Netherland. El club de críquet de Nueva York, de Joseph O’Neill | Letras Libres
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Netherland. El club de críquet de Nueva York, de Joseph O’Neill

De tanto en tanto ocurre y está muy bien que así sea: no es un local sino un visitante quien se arriesga a salir a jugar al campo de la Gran Novela Americana.

Y gana el partido.

Y, enseguida, se comprende que la Gran Novela Americana no es otra cosa que un conjunto de Pequeñas Grandes Novelas Americanas funcionando como capítulos más o menos interconectados entre sí pero practicando un mismo deporte: contar una buena historia que tenga que ver con el sueño de todo un país evocado desde el insomnio de un individuo que, de pronto, se siente parte de ese sueño tan fácil de mutar a pesadilla.

Ahora es el turno de Joseph O’Neill (descendiente de turcos y nacido en Irlanda, en 1964) quien también es abogado Made in Cambridge, creció en Holanda y –como el “héroe” de Netherland, su tercera novela, galardonada con el prestigioso PEN/Faulkner Award– residió alguna vez en el legendario Chelsea Hotel de Manhattan y juega al críquet siempre que tiene un rato libre.

Ahora es el turno de un libro de factura limpia y clásica que se ubica sin ningún problema dentro de una noble tradición. Aquí está la tristeza de Richard Yates, la voluntad epifánica y doméstica de J. D. Salinger, la mirada del eterno outsider de John Cheever y el lirismo para el detalle de John Updike pero –por encima de todos ellos– está la voluntad de cronista generacional de Francis Scott Fitzgerald y, específicamente, el vivísimo espectro de una novela inmortal: El Gran Gatsby.

Porque en Netherland volvemos a encontrarnos con un testigo narrador –el analista financiero holandés Hans van den Broek– quien es arrastrado hacia una nueva vida por un tal Chuck Ramkisson. Chuck –nacido en Trinidad Tobago– es el Gatsby del asunto: un entrepeneur del tipo larger than life que no sueña con la luz verde del mafioso fashionista de Fitzgerald sino con el césped verde de un campo de críquet. Chuck tiene una ambición y esa ambición pasa por hacer que los neoyorquinos sucumban a los encantos de un deporte extranjero, minoritario, jugado casi en secreto por sectas de caribeños e indios más algunos nativos en un parque de Brooklyn pero que, piensa, puede sacar a los Estados Unidos del aterrorizado letargo en el que ha caído luego de que cayeran las torres el 11 de septiembre del 2001 (es especialmente encomiable la finura con la que O’Neill narra esos días sin caer nunca en la obviedad y optando por un perfil sutil donde se comprende y se siente plenamente el modo en que una catástrofe afecta a una metrópoli desde el penthouse hasta las alcantarillas).

Es una empresa ambiciosa la de Chuck pero –es un comienzo– ha conseguido seducir al casi sonámbulo Hans abandonado por su esposa, pasando por una mala racha en los negocios y fácilmente arrastrado por el eufórico vendaval de Chuck quien, enseguida, lo convierte en chofer y en confidente y en cronista de su leyenda destinada, lo sabemos desde las primeras páginas, a un final trágico y violento.

Netherland –a la que Barack Obama señaló como una de sus recientes lecturas– fue, también, motivo de una polémica entre el crítico James Wood y la novelista Zadie Smith. El primero alabó su elegancia y su pericia estructural, la segunda admitió su calidad pero la calificó de ficción demasiado segura de sí misma y de muy tradicional en su forma.

En mi opinión, Netherland –escrita a lo largo de siete años e inicialmente rechazada por varios agentes y por casi todas las editoriales porque su tema era demasiado “exótico” hasta caer en manos del legendario Sonny Mehta, amante del críquet– no es una cosa ni la otra y es ambas al mismo tiempo: una trama sensible y sentida envuelta en un clasicismo que no es otra cosa que la perfecta revisión de la eternamente moderna mirada con la que Joseph “El secreto de Joe Gould” Mitchell se las arregló para caminar y capturar la esencia de toda una ciudad y de quienes la habitan, la disfrutan y la sufren cuando, como Hans, tienen que hacer trámites en la Dirección General de Tráfico.

Esta pericia para atrapar un momento y un lugar –también presente en los thrillers urbanos de Colin Harrison– es lo que distingue a un libro plantado y erigido en base a una sucesión de inmensos pequeños momentos y en el que el lector, como Hans, se deja llevar por el sólo placer de saberse en buenas manos. Y no es que el proletario Chuck –el acomodado Hans no demora en descubrirlo– sea alguien a quien entregarse sin dudarlo; pero cómo resistirse cuando te llama para que te unas a su equipo. Chuck –quien regenta un restaurante de sushi, ha organizado una lotería privada y ajusta detalles para infectar a todos con el virus del críquet– tiene el empuje contagioso de ciertos torrenciales pícaros de Saul Bellow pero con la prosa precisa y controlada de V. S. Naipaul. Chuck puede pasar sin problemas de una turbia conversación telefónica con individuos peligrosos a emocionarse evocando al ave patria de su país adoptivo: “Yo amo al pájaro nacional. La noble águila cabeciblanca representa al espíritu de libertad, al vivir como lo hace en el ilimitado espacio del cielo”. Después, enseguida, Chuck recita una larga lista de cifras, plazos, objetivos. Y Hans –entre la depresión de sus días y la euforia de las noches de Chuck– lo escucha, consciente de que “dada la clase de relato a que parece prestarse esta etapa de mi vida, es de rigor recurrir a la trillada imagen de tocar fondo: en lo más hondo de una desgracia, cuando se está hundido en la mierda, el sufriente no tiene más camino que ir hacia lo alto, a un sitio que huela mejor. Por supuesto, comparada con infortunios objetivos, ‘La adversidad de Hans van den Broek’, como podría titularse esta historia, es más bien poca cosa. Pero también es cierto que el suelo se me aparecía como el fondo del océano. Sumido en la negrura, no llegué a darme cuenta de que me encontraba apenas a una braza bajo la superficie, y, por lo que he oído, una braza es la distancia que se abarca con los brazos extendidos”.

Al final, Chuck Ramkisson (como Jay Gatsby) es arrastrado hacia las profundidades sin retorno por el peso de sus quimeras y Hans van den Broeck (como Nick Carraway) sale a flote y vive para contarlas y recordarlas.

A nosotros –está mucho más cerca de lo que parece– nos corresponde extender los brazos y alcanzar Netherland y descubrir cómo una pequeña gran novela sobre el críquet puede ser, también, un libro sobre nuestras vidas y nuestros sueños en los que, al otro lado del lago, parpadea siempre esa luz verde que seguramente nunca alcanzaremos pero que –para bien o para mal, siempre remando en este old unknown world”, contra la corriente, entre el pasado y aquel orgiastic future”– jamás dejaremos de ver, como si la leyéramos, con nuestros ojos bien abiertos. ~