Otra forma de temblar | Letras Libres
artículo no publicado

Otra forma de temblar

Mark Strand

Sobre nada y otros escritos

Traducción de Juan Carlos Postigo Ríos

Madrid, Turner, 2015, 176 pp.

Hay una tradición española marginal del mes de diciembre que consiste en hacer repaso y advertir con cierta pesadumbre que el mejor libro de poesía publicado ese año es en realidad de un libro de prosa. Sucede que las editoriales más visibles estiman a los poetas, sin duda, pero sobre todo para explorar sus vidas (como en la divertidísima biografía de Wisława Szymborska que han publicado Anna Bikont y Joanna Szczesna en Pre-Textos), para hurgar en sus epistolarios (en 2015 Errata Naturae ha extractado los de Whitman en Crónica de mí mismo, y Fórcola ha traducido las muy apasionadas cartas de un joven Gabriele d’Annunzio en No dejaría nunca de escribirte), para curiosear en sus diarios (Lumen ha puesto en limpio todos los de Jaime Gil de Biedma, mientras que Pre-Textos ofrece los nuevos de José Mateos –el contemplativo Un año en la otra vida– y Andrés Trapiello –el monumental Seré duda–) o, en fin, para interesarse por sus memorias (Lumen ha recuperado las de Carlos Barral, Luis Antonio de Villena ha entregado el importante primer tomo de las suyas en Pre-Textos…). El prestigio de la poesía, por tanto, parece en buena forma, para lo cual, por lo visto, no hace falta publicar versos, e incluso se diría que hay quienes piensan que sería contraproducente: el mantenimiento de la alta valoración social de la poesía pasa necesariamente por no leerla, por conseguir que todo se quede en biopics, rumores, anécdotas y versos resultones sacados de contexto. En ese sentido, y al margen de las editoriales españolas más tradicionalmente comprometidas con la poesía, que siguen heroicamente con su deficitario empeño, es de destacar la incorporación de la colección de poesía de Sexto Piso, que en el año recién terminado ha rescatado la traducción de Juan Rulfo de las Elegías de Duino de Rilke, se ha atrevido con el tan voluminoso como torrencial Eso de Inger Christensen, y ha propuesto con Nun)n(ca, de Luigi Amara, un curioso experimento ante una fotografía a la que, literalmente, hay que dar muchas vueltas.

Por su parte, la editorial Turner ha incurrido en la osadía de publicar algo todavía más suburbial y minoritario que la poesía, la teoría poética, aunque ha acertado con el autor, Mark Strand, de quien se han seleccionado conferencias, prólogos, ar- tículos y algunas otras piezas que, sin el mayor reparo, podríamos calificar de “cuentos”, como ese genial “La dimisión del presidente” en el que se fantasea con todo un gobierno (¿estadounidense?) basado en la actitud poética, y por tanto en una inacción muy consciente, que lleva al protagonista a afirmar de modo sublime ante su gabinete que “he hablado en todo momento en nombre de aquello que no cambia”, algo que muchos anhelaríamos poder suscribir.

El cauteloso humor que encontramos en estos textos en prosa de Strand es el mismo que, más escurridizo, más impreciso y a veces lánguido, hallamos en sus poemas, un humor ambiguo que, por una parte, nace de un gran encogimiento de hombros (lo que se refleja bien en el título, algo efectista, de esta recopilación), y, por otra, no se acaba de entender sin el legado histórico (aunque bien filtrado) de las vanguardias, rasgo que Strand, fallecido en 2014, compartía con muchos de los otros grandes poetas vivos, como John Ashbery, Henrik Nordbrandt, Adam Zagajewski o, en otra medida, Yves Bonnefoy. Todos ellos, más o menos, son “poetas para poetas” más que “poetas para personas normales que por casualidad puedan leer uno de tus poemas y descubrir sorprendidos que esos versos les incumben, que les hablan directamente y les revelan cosas necesarias”, y además la de Strand, muy crítico con la poesía confesional (en la que “el poeta queda desvelado de un modo periodístico, no imaginativo”), era una actitud esencialmente pesimista pero ante todo desengañada, tanto en lo metafísico como en lo cotidiano. No es raro que en varios sitios manifieste su admiración por Kafka o por Beckett alguien que se sentía sumergido en una oscuridad insoslayable a la que de vez en cuando arrebataba símbolos y a la que, aparte del pequeño hedonismo que aporta la literatura (“los placeres que es capaz de proporcionar la poesía son muy superiores a los del dinero o la estabilidad”), desafiaba con una discreta y observadora indolencia: “Mi tedio es un lujo. En sus brazos soy pasivo. Me siento en cualquier lado y hojeo un libro, o voy a mirar qué hay en la nevera, o hago un rompecabezas. Al poco rato, mi pereza se harta. Trato de liberarme a mí mismo. Tomo un poco de café. Me pongo en marcha. Y me digo que esto no sería así sin el tedio, la más benigna de las presiones.”

El texto propiamente titulado “Sobre nada” es un divertimento insulso y más bien fallido, pero es el único poco notable en un libro rebosante de intuiciones sagacísimas sobre qué es la poesía (“Puede que el poema sea, en última instancia, la metáfora de algo desconocido, y que trabajarlo (o sea, escribir el poema) sea un procedimiento para recuperarlo”) y sobre traducción, junto a opiniones particulares sobre poetas como Virgilio, Wordsworth (quien “da por sentada su propia existencia en el mundo más que ningún otro poeta contemporáneo”) o Brodsky (“el mundo parece mucho mayor en la poesía de Brodsky que en la de ningún otro poeta que esté publicando en este momento”), pero hay también páginas para reflexionar con lucidez sobre fotografía, y quien leyese la magnífica monografía que Strand dedicó a un puñado de cuadros de Hopper (en España se publicó en Lumen en 2008), ya sabe con qué inteligencia escribe sobre pintura, en este caso sobre dos cuadros de Vermeer y Chardin observados en The Frick Collection. Y se incorpora incluso un texto inédito en el que Strand comete el atrevimiento de intentar analizar “En medio del camino”, de Carlos Drummond de Andrade, uno de los poemas más fascinantes y misteriosos del siglo XX, y que no puede ser explicado sin menoscabarlo, aunque Strand lo haga con pulcritud y muchas reservas.

Strand traslada a la prosa la economía de medios que en general caracteriza su poesía, como si también en el ensayo aplicara la certeza de que “en un poema cada palabra es importante, su intensidad es máxima”. Lacónico, directo, certero, poco dado a digresiones si no sirven para llegar por otro camino al centro de su discurso, no oculta sus profundas fobias a determinadas opciones estéticas, pero no parece que fuese de esos que habitan su propio tiempo como si este fuese una cabina telefónica, con agobiantes estrecheces a las que someterse, sino que era consciente de la generosa amplitud de todo presente, que siempre es un inmenso foro donde maniobrar, crecer y encontrarse. En ese sentido, y respecto a la filosofía que palpita bajo la crítica de Strand, lo cierto es que es mucho más sencillo concebir el fin del mundo (el cine nos ha familiarizado con el apocalipsis) que imaginar el fin de la modernidad, ese paradigma que tan perplejos, tan a la deriva, habitamos, y del que no se vislumbra ninguna salida: “Profundamente arraigado en la aventura actual del ego, puede que al poeta de Estados Unidos solo le quepa aspirar a representar su propia existencia biográfica”, afirma un poeta que, aunque nacido en Canadá, siempre ejerció de estadounidense, y qué hermosa es su entrada sobre Utah en el “Abecedario de un poeta”, que abre el libro: “Utah es todo lo que no era mi vida antes de trasladarme allí.” Citas como esta última, casi variantes, son frecuentes en la obra de Strand, alguien no tan atraído por la “nada” del título como por la ausencia, por la falta, por el vacío, por la pérdida, por el silencio de lo que una vez se oyó. Él mismo repite en al menos tres lugares, con rara insistencia (y no sé si con una satisfacción que sería todavía más extraña), un verso de uno de sus primeros poemas: “donde sea que esté, yo soy lo que falta”. Y en ese inevitable desplazamiento del ser al no ser que en el fondo atraviesa toda su literatura, nosotros, con más curiosidad que vértigo, le acompañamos. ~