharrería o ante el vendedor de tómbola, que hace trampas y lo sabe, pero tiene que vender su mercancía. ~