Nobleza de espíritu. Tres ensayos sobre una idea olvidada, de Rob Riemen | Letras Libres
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Nobleza de espíritu. Tres ensayos sobre una idea olvidada, de Rob Riemen

El título no es la menor valentía de este libro. La palabra “espíritu” no está de moda. Mucho menos la palabra “nobleza”. En las sociedades democráticas que idolatran el utilitarismo, “nobleza” y “espíritu” suenan a arrogancia, a grandilocuencia hueca. Riemen se arriesga y retoma una de las ideas favoritas de Thomas Mann (esa “Adel des Geistes”) para alegar su urgencia en tres ensayos seductores e inquietantes.

En “El tiempo mesurado de Thomas Mann”, Riemen nos recuerda el empeño de este por defender los valores liberales de la sociedad burguesa europea contra las utopías sangrientas del siglo XX. Ante la avalancha vociferante de comunistas y fascistas que prometen el Paraíso –no importa si al precio del Apocalipsis–, Mann se queda valientemente solo asegurando que “la política no está facultada para prometer la felicidad”. El arte y la literatura –cuando merecen su nombre– son impopulares porque recuerdan lo que han olvidado las “ciencias sociales” y los revolucionarios redentoristas de todo pelaje: la tragedia, el aspecto diabólico, de la experiencia humana. En ese tembladeral volcánico de la tragedia la ingeniería social no tiene nada que decir; la propia filosofía debería callar. La actitud honesta es la del arte honesto –que por serlo es tan escaso– mirar de frente a la verdad de la tragedia.

En su prólogo George Steiner practica, entre otras elegancias, la de no explicitar esa afinidad elemental entre su La muerte de la tragedia y esta Nobleza de espíritu. Cuando muere la tragedia muere con ella la verdad (en cuanto conciencia cultural de que el mal absoluto –e incluso la propia muerte– existen). Cuando ambas mueren fallece también la libertad, que depende de atreverse a vivir en la verdad.

En “El filósofo-rey” Riemen conjuga varios diálogos. Naphta, el fascinante judío convertido en católico y jesuita le asegura al humanista Settembrini que sólo el terror puede salvar a Europa de la corrupción capitalista y del materialismo. El terror proporciona el mayor placer, que es la obediencia, puesto que la libertad es fuente probada de tanta desdicha. El terror aterra menos que la libertad. Ese diálogo enlaza con otro menos conocido. Aquel en Doktor Faustus, cuando varios intelectuales de comienzos del siglo XX reconocen que, dada la irracionalidad de la nueva era de las masas, para manejarlas se hará necesario inventarles cuentos, mitos, quimeras. La manipulación propagandística de la política inventada por el fascismo y perfeccionada en democracia.

A esos diálogos ficticios sigue uno real. Una noche de 1946 Malraux invita a su mansión en el Bois de Boulogne a Koestler, Sartre y Camus. ¿Qué harán después de la guerra? Malraux piensa en términos políticos (en lo que sirva al gaullismo). Koestler reclama que se denuncien las tiranías estalinistas impuestas en la Europa del Este. Sartre se niega: las injusticias del capitalismo no son menores y al menos el comunismo ofrece esperanza. Camus calla y al fin pregunta: “¿No creen que todos somos responsables de esta falta de valores? ¿Y si confesáramos públicamente que nos hemos equivocado, que existen valores morales, y que en lo sucesivo haremos lo necesario para fundarlos e ilustrarlos?” La sesión se levantó apresuradamente.

Riemen cita a Baltasar Gracián: “La gravedad material haze precioso al oro; y la moral a la persona”. Si los intelectuales distinguidos han olvidado esta distinción, ¿quién la recordará? La “nobleza de espíritu”, es decir, el amor a la verdad por sobre los prejuicios e intereses circunstanciales, se prueba, agregaría yo, en la capacidad para quedarnos solos –como Sócrates ante el juicio de Atenas, o Camus en la conversación del Bois de Boulogne-.

La presente prosperidad de Occidente, su relativa paz, el imperio de los derechos humanos, no bastan. La libertad –siempre necesitada de defensa– tampoco. Hay algo más allá: la nobleza de espíritu no es sólo requisito sino desafío. La tarea que resta –eterna– cuando se han logrado esos privilegios, es darles sentido.

Un escritor proveniente del tercer mundo, como el que escribe para esta revista que hace de puente entre aquel y el primero, subrayará que para apreciar mejor esas hermosas ideas es conveniente haber desayunado. Es cierto que el alma, el logos, se reduce en todas partes, como confirma melancólicamente Steiner en su prólogo. Pero nada se reduce donde el estómago no alimenta ni las quejas del espíritu. Sin embargo, si la batalla por la prosperidad y por la libertad que permita disfrutarla pudiera ganarse en nuestros países, Nobleza de espíritu nos recuerda que restará todavía la del sentido.

Rob Riemen toma partido por los viejos estoicos –como Mann– contra los jóvenes epicúreos –como cualquier intelectual a la page del relativismo contemporáneo. Pero no castiga ese relativismo desde algún dogma, sino desde la incerteza liberal que no deja de buscar la verdad. Civilización no es lo mismo que satisfacción.

Imprescindible apunte de estilo. Estos ensayos honran la mejor tradición del género: su libertad estilística, precisamente. La deliberada ausencia de comillas en muchas de las citas funde a éstas en un continuum cultural. Las reflexiones del autor intervienen en los diálogos citados, que continúan al modo de relatos ficticios. Uno de estos cierra el volumen. La Weltliteratur de Goethe, esa conversación universal de espíritus selectos, se escucha en estas páginas. Merecen leerse, aunque sólo fuera por esa magnífica ilusión.

El libro fue presentado en Madrid en una pequeña reunión presidida por Mario Vargas Llosa y el embajador de Holanda. El embajador, hombre culto e irónico, se puso de pie para rectificar a Vargas Llosa, que acababa de fustigar a las instituciones holandesas por haber despojado de su nacionalidad a la diputada de origen somalí Ayaan Hirsi Alí. Vargas Llosa contestó, con firme cordialidad, en nombre de la libertad de conciencia. Rob Riemen terció para decir que, no siendo él diplomático, podía aseverar libremente que la conducta del pueblo holandés –partidario mayoritariamente del despojo a Alí de su ciudadanía– había sido una vergüenza. Contra el poder, casi siempre contra las mayorías, escasa y solitaria, así es la nobleza de espíritu. ~