No escribir para ser escrito | Letras Libres
artículo no publicado

No escribir para ser escrito

Patricio Zunini

Fogwill, una memoria coral

Buenos Aires, Mansalva, 2014, 152 pp.

A lo largo de su relativamente breve y particularmente intensa vida, el escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill afirmó una y otra vez que escribía “para no ser escrito”, pero vivió y habló para confeccionar una leyenda; es decir, para que fueran otros los que hablaran de él. En el mundo de Fogwill (ese mundo compuesto por novelas como Los Pichiciegos y Vivir afuera, cuentos como los reunidos en Ejércitos imaginarios, poemas como los de Lo dado, ensayos como los que aparecen en Los libros de la guerra: todos fundamentales para una historia de la literatura argentina de las últimas décadas) las cosas siempre trascienden su apariencia, poseen un doblez inasible o se articulan en paradojas. Una de las más notables es, precisamente, esta: la de un escritor extraordinario que no escribió mucho porque, contra lo que afirmaba, prefirió ser escrito por otros y, por consiguiente, dedicó buena parte de sus esfuerzos no a producir su obra (la de Fogwill está presidida por un gesto verborrágico de facilidad, poco importa que escribirla haya sido fácil o no) sino a interpretar el papel del histrión cuyas paradojas y contradicciones obligaban a los demás a pensar acerca de las paradojas y contradicciones de la cultura no solo literaria en Argentina.

A lo largo de su relativamente breve y particularmente intensa vida, Fogwill fue celebrado por algunos y denostado por otros a raíz de sus ataques de ira, sus deslealtades, las polémicas en las que participaba, sus momentos de generosidad, los exabruptos, los escándalos que ponía en escena para que los demás hablaran de él, para ser escrito. Así que no debe sorprendernos que, a menos de cuatro años de su muerte, ya se estén escribiendo dos biografías, sus libros sean reeditados, salgan a la luz sus inéditos y se publique una “biografía coral”: si la importancia de un autor debe ser medida por su posteridad, hay que decir que la del escritor argentino solo es comparable a la de Roberto Bolaño, con quien compartió algunos entusiasmos literarios, la voluntad de intervención no solo literaria, cierta ética, una vocación de escribir “contra” el sentido común, una actitud iconoclasta.

Aunque ninguna de las voces reunidas en Fogwill, una memoria coral es complaciente con el autor, los testimonios recogidos no recuperan esa actitud iconoclasta, de manera que el lector se pregunta qué habría pensado Fogwill de este tipo de homenajes, pero no importa: Fogwill, una memoria coral es un libro extraordinario, en el que (de algún modo) se lee a Fogwill y se lo escucha en los recuerdos de algunos de los autores más importantes de la literatura argentina (Alan Pauls, Luis Chitarroni, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Daniel Guebel, Marcelo Cohen, María Moreno), en el recuerdo onírico y deslumbrante de César Aira, en las historias contadas por jóvenes escritores que ponen de manifiesto lo que parece evidente al lector de sus obras (que estas son el resultado de un entusiasmo pasajero de Fogwill y que carecen de rumbo sin su tutela), en declaraciones como las del fotógrafo argentino Silvio Fabrykant (quien sostiene que Fogwill “sabía prácticamente todo: era un Google antes de Google. Tenía respecto de cualquier tema una mirada desde un ángulo que uno no había mirado”), Leila Guerriero (“era un emblema de fortaleza. No es que fuera impenetrable, pero era un tipo con convicciones fuertes, con una manera de vivir fuerte”), Alberto Laiseca (“Después de que murió se me apareció en un sueño: yo estaba en un lugar donde había un gran vidrio y Fogwill estaba del otro lado y me saludaba. Ese vidrio sabés por supuesto qué es, ¿no?”), Chejfec (“era como un sabio de gabinete enciclopédico echado a andar por las calles”), María Pía López (“Fogwill no ponía resguardos éticos al despliegue de su lucidez. Políticamente eso es un problema”), Francisco Garamona (“Era alguien en estado de alerta permanente, un torbellino. Era una especie de Ezra Pound. Como dice [Daniel] Link: una inteligencia casi alienígena. Siempre brillante, siempre certero, siempre gracioso y tremendo. Hay gente que le copia el yeite de la provocación y piensa que Fogwill era solo eso. Pero atrás había una obra imbatible, un pensamiento, una forma inimitable de ser y sobre todo, una ética”).

Fogwill, un retrato coral no omite los aspectos escabrosos de la personalidad no solo pública del escritor (cierta misoginia, su adicción a la cocaína, sus contradicciones en torno al dinero, la cárcel por la que pasó a comienzos de la década de 1980, la ambigüedad de su relación con las multinacionales, sus provocaciones antisemitas, sus peleas), pero presenta lagunas: aquí no se dice nada acerca de su infancia y adolescencia, no hay testimonios de sus mujeres y sus hijos, no se establece por qué razón estuvo en la cárcel, se omite su coqueteo con los militares nacionalistas que se alzaron contra el gobierno democrático en 1987, faltan voces (a favor y en contra de Fogwill, poco importa) y el relato de su famosa visita a Montevideo pocos días antes de su muerte se centra casi exclusivamente en un único testimonio no particularmente inteligente, pero este libro de Patricio Zunini (escrito, como su autor indica, “sin la pretensión universalista de la biografía ni la ligereza del anecdotario” para “dar cuenta de cómo la memoria colectiva recuerda (construye) a uno de los escritores argentinos más relevantes de los últimos treinta años”) es un libro importante, incluso para aquellos que no conozcan aún a Fogwill.

“Esto es el final. No va más”, recuerda el poeta Arturo Carrera que decía Fogwill al regresar de Montevideo. La publicación de esta “memoria coral”, la reciente recuperación de la novela Nuestro modo de vida y la aparición a lo largo de estos testimonios de títulos de obras que permanecen inéditas (“Memoria romana”, “La clase”, “Los Estados Unidos”) hacen pensar lo contrario: que no estamos al final de la lectura de Fogwill sino al comienzo de otro de sus muchos comienzos, y esta es una buena razón para celebrar. ~