Por qué los hombres no son buenos, hermosos y auténticos | Letras Libres
artículo no publicado

Por qué los hombres no son buenos, hermosos y auténticos

Israel Yehoshua Singer

La familia Karnowsky

Traducción de Jacob Abecasís y Rhoda Henelde

Barcelona, Acantilado, 2015, 560 pp.

En su libro Frente al límite, magnífico estudio del comportamiento humano ante el fenómeno de los campos de concentración y de exterminio, culminación del principio del terror, Todorov dice que los totalitarismos son capaces de hacer maravillas con nuestros pequeños vicios, todos esos gestos, frases y ocurrencias con los que casi cada día cometemos errores. Fallos en apariencia ridículos, pero que en determinadas circunstancias pueden convertirnos en víctimas o en verdugos, cuando no en las dos cosas a la vez, además de en cómplices de una maquinaria infernal.

Es lo que muestra con meticulosidad esta novela de Israel Yehoshua Singer, publicada por primera vez en yiddish en 1943. A lo largo de tres generaciones en la vida de una familia judía oriunda de Polonia, que se establece primero en el Berlín de comienzos del siglo XX y que en los años treinta, tras el ascenso del nazismo, huye a Nueva York, el lector se asoma al abismo del orgullo, el desprecio y el deseo de dominio. Alejado del maniqueísmo, como los grandes narradores, Singer retrata a judíos que no son muy distintos del resto de sus conciudadanos. Basta ver cómo algunos de ellos tratan a muchos de sus correligionarios.

Hermano mayor de Isaac Bashevis Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978, Israel Yehoshua Singer fue el que antes y de forma más radical se alejó del intransigente círculo de la ortodoxia religiosa que reinaba en su entorno, como hace David, el primer vástago de los Karnowsky en esta saga, que arranca con unas líneas que cautivarán a cualquier lector: “Los Karnowsky de la Gran Polonia eran conocidos como hombres obstinados y polemistas, aunque también estudiosos y cultivados, sin duda unas mentes de hierro. En su despejada frente de estudiosos y en los ojos negros como el carbón, hundidos e inquietos, llevaban inscrito su genio.”

David Karnowsky, admirador de la obra de Moses Mendelssohn, quien defendió los derechos civiles de los judíos, inicia el proceso de asimilación de su familia en Alemania. Sé judío en tu hogar y un hombre más en la calle, susurra al oído de su hijo. El niño no tardará en comprobar que, si bien no se siente judío, muchos alemanes no le consideran un igual. Le llaman asesino de Cristo, pero Georg, dice Singer, se acostumbra a ello, como se acostumbra uno a cualquier mal… También su padre se sentirá defraudado cuando, a raíz del estallido de la guerra del 14, quieran internarle en un campo para enemigos de la patria, por pertenecer, como él mismo dice, al populacho oriundo de Polonia y de Rusia, a pesar de su alemán intachable.

En La familia Karnowsky abundan los arrebatos de envidia, de odio, las humillaciones, pero también las escenas en las que brillan la simpatía, la hospitalidad y la compasión. Sin embargo, la mayor parte de los personajes no son ni buenos ni malos, sino simplemente normales. Los que en un principio despiertan el entusiasmo en el lector pronto le decepcionan, aunque muchos consiguen hacerle sentir una renovada admiración unas páginas más allá. Y algunos de los que en un primer momento producen rechazo no tardan en sorprender favorablemente.

Pero, como en una buena novela de Dostoievski o de Tolstói y también en la realidad, en el libro de Singer hay excepciones. Seres extraordinarios. Como cuenta Todorov que lo fueron los llamados salvadores durante la persecución de los judíos por el nazismo. Personas cuya vida es una cadena de pequeños actos de bondad y hasta de valor, a menudo anónimos. Como el doctor Landau en La familia Karnowsky, alguien que se preocupa por hacer algo que no sea medrar y vivir bien, al tiempo que despotrica contra la sucia política y la reverencia frente a las coronas y las charreteras.

Gracias a él y a su hija Elsa, también doctora, aunque dedicada a luchar por los derechos de los trabajadores, Georg Karnowsky, que al principio se rebela contra su padre y contra los estudios, se convertirá en un estupendo cirujano. No es casual que los médicos estén entre los mejores en este libro. Y algunas mujeres, prodigios de ternura y de comprensión. O reb Efraim Walder, un librero que se dedica al estudio de los textos sagrados. La vida es como un bromista, dice este hombre sabio, disfruta jugando malas pasadas. Los judíos querían ser judíos en sus casas y gentiles fuera de ellas. Llegó la vida y volvió las tornas: somos gentiles en nuestras casas y judíos fuera de ellas…

También el mal en estado puro recorre estas páginas de Singer, como lo hizo por las calles de Europa en la época que tan bien refleja. Su veneno se percibe en las palabras que emplean sus representantes, tan distintas de las de los sabios. Descontentos, tarados y oportunistas apoyan el Nuevo Orden, el de los vándalos de las botas altas, que entonan cánticos en los que a voz en cuello anuncian sus intenciones: Cuando de los cuchillos gotea sangre judía… También su actitud es muy diferente de la de un Salomon Burak, siempre de buen humor y sin resentimientos, con la mano tendida para el que lo solicite, tanto si a él le va bien como si no. Solo unos pocos son conscientes de lo que de verdad merece la pena. Una vocación. Y el cuidado del otro, tan importante también en Todorov.

La familia Karnowsky es una obra de conflictos. Entre generaciones, clases sociales, nacionalidades y confesiones. Y entre la medicina y la filosofía. Un hombre joven puede ayudar a la humanidad, dice el doctor Landau. O bien ocuparse de cosas vanas… Ayudar, curar, sembrar, es lo que, según él, deberíamos hacer todos. Yegor, el último de la dinastía, hijo de judío y de una mujer aria, un chico débil, cuyas dos partes en eterno desacuerdo simbolizan el desgarro de la sociedad alemana de la época, será quien lleve a cabo lo que muchos echan de menos en la actitud de la mayoría de los judíos que fueron internados en campos de concentración y conducidos a las cámaras de gas. Sublevarse contra la tiranía y el escarnio.

Por qué los hombres no son buenos, hermosos y auténticos, sino que prefieren querer serlo. Así tituló Robert Musil uno de los esbozos de capítulo de El hombre sin atributos. Puede que ahí esté la clave de muchos de nuestros errores y vilezas. Y esta extraordinaria novela de Singer, a pesar de todo, inclina la balanza a favor de la esperanza en el ser humano. ~