No asistí a su entierro, escribí un ensayo aprobándolo | Letras Libres
artículo no publicado

No asistí a su entierro, escribí un ensayo aprobándolo

Luis Goytisolo

Naturaleza de la novela

41º Premio Anagrama de Ensayo. Barcelona, Anagrama, 2013, 200 pp.

Soporífero: la endogamia académica de teorías sobre teorías de la novela. Infructuoso: corear que se recicla su muerte. Ingenuo: defender una forma que nunca ha necesitado valedores. Irónico: hablar de su vida e innovación cuando resucita sin ayuda. Tedioso: debatir si un practicante tiene más derecho que un crítico para hablar de estos asuntos. Luis Goytisolo (Barcelona, 1935) tenía a la mano esas porfías para Naturaleza de la novela, y sus avances “La novela del siglo XX y el porvenir del género” (1991) y “La novela que no fue” (2001). Además, desde Recuento (1973), publicada en México para sortear la censura franquista, hasta Teoría del conocimiento (1981), último volumen de la tetralogía Antagonía, se ocupó por décadas de esa novela de proporciones y temas épicos.

Varios desarrollos recientes lo conducen a este ensayo, aunque supedita a novelistas y críticos de la segunda mitad del siglo XX en adelante (Bernhard, Sebald y Tom Wolfe hacen actos de presencia), y amontona a los iberoamericanos con figuras relevantes no nombradas que “no tardan en diluirse”, porque a la sazón “en España la narrativa experimenta un fuerte movimiento renovador, al igual que en Latinoamérica a partir de Borges, de Juan Rulfo... Pero son muchos los autores momentáneamente acogidos con entusiasmo a los que el mencionado filtro del tiempo deja en la cuneta a los pocos años”. Si con el tiempo casi cualquier novela parece ingenua, no hay nada tenue en Goytisolo, se nota su esfuerzo por hilar sus capítulos, y el “Epílogo” es un valiente arranque por justificar lo que cree ser el destino del género. Para él la verdad novelesca se caracteriza “por ser más certera que la científica o la filosófica”, e irrefutable en su concreción.

Pero hay realidades o contextos que no considera, entre ellos que la edad, experiencia o generación del intérprete tienen poco que ver con las ideas sobre la forma o cómo esclarecer su esencia. Expresarse en torno a la novela sigue siendo difícil para varios McOnditos, crackeados, posbolañitos, nocillos y “milenios”; y para el Novelista/Crítico Gruñón que emite quejas cansinas. Estos desdeñan la paradoja que la novela pone en la palestra aun al novelista conocido por desconocido. Por naturaleza la novela es polémica, y más aún las querellas históricas en torno a ella. Goytisolo obvia esas discusiones, no hay periodismo de móvil en sus sentencias, y es indebido pedirle un “estado de la cuestión”. Su renuencia es otra, pero si se habla de la índole de una forma se espera más que alusiones a sus componentes.

Goytisolo prescinde de esas expectativas y formalismos y se concentra en una cronología convencional: el capítulo i trata el gran palimpsesto grecolatino, el II el medievo, el III el Renacimiento; el iv, cuando comienza a despegar Naturaleza de la novela, los giros decimonónicos; y el v el siglo XX, en que establece su pátina, postulando frontalmente que en ese siglo “la novela alcanzará su punto culminante y también, como se verá, el inicio de su declive”. Si no hay que exigir tecnicismos, no son sostenibles varias analogías o aserciones archiconocidas o repetitivas. Así vale cotejar sus afirmaciones con el optimismo respecto al género de varios narradores españoles (El Mundo), una apurada encuesta de autores iberoamericanos (El País) que muestran no haberle leído, o con el consenso básicamente negativo de otras reseñas que exhiben prejuicios de base.

La definición genérica del capítulo i, basada en la cercanía/lejanía al relato bíblico, es figurativa, y creer que no puede ser desvinculada del entorno social conduce a perder las conexiones entre nociones antiguas y la actualidad. El II postula que la oralidad medieval indica pobreza expresiva, porque “el hilo argumental suele consistir en una retahíla de incoherencias y reacciones disparatadas, plagada de combates y prodigios cuyas motivaciones cuesta aceptar”. Si el III correctamente fija la centralidad del Quijote y del ensayismo de Montaigne respecto al papel del lector, el salto al teatro de Shakespeare no surge de una conexión con el pensamiento libre que exalta la primera parte del capítulo. El iv destaca el europeísmo del género, con Goethe, Stendhal, Balzac, Flaubert, Dickens y Tolstói como principales partidarios del antirromanticismo que pretende que el lector se identifique con lo narrado, aunque cuesta creer que el éxito y el valor universal de James y Melville yacen en que huyen de lo genuinamente “americano”.

Se recordará, por infelicidad terminológica, su división entre novelistas “bíblicos” y “evangélicos”, premisa desarrollada en el extenso capítulo v. Repetitivo, es más una defensa que una visión puramente nihilista del futuro del género, cuya última perfección yace según él en Proust y Joyce. Pero Gide brilla por su ausencia junto a Kundera y David Lodge, por no decir nada del occidentalísimo Vargas Llosa, abastecedores prácticos y críticos del género. Es más, hay biblias laicas como Rayuela y Los detectives salvajes, que mucho tienen que ver con el desarrollo de la pintura o la arquitectura que sirven de paralelo para el desarrollo de la tradición en que cree Goytisolo (“en lugar de forma, prefiero hablar de estructura, estilo y tono”).

Si uno comienza a quejarse de la falta de originalidad en torno al tema, ¿cuándo se deja de hacerlo? Goytisolo es más un artesano que un visionario, dedicación necesaria en una era de ambiciones desmesuradas. Hay que darle la razón cuando afirma que la mezcla de novela experimental y antinovela “pese a ir acompañada de un similar despliegue teórico justificativo”, tuvo un paso efímero. Diferente de lo que dicen sus detractores, no arremete contra los best sellers, más bien, los pone en perspectiva junto a los soportes audiovisuales, con cierta queja elitista, por propiciar “una infantilización del gusto” y bastardear los mitos fundacionales.

Goytisolo no despotrica contra nadie, no se rebela contra estereotipos ni escribe indignado; no hay hitos cínicos ni subversión de valores. Si su fuerza directriz es relativamente formal, en consecuencia no es rebelde como es y exige la novela. Escribe como si su sustancia y plantilla hubieran llegado a su fin, en vez de perpetuarse. La novela es totémica porque puede ser a la vez especial y tan ordinaria. Uno se queda con la sensación de que los juegos artificiales de Goytisolo explotaron antes de que tuviera tiempo de no quemarse. ~