Mucho aserrín y muy poca madera | Letras Libres
artículo no publicado

Mucho aserrín y muy poca madera

En materia de panegíricos de políticos contemporáneos tengo poca experiencia. No suelo leer este subgénero tan poco atractivo y, por lo demás, el elogio de las figuras que la aburridísima política democrático-representativa española convierte en personajes populares suele ser un ejercicio redundante. Sobre todo en este caso, puesto que este encomio de Rodríguez Zapatero ha aparecido en plena campaña preelectoral y es, por lo tanto, sospechoso de incurrir en alguna forma de proselitismo encubierto. El panegírico de un político es redundante porque lo cierto es que estas figuras ya suelen ser halagadas por los medios de comunicación, al menos durante el lapso relativamente breve en que gozan de notoriedad e influencia. Cada tanto los principales periódicos les dedican tediosas entrevistas donde responden con frases más o menos crípticas, salpicadas de eslóganes y generalidades. En ellas rara vez se lee algo provechoso acerca de sus respectivos programas y en cambio despliegan un muy estudiado arte del eufemismo que les sirve para insinuar o sugerir –nunca para revelar– sus intenciones y sus pasos futuros. Lo mismo que en este panegírico, en dichas entrevistas se sigue la regla implícita de que, cuanto más transparente es una sociedad, menos significativa o interesante resulta la comunicación que los agentes sociales y políticos hacen circular por los medios.

Nunca entenderé qué sentido tiene hacer declaraciones amagadas o contestar preguntas que han sido previamente pactadas o que, a renglón seguido, las respuestas sean peinadas por los inevitables asesores de imagen del entrevistado, pero algo me dice que esta forma de estupidez es una garantía de libertad que hay que defender a toda costa, aunque sólo sirva para dar ejemplo a través de un gesto mediático. En efecto, en las sociedades totalitarias la alternativa a la comunicación manipulada es el ominoso silencio del poder, que siempre sirve para dar cobertura a la ineficacia y la impunidad de la dictadura de turno.

En cualquier caso, lo mismo que estas entrevistas que no son tales, los libros dedicados a ensalzar a los políticos suelen ser unos bodrios insoportables, tanto si se trata de figuras históricas o de políticos en activo. No pudo García Márquez con la figura de Bolívar: recuérdese cómo sucumbía al aura del prócer en aquella semblanza que escribió acerca del Bolívar anciano: pensaba que escaparía a la figura inmensa del Libertador describiendo su decrepitud y su decadencia y, al final, acabó por escribir un manual de lectura de escuela primaria. Tampoco consiguió Graham Greene sacar partido del desaparecido caudillo panameño Torrijos, pese a que Bolívar y Torrijos, cada uno por sus valores propios, son figuras bastante más pintorescas que Rodríguez Zapatero o que cualquiera de nuestros burócratas europeos. Y sus respectivos autores, por cierto, bastante más avezados, desde un punto de vista literario –o, mejor dicho, periodístico– que Suso de Toro, quien se erige aquí en amanuense oficial del PSOE.

Por otra parte, ¿para qué sirven estos libros si las intenciones y los gestos de estas figuras ya son auscultados hasta la exasperación por un número indeterminado de escribas, columnistas políticos y contertulios radiotelevisivos que, semana tras semana, se ganan la vida interpretando cada matiz, cada ademán o palabra y cada antecedente o intervención de estas y otras figuras del escenario político español y europeo? Se supone que para revelar el lado oculto del individuo en cuestión, su intimidad o su fibra más profunda o inédita, pero ¿cabe pensar que José Luis Rodríguez Zapatero consentiría exponerse a calzón quitado en un libro tres meses antes de unas elecciones generales? ¿O que un libro que sólo se apoya en las opiniones de sus incondicionales pueda aspirar a representarlo con objetividad? Con toda franqueza, la operación detrás de este montaje, o revela un adocenamiento inexplicable o bien es de una insólita mala fe.

Aún más inexplicable es que se haga como que se va a revelar el lado oculto de un personaje que, por otra parte, no parece tener nada que ocultar por la sencilla razón de que, como una máscara sin rostro, no tiene perfil definido. Y resulta harto curioso que justamente el rasgo más atractivo y hasta inquietante de la figura de Rodríguez Zapatero, su aire como de apacible incógnita de ojos azules que combina tan bien con una estatura espigada y sobresaliente y ese tono de pasivo-agresivo que tanto irrita a los conservadores españoles (porque suele acompañar, con voz bien temperada, un cúmulo de observaciones y medidas tópicas de la izquierda más convencional) quiera convertirse aquí en una revelación y dotarse de un contenido, cuando lo cierto es que detrás de ZP no hay nada; o, en todo caso, pura estrategia de coyuntura y oportunismo, ninguna consistencia y, en el fondo, nada que revelar. Así pues este libro tan sólo consigue despejar la incógnita justamente por donde no debería, ya que traza la semblanza de un burócrata de provincias cuya cualidad más significativa es, en opinión de sus incondicionales, el optimismo a toda prueba y una ambición que, más que mostrar falta de escrúpulos, se alimenta de su propia inercia y obstinación.

Apoyándose en un conjunto de transcripciones de entrevistas a Rodríguez Zapatero y a sus incondicionales (Chacón, Jiménez, Blanco, de la Vega, su hermano Juan, etc.), De Toro compila sin orden ni concierto y con una mínima estructura temática opiniones registradas al vuelo en grabaciones magnetofónicas y, por consiguiente, plagadas de coloquialismos, banalidades y repeticiones. El asombrado lector espera que comparezcan las razones políticas o los argumentos históricos o ideológicos, pero todo lo que se le ofrece son chismes de pequeño círculo, banalidades de café y comidillas de partido. Se invoca una y otra vez a la esposa del presidente Rodríguez Zapatero, pero las opiniones de ella, lo mismo que las de Felipe González, no están citadas.

No se trae a colación el juicio de los adversarios de ZP y ni siquiera se revelan las diferencias que separan su posición de otras líneas internas del PSOE. Su propia proyección a la primera línea del socialismo español es descrita como un recambio generacional –esa inveterada costumbre española de interpretarlo todo en términos de generaciones– sin consignar una filiación ideológica precisa, ni atribuir al personaje una estirpe intelectual o técnica o alguna identificación política de relieve que sirva para desentrañar su perfil. Al final, uno tiene que reconocer lo que es obvio: si De Toro no da cuenta de ellas es que ZP no las tiene.

En lugar de ello, se apuntan algunos detalles de su pasado que, por cierto, apenas merece la pena mencionar porque, según parece, Rodríguez Zapatero ha sido un hijo intachable y un aplicado estudiante de leyes, hombre de una sola novia y una sola esposa y defensor acérrimo del matrimonio único. De sus referencias familiares, fuera de las perogrulladas que cabe imaginar en la vida de cualquier familia española de provincias, lo único significativo es que –vaya, por Dios, qué deshonra– tuvo un tío que era un egoísta.

No tiene nada de malo ser un hombre sin atributos, un nowhere man, lo malo es pretender que se puede “construir un liderazgo” a partir de semejante carencia y, por cierto, la abominable noción de “liderazgo” que suelen repetir los cuadros salidos de las escuelas de negocios y el significante “la gente”, ese indeterminado y descafeinado concepto que borra las diferencias identitarias, las etnias históricas españolas y las clases, son algunas de las fórmulas más citadas en este libro, lo que revela la insipidez del discurso del socialismo español contemporáneo.

Socialista desde la adolescencia, Rodríguez Zapatero declara que su indefinida vocación política se despertó tras el fusilamiento de un abuelo republicano durante la Guerra Civil, obra de los nacionales; y se desarrolló como una vaga práctica como abogado laboralista. No se aportan mayores detalles de su militancia, lo que sumado a la escasez de antecedentes da a entender que ZP ha sido un típico burócrata del aparato del partido en León, de donde procede. El libro rinde el consabido tributo a la figura de Felipe González, cuenta que Zapatero habló con González (oh, qué proeza) en ésta o en aquella ocasión, pero no explica de qué habló y, por lo demás, no incluye ningún testimonio de González acerca del propio Zapatero. Todo es tan insulso y decepcionante que, llegado un momento, el desconcertado lector se pregunta a quién pensaba dirigir este engendro Suso de Toro. Hasta el título es irrisorio: “madera de zapatero”. Pero si aquí solo hay aserrín...

Aún más deprimente es el testimonio de sus incondicionales. Como ya dije, el rasgo “político” más sobresaliente del presidente Rodríguez Zapatero es su optimismo a toda prueba y su obstinación en alcanzar la secretaría general del partido y, eventualmente, la presidencia del gobierno. De hecho, se afirma que ese optimismo irredento (expresado en un muy citado motto: “compañeros, no estamos tan mal…”) le supuso llegar a la secretaría general y, a la postre, al poder. Ni que decir tiene que esta interpretación, además de ser poco aconsejable para un político, es rematadamente boba, porque pareciera proponer que para conseguir un objetivo en materia de política, basta con ponerse pesado. Ninguna filiación reconocible pues, en lineamientos que, tal como son expuestos aquí, resultan igualmente vagos e imprecisos. Peor aún, por lo que se deduce de las entrevistas, el socialismo español contemporáneo no es más que una maquinaria programada con fines puramente electoralistas: todo consiste en revertir una encuesta desfavorable en la contienda con el Partido Popular o en la definición de una diferencia, también electoral, dentro del partido. Los entrevistados razonan, por momentos, como los directivos de un club de fútbol y su lógica competitiva no va mas allá del contraste de los argumentos que se suelen espetar recíprocamente el Real Madrid y el F. C. Barcelona: unos pronunciando la versión opuesta de los otros, tal como se ha mostrado en la tediosa confrontación que los socialistas han llevado con los conservadores durante la última legislatura. La explicación de medidas muy contestadas, como la Ley de la Memoria Histórica, la de Igualdad de Géneros y el matrimonio homosexual o la frustrada negociación con ETA repite los argumentos desplegados desde el gobierno y la salmodia acostumbrada: tolerancia, talante negociador, España plural, apertura, más la consabida interpretación de la resistencia del Partido Popular como una “campaña de crispación”, lo que da la idea de que, para estos funcionarios, la lid política es un incordio; y la definición de un modelo plausible para Europa y para España la repetición de un puñado de eslóganes.

Puede que la absoluta falta de carisma y la transformación de la política en una actividad aburrida traducida a metáforas intrascendentes sea la condición necesaria para que la administración del Estado escape a la tentación de promover la lucha fratricida o las aventuras mesiánicas totalitarias, pero está claro que esta insipidez de izquierda sólo conduce a la abstención electoral, lo que fatalmente lleva a las cúpulas del socialismo español a salir en busca de votos con gestos demagógicos y guiños cómplices dirigidos a la periferia separatista; en suma, una deriva peligrosa que nada contribuye a los intereses de los votantes socialistas y menos aún a una nueva definición de la izquierda en la España democrática. Porque –ni falta hace decirlo– la derecha española es cualquier cosa menos insípida y, como España se encamina inexorablemente a consolidar su prosperidad, ya sabemos a dónde irán a parar, tarde o temprano, los votos de los electores. ~