De otra época | Letras Libres
artículo no publicado

De otra época

Elsa Morante

Mentira y sortilegio

Traducción de Ana Ciurans Ferrándiz, Barcelona, Lumen, 2012, 1024 pp.

 

Se cumple este año el primer centenario del nacimiento de Elsa Morante, y la editorial Lumen lo celebra con la publicación de Mentira y sortilegio, su primer libro y el único importante que no se había traducido al español. Aunque solo sea porque pocos editores se arriesgarían a recuperar una novela de más de mil páginas escrita hace sesenta y cuatro años, el empeño es más que loable.

La novela, en efecto, apareció en Italia en 1948. El prólogo a la actual edición recupera un texto en el que Natalia Ginzburg, en diciembre de 1985 (un mes después de la muerte de Morante), rememoraba las circunstancias que rodearon esa primera publicación: la recepción del manuscrito por correo, la fascinación que sintió al leerlo, la decisión de Cesare Pavese de incorporarlo al catálogo de Einaudi, la temporada que Morante pasó en Turín corrigiendo las galeradas... Lo primero que pensó Natalia Ginzburg al hojear el manuscrito fue que se encontraba ante “una novela de otra época”: esa sensación le transmitían los títulos de los capítulos y los nombres de algunos personajes con la inicial en mayúscula. Sesenta y cuatro años después de esa primera lectura, ese aroma anticuado, decimonónico, “de otra época”, se percibe todavía con más fuerza, y en él radican al mismo tiempo el encanto del libro y sus flaquezas.

Digamos que la novela entronca con esa tradición romántica entre cuyas cumbres está, por ejemplo, el clásico portugués de Camilo Castelo Branco Amor de perdición (1862), una historia de familias enfrentadas por el destino y de grandes pasiones amorosas condenadas a un final trágico. La historia de Mentira y sortilegio  es la de la familia de Elisa de Salvi, nieta de un aristócrata tarambana venido a menos e hija de un pusilánime empleado de correos, pero sobre todo es la historia del amor imposible (y nunca consumado) entre su madre, Anna, y el primo de esta, el narcisista y veleidoso Edoardo, quien, al contrario que Anna y que Elisa, pertenece a la rama acaudalada de la familia y goza de una envidiable posición social.

Tiene Mentira y sortilegio el encanto de los buenos pastiches, y la autora reclama al lector una suerte de complicidad que da por descontada su indulgencia: indulgencia ante la prolijidad del relato y la abundancia de repeticiones, indulgencia ante los diálogos acartonados y la escasa entidad psicológica de los personajes, indulgencia ante el exceso de tics expresivos, como las apelaciones al lector o el reiterado anuncio de posteriores acontecimientos... Con cierto candor, lo que la autora parece decirnos es que el modelo original lo justifica todo, tanto lo bueno como lo malo: ¿no eran así las novelas decimonónicas?, ¡pues esta también lo es! El problema es que resulta difícil sostener una historia cuando no se acaba de creer en ella y cuando no se tiene del todo claro si atenerse a unas reglas o socavarlas por la vía de la parodia.

No se puede ser romántico y antirromántico a la vez. ¿Nos importa o no nos importa el sufrimiento de los enamorados? Sin esa adhesión afectiva por parte del lector, no hay romanticismo que valga, y el mismo argumento que sirve para justificar un libro puede también servir para deslegitimarlo: sí, las novelas románticas eran así, pero ¿por qué tendríamos que aceptar ese modelo literario en un año como 1948, con la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial aún humeante y las heridas de los veinte años de fascismo italiano todavía abiertas? El problema de fondo es que la sensibilidad de Morante, acorde con la época que le tocó vivir y, por tanto, poco piadosa con la naturaleza humana, invade todos los resquicios de esta historia y no vacila en destacar los aspectos más siniestros de unos y otros: el rencor de los pobres, el egoísmo de los ricos, la miseria moral de todos. Ante un panorama así, ¿qué importancia, en efecto, puede tener el sufrimiento de dos enamorados?

Elsa Morante es la autora de uno de los clásicos indiscutibles de la literatura italiana del pasado siglo, la novela La Historia (1974), en la que recreaba la vida de varios personajes en la convulsa Roma de los años cuarenta y acertó a trasladar al lector uno de los grandes temas de la literatura realista: el choque entre la gran historia colectiva y las pequeñas historias individuales. En Mentira y sortilegio, cuya acción se desarrolla en una geografía y un tiempo deliberadamente inconcretos y ajenos a los vaivenes de la Historia, ese tema ni siquiera aparece sugerido. Pero, al igual que en La Historia, los seres que interesan aquí a la autora son criaturas menores, atentas sobre todo a sus pequeñas preocupaciones, y lo mejor de este libro está en la exposición de esas fantasías con las que tratan de contrapesar sus muchas insatisfacciones. Desde el principio (desde la llamada “Introducción a la historia de mi familia”, en la que no por casualidad menudean las referencias cervantinas), deja clara la narradora su intención de presentar una galería de personajes contagiados “por el morbo de la imaginación”, y no se oculta que el más fantasioso de todos los personajes es precisamente ella, Elisa de Salvi, que, del mismo modo que recurrirá al relato de sus ensoñaciones para transmitir una idea completa y cabal de sí misma, será incapaz de interpretar las vidas de los otros personajes sin asomarse una y otra vez al zurrón de sus fantasías. La narración gana en vigor y calidez en la segunda mitad, a partir del momento en que Elisa es no solo narradora sino también testigo y partícipe de los acontecimientos, pero esa tensión entre realidad y fantasía no desfallece en ningún momento y está en el origen del raro poder de seducción de esta novela extraña e imperfecta, de grata lectura para los admiradores de Elsa Morante, incluso para aquellos que, como yo, lo son de la Elsa Morante más inequívocamente realista. ~