Maruyme, de Manuel Serrat Crespo | Letras Libres
artículo no publicado

Maruyme, de Manuel Serrat Crespo

Aunque no es un autor prolijo ni mediático, es sobradamente conocido el trabajo de Manuel Serrat Crespo como divulgador de la cultura de países del área francófona, gracias a sus traducciones y textos propios como Abidjan (1990) y Gbeme-Ho, Kutome-Ho (Palabras de vida y palabras de muerte en el antiguo Dahomey, 2001). También se sabe que, en busca de una voz personal y transgresora, que mucho debe a Los cantos de Maldoror, tiempo ha se introdujo en los vericuetos de la novela y el teatro en Autopsia 69 (1969), El caníbal (1973), Anna o la venganza (1988) y La controversia de Valladolid, todavía sin publicar. Sin embargo, poco se sabía de sus afinidades con ese poeta japonés que le ha suplantado la personalidad en su última obra, Maruyme. Diario de viaje. Y no es porque este confeso romántico antiilustrado, que aboga por el culto a la palabra poética y la insurrección romántica, no haya llamado la atención sobre Maruyme, el poeta de los "ojos redondos". Ora rememorando sus haikús y observaciones literarias, en la terraza de un bar en una ciudad del África subsahariana, ora utilizando algunas de sus reflexiones como epígrafe en la introducción a su traducción (1998) de Los cantos de Maldoror.
     No es preciso leer la introducción de Manuel Serrat Crespo a Maruyme. Diario de viaje para gozar del placer que dispensa ese texto dentro del texto que, emulando las Sendas de Oku (Oku no Hosomichi), del poeta Basho (1644-1694), es el diario de Maruyme Sendas a los adentros (Naka no Hosomichi), pero acudir a ella procura al lector no pocas incertidumbres. Porque en esta parodia culta de las ediciones críticas de los autores clásicos, Manuel Serrat mezcla referencias reales, como la existencia de la escuela de Basho, con otras que son completamente inventadas; amén de incorporar comentarios ("¿Y el pueblo? ¿Y la gente humilde? ¿Y los campesinos?... Naderías, la historia sólo se ocupa de cosas serias") que, no siendo habituales en este tipo de ediciones, intensifican el elemento humorístico de la obra.
     Por la introducción se sabe que Maruyme es hijo de Garusia Kiristobaru, un noble guerrero que había sido sacerdote jesuita, y de su concubina Sakura Tauyu, antiguamente cortesana de Yoshiwara. También tenemos noticia de la esmerada educación que le proporcionaron a Maruyme su madre y unos monjes budistas. De su abandono del monasterio, de sus visitas al "mundo flotante" y de su enamoramiento de una muchacha llamada Zeewema, cuyos amores y pasiones conformaron la estructura de un conjunto de narraciones titulado Cuentos de la luciérnaga. De la llegada de Maruyme a la comunidad poéticomística que se había formado alrededor del poeta Basho a orillas del río Sumida. Y de la controversia entre el poeta de los "ojos redondos" y Sora, uno de los discípulos de Basho, que en un haikú lo acusa de ceguera. Y, por último, gracias, entre otras ambigüedades, a la inadecuación cronológica de detalles como el de las fechas en que el poeta permanece en la comunidad de Basho, el lector adivinará que Maruyme constituye un alter ego de Manuel Serrat Crespo, una invención, un personaje que, distanciándose de su maestro Basho, a través del deseo va en busca de la poesía pura y original, del Verbo sin mediaciones.
     Con la huella en el pecho de la conversación que mantuvo con Basho, Maruyme se dispone a seguir el camino de su maestro y recorrer —"por él y por mí"— los caminos del deseo. No busca nada y no se deja llevar por el camino sino por los cuerpos de las mujeres que encuentra en él. Se sirve del diario para registrar no tanto lo que le sucede cuanto las circunstancias que le sirven para destilar esos instantes de poesía que son los haikús. La mezcla de citas verdaderas (de Confucio, del propio Basho o del poeta chino Zhuang Zhou) con citas inventadas sirve para comprender cuán frágil es la línea divisoria que separa realidad e irrealidad en la poesía de Maruyme-Serrat. Los pasajes en prosa y las poesías se iluminan mutuamente, pero a medida que transcurre el diario, el poeta Maruyme consigue convertir la materia y el deseo en poesía pura, paradójicamente libre de ataduras de significado ("¡Leve humareda/ ese otoño sin rostro./ Y sopla el viento!", reza el último haikú), hasta llegar al éxtasis final ("Soy la verga de los dioses y fecundaré la Tierra") en que el poeta —en deuda con Lautréamont, Nietzsche y Sade— se convierte en falo y se dispone a penetrar la Tierra.
     Sin la existencia de Sendas de Oku de Basho es imposible percibir la belleza de un texto como Sendas a los adentros de Maruyme-Manuel Serrat Crespo. Ambos poetas, Basho y Serrat, se sirven de los diarios, un género muy en boga en el Japón de la época de Basho, para buscar la iluminación, el instante que es todos los instantes porque es la negación del tiempo, eternidad. Ambos quieren encontrar en lo cotidiano lo maravilloso y excepcional. Ambos comparten la percepción de irrealidad del yo y pretenden no tanto seguir el camino de los antiguos cuanto buscar "lo que ellos buscaron". Sin embargo, paradójicamente, a medida que se adentra en las sendas de su maestro, Maruyme se aleja más y más de él.
     Porque mientras que para el japonés la iluminación consiste en la ausencia de deseo, para Manuel Serrat Crespo éste es la fuerza, el motor, la razón última de la poesía. Porque la espiritualidad de Basho se contrapone a una materialidad que, como la de Lucrecio, se niega a cualquier tipo de trascendencia. Porque frente a la simpatía del primero con la naturaleza —hombres, niños, prostitutas, árboles, piedras, campesinos—, el elitismo de Maruyme ("La admiración del vulgo puede estropear una hermosa obra de arte") sólo es capaz de conseguir el instante eterno a través del contacto erótico. Porque frente a la sobriedad de Basho, la parodia de Manuel Serrat entronca con los orígenes del haikú.
     Si no fuera porque en las Sendas a los adentros Manuel Serrat Crespo nos ha convencido de lo mucho —por no decir todo— que de él hay en el poeta de los "ojos redondos", hubiéramos concluido que Maruyme. Diario de viaje sólo constituye un hermoso ejercicio de estilo. Pero este diario es poesía original y luminosa. -

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