Naturaleza infiel, de Cristina Grande | Letras Libres
artículo no publicado

Naturaleza infiel, de Cristina Grande

 

Renata, la narradora de Naturaleza infiel, la primera novela de Cristina Grande (Huesca, 1962), es una mujer de pocas palabras. La historia que cuenta llega apenas a las ciento cuarenta páginas; sus capítulos fluctúan entre las dos y tres páginas, y tienen títulos, lo que les da un aire de microficciones. La novela puede entenderse como una sumatoria de relatos. “La ruptura, la fragmentación, la discontinuidad, la venta de propiedades y la muerte son los mayores pecados”, dice Renata. En la novela, sin embargo, la poética de los fragmentos es una virtud, pues son éstos los que construyen el mundo complejo, lleno de ambivalencia moral y resonancias inquietantes, de una familia española durante los años setenta y ochenta.

Renata puede no ser muy retórica, pero sí es elocuente. En el primer capítulo sitúa a los personajes principales de su historia: la madre y el padre, la hermana gemela, el hermano menor. En ese capítulo, se nos dice de un hecho fundamental: la muerte del padre, “de un infarto o algo parecido”. Hay un antes y un después de esa muerte, pero esto sólo puede saberse con la perspectiva de los años: una vez que el período ha sido superado, Renata descubre que “han sido los peores años de nuestra vida”. Naturaleza infiel es el relato de esos “peores años”. No hay grandilocuencia, tampoco la mitificación del pasado o el condolerse del drama o la tragedia. Simplemente, se trata de dejar que los hechos hablen por sí mismos. Por supuesto, para que eso ocurra se necesita talento para escoger los hechos, los detalles que darán cuenta de todo un universo:

El estante más alto era el de mi padre. Sus pares seguían allí bien aparcados, con el morro hacia adentro. En todos ellos el tacón del zapato izquierdo estaba mucho más desgastado que el derecho… era fácil reconocer sus pisadas porque, siendo una más débil que la otra, se asemejaban al sonido cardiaco de sístole y diástole. Era como si caminara con el corazón.

Cristina Grande es capaz de hacer lo que pocos escritores que escriben en castellano hacen: dejar que las elipsis, los silencios, lo implícito, digan más, mucho más que las palabras. Cuenta lo que se ve, pero importa más lo que no se ve. Así, nos vamos enterando del paso de la provincia a la capital; de hechos históricos importantes que jalonan la vida íntima de los personajes (Renata pierde la virginidad un 23-f); de cómo, a la muerte del padre, la madre decide no volver a casarse, y las hermanas se entregan a diferentes adicciones: Renata, al sexo casual con desconocidos; María, a las drogas (que la llevan a un centro de rehabilitación y a un final nada feliz). Este desenfreno tiene su sentido, al menos para Renata. Los hombres con los que se acuesta suelen ser mayores: “Creía que resucitaba a mi padre con cada cuarentón borracho que me ligaba alguna que otra noche”. Aunque Jorge, el novio del que ella ha estado más enamorada, la deja debido a su “naturaleza infiel”, lo cierto es que Renata es más bien muy fiel a su naturaleza: lo que ocurre es que lo que ella persigue escapa a la comprensión de Jorge (y también de Renata, por lo menos mientras lo vive; la escritura de la experiencia será el momento de la lucidez).

En la novela asistimos a la expansión progresiva de un mundo. La España franquista da paso a la España de la transición. El país se moderniza, y los medios dan cuenta de ello. La familia de Renata es de las primeras del pueblo en tener televisión en casa. La Philips de madera cede su lugar a la Vanguard de formica, “en la que vimos la llegada del hombre a la luna”. Luego aparece una Grundig en color. Un día, un primo llega a casa con el CD de Madame Butterfly, “el primer CD que vimos”. De todos los medios y tecnologías que aparecen en Naturaleza infiel, el más importante es la fotografía, pues no sólo identifica al padre, fotógrafo compulsivo, sino que puede entenderse como una metáfora de la forma que toma la novela: un álbum de fotografías en el que no vemos todo; debemos, a partir de unos fragmentos, de unas cuantas fotos, armar la historia. Más interesante aún: aquí también importan las fotos no tomadas. Renata dice que a veces no lleva la máquina fotográfica “para no perpetuar unos recuerdos que con el tiempo nos empeñaríamos en borrar infructuosamente”. La novela se construye, entonces, sobre fragmentos (las fotos que se tomaron) y ausencias (las fotos no tomadas).

¿Algo que se le pueda reprochar a Cristina Grande? Ciertas frases de efecto: “Yo sólo creía en el café por las mañanas y en el amor por las noches”; “la verdad es que mientras ella se metía picos en el brazo yo metía hombres entre mis piernas”. Estas frases chirrían dentro de una prosa tan poco dada a llamar la atención sobre sí misma. Por lo demás, Naturaleza infiel es una muy buena primera novela. ~