Obra poética completa, de Arthur Rimbaud | Letras Libres
artículo no publicado

Obra poética completa, de Arthur Rimbaud



“Arthur Rimbaud sustenta la poesía contemporánea de Occidente como el aire sustenta el vuelo de los pájaros: sin que se note, pero sin que pueda ser de otra manera”, comenta Eduardo Moga en el epílogo a esta edición de su poesía completa. Por su parte, Miguel Casado avisa en el prólogo del radical desplazamiento que supone la quiebra de su impulso antipoético respecto a lo que hasta entonces se entendía por poesía, es decir, respecto del parnasianismo y los últimos coletazos posrománticos. Rimbaud (1854-1891) comienza a escribir con la adolescente intensidad de lo que se intuye breve, su escritura se afianza en el arrebato y se confía a una mutilación del concepto de belleza: “Una tarde, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”, escribe al inicio de Una temporada en el infierno. Hace cristalizar la crueldad en su obra creadora dando lugar a un lenguaje nuevo, un “lenguaje universal”, en sus propias palabras. Un lenguaje compuesto por elementos disímiles, como un tejido desprovisto de forma, cuyos referentes serán la extrañeza, la arbitrariedad, el asco y el embeleso. Poesía total, concebida como acto deslumbrado y absoluto, como pasión arrolladora desde la que el poema ya no tiene un punto de vista definido sino que se origina desde la exclusión de cualquier fijeza, desde una fragmentación del yo que será trasunto, como se apunta en el citado epílogo, de la fragmentación del pensamiento. Miguel Casado se hace eco de la tesis de Jean-Marie Gleize cuando explica que Rimbaud, “en lugar de proponer un espectáculo de visiones, trabaja en fracturar las imágenes para hacer que salgan a la superficie sus líneas de falla, dividiéndolas, condensándolas, interrumpiéndolas, como si se tendiera a suprimir la necesaria cualidad mediadora de la representación haciendo estallar sus figuras y pudiera ensoñarse (¿atisbarse?) un trato directo con el mundo, un fluido entre dentro y fuera”. 

Ese fluido se manifiesta en la necesidad constante de situar al yo en un espacio, de referirse a sí mismo en cuanto a situación en un punto concre-to que resulta móvil, cambiante. “Yo es otro”. Presencia y movimiento. En este sentido, Casado hace referencia a una “corporeidad líquida” que sería la raíz de las formas tan frecuentes en la poética y pensamiento crítico contemporáneo de lo nómada y de la errancia. Idea que podemos conectar con el concepto de “modernidad líquida” inventado por Zygmunt Bauman para darle una vuelta de tuerca al término “posmodernismo” y que caracteriza a nuestra época actual por la desaparición de puntos fijos en los que situar la confianza en uno mismo, en los otros, en la comunidad. La interrupción, la incoherencia, la suspicacia serán entonces las condiciones habituales de nuestra vida y se convierten incluso en necesidades reales para muchas personas cuyas mentes sólo se alimentan ya de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados: “Ya no toleramos que nada dure. Ya no sabemos cómo hacer para que al aburrimiento dé fruto”, sentencia Bauman. El único “largo plazo” será uno mismo, el propio cuerpo como referente, todo lo demás es “a corto plazo”. Ahí podemos atisbar ya la radical modernidad de Rim-baud, su urgencia y su inestabilidad, su nervio y su desaire.

Rimbaud, con la ingenuidad de su insultante juventud, pretende vivir más, y por eso escribe. Como apunta Eduardo Moga, quiere comulgar con el cosmos, recuperar, gracias a la alquimia del lenguaje, la unidad perdida al nacer. Fusión entre lo sensible y lo inteligible. La analogía. Tout se tient. Parafraseando a Paz cuando se refería a la revolución modernista, diríamos que oye y ve lo que piensa. Que piensa en sonidos y visiones. La exaltación del poeta a la dignidad de iniciado propia del modernismo adquiere antes con él un lustre de malditismo: “El poeta tiene que convertirse en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito y el sabio supremo”.

Rimbaud lo relaciona todo, todo lo mezcla. Margina la lógica, la coherencia, creando sonoridades a fin de quebrar la significación de las imágenes. Como sugiere Tomás Barma: “La música atonal, la disonancia, creada por la contradicción entre el absurdo del sentido y la potencia de las sonoridades, permanece íntegra”. Su poesía surge de una pasión vocal, una sucesión abstracta de asonancias y aliteraciones. Sánchez Robayna se ha referido en sus ensayos sobre poética a los movimientos del pensar y la realidad de la voz como una asociación que se resuelve en una identidad cuando se trata de poesía.

El poema fue para Rimbaud una experiencia vital y su vida terminó por adquirir la intensidad de la poesía. Entonces dejó de escribir. Escribió todos sus poemas entre los dieciséis y los veinte años. El pelo revuelto, el corbatín torcido, la mirada azul. Una mirada retadora, aviesa, siempre directa. No envejece. Ahí está, tan fresco. Abras por la página que abras. También es mérito de traducciones tan limpias y contemporáneas como las que aquí se nos ofrecen. ~