Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas | Letras Libres
artículo no publicado

Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas

Sylvia es la protagonista de “Profesor Miseria”, el cuento que inaugura Un árbol de noche, del gran Truman Capote, donde abundan los niños fantasiosos, ejes también de algunos relatos de Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, Barcelona, 1945), aunque no así de estos últimos que nos ocupan. Muchacha con pocos motivos de alegría en el Nueva York de finales de los 40, Sylvia oye hablar de un hombre que compra sueños y decide, a cambio de un puñado de dólares, venderle los suyos. Junto a otros concurrentes, aguarda su turno en la sala de espera para que éste escuche lo que está en condiciones de ofrecerle. En esa misma habitación podrían estar algunos de los personajes de este libro recientísimo de Fernández Cubas, personajes que no están exactamente en “la zona fronteriza entre la normalidad y la neurosis”, como los de Capote, pero que sí se debaten entre la normalidad y el ensueño, como algunos de Chéjov, de García Márquez, de Rulfo “el breve”...

Acaso los tres cuentos que configuran este libro sean ante todo cuentos de soñadores, personajes que huyen de lo que tienen cerca y que se acercan a lo que les huye. Aunque ninguna alusión se haga a ellos en el título y la presencia en éste del diablo pueda despistar hasta al más avezado, el ensimismamiento propio de la condición del soñador sobrevuela sus páginas. Claro que el diablo está también presente en ellas, corroborando la unidad del volumen, y lo está bajo diversas apariencias. Por orden de aparición: lo cotidiano que se quiere dejar atrás para zambullirse en las fauces de lo desconocido en “La fiebre azul”, erigido en un colectivo nacido para el mal en “Parientes pobres del diablo” o cual anticristo benigno en “El moscardón”. Pero el diablo no es una novedad en la obra literaria de esta abogada y periodista metida a narradora, sino que su presencia ya se había insinuado con antelación, en concreto en “Mundo”, relato con que se abre Con Ágatha en Estambul, que a su vez empieza de esta guisa: “Yo tenía quince años cuando me enteré de que el demonio se llamaba nylon y a él, sólo a él, deberíamos achacar los malos tiempos que se avecinaban”.

El diablo convive en este libro con los sueños, siendo también éstos de perfiles distintos. Puestos a establecer una suerte de pequeño inventario, podría decirse que sus respectivos protagonistas son víctimas de los sueños desde tres categorías distintas: de los sueños inconscientes, el viajero que encuentra en un rincón africano vecino a un manglar lo que no halló en lugar alguno; de los sueños perseguidos, el hombre que ve en ciertos sujetos una amenaza palpable allí donde no la hay; y de los sueños forzosos, la anciana aquejada de alzheimer. Creo no ir desencaminada si por encima de otros aspectos distingo la voluntad de reincidir una vez más en esa capacidad de ensoñación del ser humano, o acaso en su ineludible atracción fatal, de modo que, aprovechando la circunstancia de que se celebra el 150 aniversario del nacimiento del padre del psicoanálisis, me sirvo del título de su más célebre libro para rotular este artículo y tender un puente hacia este compendio de relatos largos o nouvelles donde la irrealidad sigue siendo más real que la propia realidad. Próspero dice en La tempestad shakesperiana que estamos hechos de la misma materia que los sueños y un sueño sella nuestra exigua vida. Y eso es lo que demuestra creer a pies juntillas la autora catalana, que desde que irrumpiera brillantemente con su primer libro, no ha dejado de darle vueltas al asunto de la vida cotidiana vista desde el prisma de la ensoñación, convertido ahora en un innegable leit motiv. Ella misma ha dicho que pasamos tantas horas soñando que eso también forma parte de nuestra realidad.

Este volumen se abre con un relato de tintes conradianos –eso ha dicho algún crítico y con razón– que narra el viaje de un solitario falsificador de antigüedades al continente africano y su regreso a la vida gris, de la que acaba renegando. A él le toca ejemplificar el sueño del cambio y dar paso, en un segundo relato, a Claudio, un obsesivo burgués de vida errática que, puestos a soñar, sueña con la maldad personificada en algunos de los que le rodean, esos ppdd –parientes pobres del diablo– que han nacido para generar infelicidad, y que acaba hallándola en sí mismo; un relato que parece evocar otros anteriores como son “El provocador de imágenes” y “Helicón”, el primero porque recoge también la idea del reencuentro con un aparente antiguo compañero de facultad que resulta ser, cuanto menos, inquietante y el segundo porque introduce el elemento de la dualidad en dos hermanos imaginarios, aunque aquí la dualidad se presente como un conflicto interno, a sumar a la semejanza física de dos hermanos reales. Para terminar, en el tercer relato, una mujer atrapada en la telaraña de la senilidad sueña con un pasado ya huido, con una vuelta atrás imposible que incluye a sus amigas de antaño acudiendo a su casa a tomar el té, como hacían tiempo atrás. Una sabia alternancia de espacios cerrados por un lado y estaciones de viaje por otro que son ya rasgos distintivos de esta creadora de universos inusuales y sugerentes.

Para colmo, quienes no creemos en la condición pétrea de los géneros ni en la preeminencia de la novela sobre los demás en estos tiempos que corren, tenemos en ella un ejemplo a seguir, por lo que nos congratula que tras un libro de memorias digno de ser leído, como es Cosas que ya no existen (2000), regrese con el formato de la nouvelle, acusada de no ser “ni chicha ni limoná” pero a la que debemos tantos logros literarios. Fernández Cubas ha demostrado que el cuento es su vehículo de expresión preferido, libros suyos de cuentos son su pieza de exordio Mi hermana Elba (1980), Los altillos de Brumal (1983), El ángulo del horror (1990) y Con Ágatha en Estambul (1994), y cierto es que en su mayor parte el subconsciente junguiano –ese discípulo de Freud que en algunas cosas le tomó la delantera– se erige en protagonista.

Maestra en el arte de la concisión y de la elipsis, Fernández Cubas gusta de deambular entre paisajes vitales en los que la apariencia de normalidad se ve truncada para dar paso a inusitados subterfugios, realidades irreales pero no por ello increíbles, siempre apegadas a lo real en un ejercicio de verosimilitud que no hallamos por ejemplo en el citado Capote.

Decir también que se reedita este año una de sus novelas, El año de gracia, y un autor que se reedita es un autor cuyos lectores tienden a multiplicarse. ~