Nosotros, los modernos | Letras Libres
artículo no publicado

Nosotros, los modernos

José Carlos Llop

Reyes de Alejandría

Madrid, Alfaguara, 2016, 184 pp.

Uno de los momentos estelares del siglo XX tuvo lugar, como todo el mundo sabe, en el festival de Newport, en 1965, cuando Bob Dylan sorprendió con un concierto de rock a los puristas del folk congregados allí, los cuales, sintiéndose traicionados, le abuchearon con la misma ferocidad con la que otros puristas habían abucheado a Verdi en la Scala de Milán.

Al igual que Dylan, José Carlos Llop ha cargado de electricidad su prosa en Reyes de Alejandría. Los que esperen encontrar la prosa reposada, con frecuentes paréntesis, a la que nos tenía acostumbrados el “escribano de agua” que nos regaló En la ciudad sumergida se van a llevar una buena sorpresa. Llop se ha quitado la corbata y ha escrito su libro más eléctrico, más libre y más lúbrico. Un libro que es puro Llop, con todo su fetichismo y toda su sofisticación, pero un Llop pasado, felizmente, de revoluciones.

Sí, Llop les ha limpiado el polvo a sus viejos discos de vinilo para despertar a los dioses y los héroes de su juventud, aquellos que ocupaban el Olimpo del rock en la década de los setenta.

A través de los marineros estadounidenses llegaban a Palma de Mallorca, en cuyos bares Llop se estrenó como piel roja, canciones prohibidas y discos desconocidos para la inmensa mayoría de los españoles. La música, como la droga, siempre ha llegado por mar antes que por tierra. No por casualidad los Beatles nacieron en una ciudad con mar: también los marineros estadounidenses llevaban a los chavales de Liverpool los race records (éxitos discográficos de los músicos negros) y el pop adolescente que se hacía en Estados Unidos y que no se conseguía fácilmente en otros lugares de Gran Bretaña. Pero Reyes de Alejandría no es un libro beatle, aunque George Harrison sea uno de los indispensables en el santoral musical llopiano. Este es un libro rolling.

El mítico concierto de los Stones en junio de 1976 en la plaza de toros de Barcelona no solo es uno de los puntos álgidos de la novela sino que Llop lo considera, con acierto, un episodio clave de nuestra historia reciente, por lo que tuvo de ruptura del orden establecido y de liberación de las costumbres. Ramón Alpuente hizo la crónica de aquel concierto para El País y escribió: “Lo que Mick Jagger protagonizó en la Monumental fue […] un juego desinhibido en el que la sexualidad y la provocación emanadas por Jagger desde el micrófono adquirían un valor casi ritual, como símbolos de una danza primitiva y liberadora […] Los celadores del orden y la moral vigentes, cuando adoptan tonos apocalípticos y condenatorios sobre estos hechos, no hacen más que repetir las actitudes que siempre detentaron los miembros de la sociedad civilizada ante las manifestaciones de las culturas tribales, ante sus ritos tradicionales y ceremonias colectivas.” En Reyes de Alejandría, Llop dice que en la Monumental estaban todos los modernos y pieles rojas de Barcelona y gran parte de España. Y, además, escribe: “El país donde vivimos aquellas horas y las que seguirían fue un país distinto, y nadie nos iba a quitar el convencimiento de que éramos nosotros, los modernos, quienes habíamos levantado aquel país de otro mundo en medio de la grisura y el miedo del nuestro y sus jinetes armados.”

La tribu a la que pertenecía Llop no era precisamente una tribu de desharrapados. En un país en el que triunfaban Las Grecas, la literatura social y las camisas desabrochadas, Llop y sus amigos eran los que vestían a la última, los que leían a los poetas más audaces y los que escuchaban la música más transgresora. Una tribu de esnobs que, además, disfrutaban, por primera vez en la historia de España, de las mieles del sexo sin compromiso, envueltos permanentemente en una nube de hash que los aislaba de la ramplonería, el aburrimiento, la violencia y el miedo dominantes.

Si Solsticio era una exaltación lírica de la infancia, Reyes de Alejandría es una exaltación lírica de la juventud. Su mirada retrospectiva es mitificadora y autocomplaciente. Nada más lejos de la intención de Llop que ajustar cuentas, al modo de Chirbes en Los viejos amigos, con su generación. Aquellos reyes condenados a no reinar conquistaron el Paraíso de la modernidad, un Paraíso sin dogmas, con Pound y Leopoldo María Panero como profetas, antes de convertirse en funcionarios.

Llop revela, a las pocas páginas, el método compositivo de su novela: “Leí que David Bowie escribía sus canciones con versos recortados, como un cadáver exquisito. Escribía primero el texto, recortaba los versos uno por uno, los barajaba y escogía luego al azar, volviendo a unirlos en función del orden nuevo. En ese momento, la canción estaba definitivamente escrita. Algo así es la escritura de este libro.” Una escritura, dicho sea de paso, plenamente moderna, pues el lector puede ver cómo el libro se va haciendo ante él. Sin embargo, si hay una canción a la que se parece este libro, esa canción no es de Bowie sino de Dylan. Me refiero a “Desolation Row, en la que Dylan disfrazó a Einstein de Robin Hood e hizo bailar a Ofelia con Casanova y a Cenicienta con el Jorobado de Notre-Dame, situando a Eliot y a Pound en el puente de mando del barco ebrio. Llop consigue crear con su novela una entropía lírica similar a la que consiguió Dylan con su canción, y combina, de idéntico modo, la alta cultura y la cultura popular, la historia y la ficción histórica, la realidad y el deseo.

Reyes de Alejandría son unas memorias noveladas construidas a base de metáforas, unas colectivas y otras personales. Dos de esas metáforas tuvieron una existencia previa como poemas: la Avenida de la Luz, una galería comercial subterránea que hubo en Barcelona y que también inspiró una gran canción de Loquillo y los Trogloditas, compuesta por Sabino Méndez; y la muchacha que, a la salida de un bar barcelonés, de madrugada, se levantó la falda y meó en la calle, ante los ojos atónitos de Llop, que, pasados los años, recreó, con aires de leyenda, el recuerdo de aquella escena y le dio el título de “El paseo de Fragonard”. ~