Obra completa en dos volúmenes, de Ramón del Valle-Inclán | Letras Libres
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Obra completa en dos volúmenes, de Ramón del Valle-Inclán

Ramón del Valle-Inclán, Obra completa en dos volúmenes: I. Prosa, II. Teatro, Poesía, Varia, Espasa, Colección Clásicos Castellanos, Madrid, 2002, 1.990 y 2.549 pp.

CLÁSICOSUn espejo curvo


En muchos terrenos seguimos los españoles siendo una calamidad. En el de la edición de libros, por ejemplo. Más de sesenta mil títulos anuales, que ya son títulos, y no sólo de los cuatro o cinco imprescindibles de los siglos áureos no tenemos ediciones definitivas; tampoco los escritores canónicos de la modernidad tienen una obras completas, limpias, modestas y editadas con gusto. Valle-Inclán se incorpora ahora a las pocas excepciones a la regla. Y eso es digno de loa y celebración.
     En vida del autor y en tomos floreados no menos que gratos y sin excesos, se reunió lo más que se pudo. Tras su muerte y fatalmente incompletas, se intentaron en varias ocasiones unas en dos tomos, papel fino, piel roja y oros en los lomos. Se trata de la mítica, carísima o inencontrable Edición Plenitud, última tirada en 1952. Luego, parece que por graves desavenencias entre herederos, fue imposible un agavillamiento parecido, aunque en tomos sueltos se hallaba y se halla prácticamente todo en el mercado. Ahora, un nieto del maestro gallego, Joaquín del Valle-Inclán, que por modestia u otras causas no figura —como debiera— en las portadas, ha reunido la obra del abuelo, ha agregado una abultada "Varia" de textos recuperados en publicaciones periódicas, del mayor interés y desde la adolescencia del genial gallego, y, para rematar la faena y el regalo, ha confeccionado un glosario de más de seiscientas páginas en letra menuda, donde el curioso, sin que vea interrumpida la lectura del texto, tiene todos los vocablos o secuencias que requieren explicación o mayores claridades. No es, por lo dicho, nada extraño que a poco más de un mes de su aparición en librerías los dos suculentos tomazos hayan tenido tres ediciones y las que, sin duda, vendrán.
     Los datos cantan: en los manuales que casi sólo consultan alumnos universitarios de filología, profesores e hispanistas está el cómputo de las publicaciones que, sobre Valle, han ido apareciendo en los últimos treinta años: nadie de su generación, ni siquiera don Antonio Machado, le supera en interés cuantitativo y cualitativo en cuanto a estudios, académicos o no. Por otro lado, con Lorca es el dramaturgo nuestro contemporáneo más representado en el mundo y en multitud de idiomas. Tal indetenible atención y curiosidad sí que está diciendo algo: la universalidad, la viveza, la actualidad del legado valleinclanesco.
     Sabido es que el maestro siguió una trayectoria exactamente contraria a sus grandes coetáneos del 98, en lo que al plano ideológico y ético se refiere. Unamuno, Baroja, Maeztu y Azorín, desde una juventud progresista, en distintos registros y con variable duración temporal y tipo de compromiso personal, acabaron en un fatalismo conservador o religioso resignados, que no evitó al final determinadas y penosas adhesiones franquistas de aquellos que sobrevivieron a la Guerra Civil. Naturalmente ese reaccionarismo o esencialismo escapista no dice lo más mínimo respecto a la calidad estética o de escritura, e incluso al interés actual de la obra de todos los citados, que para mí sigue siendo altísima, con la excepción, quizás, de Maeztu. En cambio, las trayectorias de Antonio Machado y Valle fueron las más coherentes, en opinión de muchos, en la gravísima coyuntura de la República y la Guerra Civil, desde un horizonte de solidaridad con un pueblo, primero ilusionado y enseguida agredido por el fascismo internacional y dejado a su suerte por las democracias hipócritas y cobardes del momento, Gran Bretaña muy en primer lugar. Naturalmente ese compromiso, que en el gallego sólo pudo ser republicano, pues moriría al comenzar 1936, se vio afeado por alguna incoherencia, en el caso de Valle. No en vano éste había sido legitimista y carlista en su juventud, hasta que su experiencia "de visu" en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial lo convirtió a cierta aliadofilia de aliento democrático, y sus visitas y atención al sórdido panorama del México posrevolucionario con un gobierno demagógico, falaz y de partido único hasta ayer mismo, le fueron inclinando a una suerte de anarquismo muy personal y, desde luego, sin partido. Fue tal su radicalización que, en 1935, los intelectuales de izquierda del mundo que promovieron el célebre Congreso Antifascista de aquel año en París lo propusieron como presidente del mismo. Don Ramón, ya muy tocado de su vieja dolencia maligna en la vejiga, no pudo aceptar. Por lo que toca a la incoherencia a que se hace referencia más arriba, raro lunar en esa vida de creciente lucidez, es preciso decir que tuvo que ver con algún elogio insensato, en entrevistas, a la Italia de Mussolini, cuya estética neoimperial, bastante de cartón piedra por cierto, todavía no pillaba muy curado al Valle tradicionalista o requeté, también por pura estética, en la primera década del siglo XX. Con Elias Canetti diríamos, para este caso y tropiezo, para cualquier otro, que a la estética menester será atarla muy, pero que muy corto y mirarle los dientes como a burro en antigua feria de ganado. ~