Mathias Énard: adiós a los prejuicios orientales | Letras Libres
artículo no publicado

Mathias Énard: adiós a los prejuicios orientales

El premio Goncourt de este año fue para Matias Énard, un novelista que se ha propuesto centrar su enfoque en la literatura, el humanismo y el diálogo entre los pueblos. 

Hace casi un año un atentado en la redacción de la revista Charlie Hebdó provocó la muerte de doce personas mientras que otras once resultaron heridas. El mundo se estremeció y pronto surgieron voces islamófobas que chocaban con los gritos de una ciudadanía que asumía el eslogan ‘Je suis Charlie’. Volvían a aparecer los prejuicios europeos hacia el mundo árabe y, sobre todo, hacia el Islam. Francia, con una alta tasa de población procedente de estos países se convertía en el foco de eso que algunos intelectuales llamaron ‘choque de civilizaciones’.  Sólo diez meses después es curioso el premio Goncourt, el más prestigioso de las letras francesas, haya ido a parar a una novela, Boussade (Brújula, en español), que intenta destruir los prejuicios orientales que tiene Europa a través del viaje de un musicólogo austriaco por Estambul, Teherán, Damasco y Alepo. Y para un autor, Mathias Énard (Niort, 1972), que con su narrativa, desde Zona a La calle de los ladrones, se ha propuesto no insuflar más la llama y centrar la cultura oriental en el arte y la literatura, el humanismo y el diálogo entre los pueblos. Como él mismo relató en una entrevista en 2013, “en el mundo árabe ha habido un humanismo en el sentido de poner lo humano en el centro de las preocupaciones de la gente. Y en esto hay muchos intelectuales y artistas. Lo que ocurre es que lo vemos de una forma distinta porque el diálogo entre las dos orillas del Mediterráneo no siempre es fácil. Sobre todo por nuestra parte”..

Énard, francés, pero con fuertes lazos españoles ya que vivió durante más de una década en Barcelona y fue editor de revistas literarias como Quimera y Lateral, siempre se ha sentido cercano a las culturas orientales. No sólo porque se pusieran de moda en los medios de comunicación por la parte más dramática. Estudió Lenguas Orientales, árabe y farsi, y se especializó en Arte Islámico. Y se dedicó a viajar, de donde ha extraído gran parte de la documentación para su narrativa.

La calle de los ladrones es uno de esos exponentes. La historia transcurre en el barrio del Raval de Barcelona pero también en el Tánger de 2011, casi al mismo tiempo que se estaba produciendo la Primavera Árabe. Todo lo que ocurre entre las páginas sucedía en directo en las calles, si bien en Marruecos aquellas revueltas no tuvieron el eco que en otros países. Sin embargo, este interés por estar ahí y contarlo ya dice algo de su narrativa: aspira a la verdad, al ensayo y casi al periodismo. No a la reflexión que luego puede quedarse en mera boutade.

Con el inicio de las revueltas en los países árabes estuvo pegado a la radio, ha admitido en alguna ocasión. Conoce bien Túnez y Egipto. Y defendió aquellos conatos que para él eran de libertad sin caer en la ingenuidad. Reconoce el islamismo radical, los brutales atentados y lo que ha ocurrido después en muchos de estos países, como Siria a cuya población a dedicado la novela ganadora del Goncourt. Los islamistas radicales “serían el equivalente a la extrema derecha, y son muy difíciles de controlar. No sé sabe qué van a hacer. Y son muy violentos”, decía poco después de las revueltas. Pero también lanza un alegato por la moderación: “Los islamistas ahora son la plaga del mundo árabe. Pero hay partidos islamistas que son moderados y pueden funcionar bien”.

Además de política, sus novelas rezuman pasión por el arte y la literatura. De hecho, en Habladles de batallas, reinos y elefantes, en la que realizaba un recorrido por el arte del Renacimiento, abogaba por la literatura como herramienta para el diálogo entre pueblos enfrentados. Como un motor para descabalar prejuicios y mover aquellas ideas que anquilosamos en nuestra mente y que creemos indestructibles. 

Al fin y al cabo, esta es para él la verdadera función del intelectual comprometido en el siglo XXI. Ofrecer puntos de vista diferentes. O lo que es lo mismo: sacar al lector de la zona de confort, si nos ceñimos a los términos de la autoayuda. Como él mismo ha dicho en entrevistas, “¿qué ocurría en el siglo XX? El papel del intelectual era dar un mensaje muy claro, casi con un bastón, y en cambio, ahora, con la diversidad de medios que hay, las formas de relacionarse con el mundo, que son muy distintas, lo que hay que hacer es dar qué pensar y reflexionar. Ofrecer ideas distintas y puntos de vista diversos. Ese debe ser también el papel de la novela ahora”.Y por todo ello, Enard no es de los escritores que busca hacer proselitismo. Rechaza el panfleto literario y a la vez la grandilocuencia. Huye de la solemnidad y en sus novelas también juguetea con los géneros más populares como la novela negra y la novela social, a las que tiene en el podio de la literatura y agradece que hayan recobrado el prestigio que tuvieron hace varias décadas. Así sucedía en ‘La calle de los ladrones’. En la ganadora del Goncourt, ‘Boussole’ también abraza el género y se deja llevar por la literatura de viajes en la que se entrevé la voz de grandes escritores viajeros como fueron Bruce Chatwin o Paul Bowles. Este premio será publicado en 2016 en español por Penguin Random House. 

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