Pequeñas derrotas cotidianas | Letras Libres
artículo no publicado

Pequeñas derrotas cotidianas

Sergi Pàmies

Canciones de amor y de lluvia

Versión del autor

Barcelona, Anagrama, 2013, 150 pp.

Aunque en pequeñas dosis, hace ya años que Jorge Herralde da cabida en su catálogo a autores en lengua catalana, vertidos al castellano en su mayor parte por profesionales de la traducción. Pero, como el castellano y el catalán son lenguas tan hermanas –aunque la terca política se empeñe en refutarlo–, es lógico que algunos caigan en la tentación de la autotraducción, y más aún si ellos mismos ejercen de solventes trujamanes, como es el caso de Sergi Pàmies (París, 1960), también traductor por ejemplo de la hilarante Amélie Nothomb. Este, tras contar para anteriores títulos suyos con intermediarios de la talla de Marcelo Cohen, Joaquim Jordà o el mismísimo Javier Cercas, firma la versión de su último libro, Canciones de amor y de lluvia, volumen de cuentos que publicó el año pasado en el original catalán y que ya es el séptimo libro de relatos de su trayectoria, a los que hay que sumar tres novelas.

Como en mi modesta opinión Pàmies es uno de los autores de narrativa breve más interesantes de nuestro panorama peninsular (e incluyo las cuatro lenguas cooficiales), esta traducción es un regalo y aquellos que no leen en la lengua de Espriu y de Rodoreda la agradecerán. Incluso puede servir para que algún lector o lectora joven lo descubra en el escaparate de alguna librería (si este año sobrevive alguna), hipnotizado por la divertida ilustración de la portada, obra del artista chino Yue Minjun, célebre por sus retratos de tipos congelados en el sano ejercicio de la risa. Risa-ironía-desacralización, un camino que al igual que Minjun también recorre Pàmies en su literatura, y en el que hace ya tiempo que se va cruzando libro a libro con su amigo ya antiguo Quim Monzó. Un tándem, Pámies y Monzó, que harían bien los libreros en recomendar; por periféricos, por brillantes defensores de un género menor (el cuento) y por exponentes de la tan necesaria desacralización.

Aunque Sergi Pàmies no es un escritor humorístico, de esos que nos obligan a leer en clave de sonrisa Yue Minjun, sino uno de esos que de vez en cuando escribe frases al estilo Groucho Marx: “Si sigues cumpliendo años, acabarás muriéndote”; y que tiene pinta de aspirar a un epitafio parecido al de Dorothy Parker: “Disculpen por el polvo.” En alguna parte escribió Enrique Vila-Matas que la ironía es la mejor forma de sinceridad y Pàmies aboca en la ironía los recelos, los miedos, las dudas y los infiernos personales que son la base de su literatura: una literatura basada en las pequeñas derrotas cotidianas que nos habla de antihéroes que se meten las manos en los bolsillos y se encogen de hombros.

Pámies se dio a conocer en 1986 con T’hauria de caure la cara de vergonya (Se te tendría que caer la cara de vergüenza), donde ya demostró su gran habilidad para el relato, aunque cabe destacar su antepenúltimo título, Si te comes un limón sin hacer muecas, y también el penúltimo, La bicicleta estática. Tan solo estos dos últimos libros y el que nos ocupa aquí tendrían que bastar para darle un notable alto, de esos que antaño ponían los profesores picajosos a sus alumnos más brillantes.

“Del mismo modo que antes de una misión los cosmonautas ensayan en piscinas que reproducen las condiciones de ingravidez espacial, las parejas tendrían que someterse a simulacros para aprender a enfrentarse a emociones tan brutales como el final del amor”, leemos en el genial relato “Dos coches mal aparcados”, en el que la fugaz aparición de Joan Manuel Serrat da al traste con un matrimonio. En este frugal volumen hallamos desde un tipo que a su muerte preferiría dar su cuerpo a las letras que a la ciencia hasta un artista sin obra que se convierte a sí mismo en obra de arte: “De aquel periodo han quedado polaroids, vídeos artificialmente domésticos, titulares sensacionalistas y un catálogo –Depilaciones 1 y 3– que lo consagró como figura emergente en la edición conjunta de la Documenta y la Bienal”

Equilibrados con la precisión de las básculas, los libros de relatos de Pámies ofrecen siempre piezas harto variadas, pero en ellos no se tiene jamás la sensación de cajón de sastre, siempre tan antojadizo. El mismo autor confiesa que cada uno de sus títulos responde fielmente a una época vital, de ahí que tengamos la sensación de leer un todo compacto, aunque esponjado por la propia condición del género. Cabe aún así en sus últimos títulos achacar un peso mayor al elemento autobiográfico. Y aquí nos preguntamos cómo es posible que con una historia familiar como la suya, siendo hijo de una capitana republicana y del dirigente comunista Gregorio López Raimundo, y habiéndose criado en el exilio, hubiera en su obra tan poca traza de su propio yo.

Preguntado al respecto, Pàmies confiesa que un buen día se liberó del miedo a incurrir en la narración de su propia vida, algo de lo que había tratado de distanciarse a raíz del tan cercano ejemplo de su madre (la escritora y activista Teresa Pàmies), dedicada a pisarle los talones al biografismo, cuando no a practicarlo compulsivamente. El joven Sergi Pàmies se lanzó pues con ahínco a la ficción, tratando de borrar el rastro del yo. Hasta que, cuando quería escribir sobre la muerte del padre, el bozal acabó revelándose perjudicial. Así en La bicicleta estática, donde hallamos ese relato (“Cien por cien seda natural”), asoma ya al autor como personaje, sin trampa ni cartón.

Canciones de amor... coincide con el tramo final de la vida de la madre e incluye un cuento como “Bufanda” (donde esta, ya nonagenaria, aparece “reducida al ámbito de esta bufanda”). Aunque un ejercicio de mucho mayor despojamiento respecto a su vida familiar es el relato “El nicho”, que nos lleva al verano de 1936 y a la tragedia que esa fecha supuso para los suyos. Me quedo sin embargo con “Nueva York, 1994 (Notas para un cuento)”, que narra la visita a la casa de Paul Auster, en Brooklyn, y la cordial acogida por parte de este y de su mujer, Siri Husveldt, editada a su vez por la mujer de Pàmies. ¡Cambiaría dos cócteles en el bar del Algonquin por haber estado allí! ~