¿Por qué cooperamos?, de Michael Tomasello | Letras Libres
artículo no publicado

¿Por qué cooperamos?, de Michael Tomasello

Las preguntas por los orígenes de la generosidad, del altruismo (no en términos meramente conceptuales), son algo que comenzó hace relativamente poco, en 1859, esa fecha axial marcada por Darwin con El origen de las especies. El mismo Darwin y T. H. Huxley iniciaron una reflexión que este último sostendría, de manera polémica, con el príncipe anarquista Kropotkin. Huxley pensaba que era posible escapar del determinismo biológico apoyándonos en la moral, que sería exclusiva del ser humano.
Kropotkin sostenía que el medio ambiente y la ecología eran fundamentales en la ayuda mutua, y que esta era medular en el mundo humano y animal. La colaboración y algo semejante al altruismo se dan fuera del homo sapiens y no solo en otras especies sino, como sabemos hoy, en organismos, como las bacterias, carentes de cerebro. La idea de Darwin es que la selección favorece la colaboración a lo largo del orden familiar, pero esta noción fue ampliada a la de casta y grupo y, posteriormente, ya en pleno siglo xx, se incidió, apoyándose en la biología, en la relación entre altruismo y genes propios: cuanto más genes propios hay en otros, más posibilidad de suscitar colaboración y generosidad con ellos. Hay un valioso libro que cuenta el desarrollo de esta idea, debido a Lee Alan Dugatkin: ¿Qué es el altruismo? La búsqueda científica del
origen de la generosidad
(Katz). También es aconsejable la lectura de La posibilidad del altruismo (fce), del filósofo Thomas Nagel.

¿Es posible el acto gratuito no determinado por la genética? Hay en el mundo animal acciones que no repercuten en el individuo sino en el grupo, insectos que no se reproducen y cuya función es dotar de alimento al grupo, etcétera. Pero el punto crítico reside en la generosidad derivada de una libre elección, siendo esta constitutiva, y no un mero caso, de la condición humana. Michael Tomasello es experto en ciencias cognitivas, especialmente de los primeros años del aprendizaje infantil, y a su vez ha estudiado, de manera comparativa, la cognición de los primates. Autor de investigaciones que han suscitado el interés de numerosos científicos que se ocupan de la evolución genético-cultural –ese nicho que hemos ido conformando al tiempo que nos hacemos y somos hechos–, Tomasello publicó en 1999, Los orígenes culturales de la cognición humana (Amorrortu), donde incide en la capacidad para identificarnos, como agentes intencionales, con los otros miembros de nuestra especie. Ponerse en el lugar del otro, imaginar sus pensamientos, crear herramientas que acumulan intencionalidad derivada de sus inventores, supone una acumulación de modificaciones que llamamos historia cultural. ¿Es exclusivamente nuestra? ¿Hasta qué punto? Este nuevo libro de Tomasello, ¿Por qué cooperamos?, está compuesto por una amplia exposición suya seguida por respuestas de diversos especialistas en psicología, antropología y filosofía de la ciencia: Carol S. Dweck, Joan B. Silk, Brian Skyrms y Elizabeth Spelke.

¿Qué es lo específicamente humano? Curiosamente son habilidades, salvo una, que compartimos con muchas otras especies, de manera destacada con los primates, a saber: la colaboración, la comunicación y (este aspecto es muy restringido) el aprendizaje social. Las peculiaridades relacionadas con estas características surgen como adaptaciones para responder eficazmente ante la compleja diversidad en la construcción de un nicho cultural. Tomasello ha estudiado a niños en edades comprendidas entre un año y tres (también a otros primates), es decir, remontándose a un momento (un año) en el que no hay conocimiento del idioma ni se dan en los padres o cuidadores expectativas de que los infantes comporten un sentido social. Por otro lado, los estudios realizados con primates (orangutanes, chimpancés, bonobos) parecen evidenciar que el “comportamiento altruista de los seres humanos no es producto del ambiente cultural que nos caracteriza”. Este comportamiento altruista se compone de tres acciones: ayudar, informar y compartir, que no estarían determinadas por la intervención de los padres u otra forma de socialización sino que responderían a una tendencia innata que es moldeada posteriormente. Para Tomasello, el altruismo es un factor secundario a la hora de entender la colaboración humana. Lo esencial y lo detonante es el mutualismo, que implica coordinación y comunicación, tolerancia y confianza, normas e instituciones, características que exigen una facultad recursiva de la mente, central en la cognición de una intencionalidad común. Todo esto exige ponerse en el lugar del otro, imaginar al otro y lo que el otro piensa o imagina; en definitiva, lo que alguien ha llamado “una teoría de la mente”. El mutualismo, pues, como sustento del altruismo, así como de los juicios normativos (derechos y obligaciones), división del trabajo y asignación de estatus. Es decir, que “pensar juntos para llevar a cabo actividades cooperativas es el origen de la cultura”. Quizás Tomasello recuerda, al decir esto, que Sócrates ya creía que el pensamiento es algo que se lleva a cabo en común. Pensar, realmente, es hacerlo con el otro (sea real o imaginario), porque nadie piensa solo, no puede hacerlo.

La profesora de antropología Joan B. Silk cree, más pesimista que Tomasello, que el mutualismo en sí no genera interés por el bienestar general, pero sí suscita tácticas manipulatorias (no tanto Nelson Mandela, afirma, como Nicolás Maquiavelo). Apoyándose en ciertos descubrimientos de la neurobiología, que confirman que los actos filantrópicos repercuten con una recompensa intrínseca (individual, por lo tanto), se inclina a pensar que el altruismo es la causa del mutualismo porque valoramos como propio lo que ayuda a la colectividad. Sentirse bien cuando se hace el bien es participar de un consenso en donde prima lo colectivo, fundamento de nuestra individualidad. La psicóloga Carol S. Dweck, que destaca que Tomasello haya ensamblado el desarrollo cognitivo y el social, cree que habría que comprobar si antes del año los niños no intentan ya responder a los deseos de los adultos (influencia social) en la conformación de lo que, a partir del año, comienza a significarse como colaboración y altruismo. Briam Skyrms, profesor de lógica y filosofía de la ciencia, piensa que la comunicación quizás no haya que fundarla en un conocimiento común, porque hay grupos de animales y de organismos inferiores que no tienen conocimiento común de nada y llevan a cabo tareas cooperativas (siempre para depredar, crecer en número, etcétera) apoyadas en la comunicación (química o de otro tipo). Skyrms duda incluso de que haya un conocimiento común para los seres humanos sino, más bien, un terreno común. Por otro lado, nos recuerda que muchas especies de insectos sociales, y también las ratas suricatas, alcanzan un grado altísimo de colaboración. Por último, la catedrática de psicología Elizabeth S. Spelke piensa que, aunque no le faltan razones a Tomasello para situar las relaciones sociales (con las especificidades señaladas) como la característica excepcional de la naturaleza humana, la idea del lenguaje, como origen de lo específicamente humano, es más convincente. Si bien las “representaciones nucleares de acciones tendientes a un objetivo común son muy similares en infantes humanos y en los otros primates”, hay una ruptura entre ambos a partir de los dos años del niño, cuando se produce un vínculo entre la representación del objeto y la representación de la acción. Tomasello piensa que el lenguaje es una facultad construida por nuestra inclinación, innata, a cooperar y comunicarnos. Coincide la señora Spelke con Dweck en la necesidad de conocer mejor el desarrollo cognitivo de los niños antes del año.
Por mi parte, me pregunto cómo explica Tomasello el descubrimiento reciente de un gen vinculado a la función del lenguaje, el FoxP2. En realidad es un gen que se encuentra en todos los vertebrados, y en los neandertales, claro, pero hay algunas diferencias específicas en el ser humano, y esas pequeñas diferencias (como ocurre con nuestro adn en relación con el del bonobo) son fundamentales. Por otro lado, quizás lo específicamente humano siempre tendrá que ver con nuestros semejantes… Nuestra filogénesis nos lleva (lean el maravillo libro de Richard Dawkins, El cuento del antepasado) a un origen común cuyo despliegue se ha regido por una doble acción: variación y adaptación. ~