Madres e hijas | Letras Libres
artículo no publicado

Madres e hijas

Valérie Mréjen

Selva negra

Traducción de Sonia Hernández Ortega

Madrid, Periférica, 2015, 88 pp.

Valérie Mréjen (París, 1969) escribe sobre las relaciones y la huella que dejan en nosotros. Debutó con un excelente libro sobre la historia de su peculiar familia: Mi abuelo (Periférica, 2007). En El agrio (Periférica, 2009) contaba una relación amorosa, pero lo hacía empezando por el final: la abrupta ruptura. A partir de ahí, como si rebobinara, volvía al inicio y recogía cada detalle como una manera de aplacar la pena. Eau sauvage (Periférica, 2011) era una especie de larga conversación con su padre, pero donde solo aparecían las intervenciones de él. Selva negra está dedicado a su madre y habla sobre todo de la muerte.

La madre de Mréjen murió cuando la autora era una adolescente, diecisiete años si seguimos las fechas que da en el libro: sus dos hermanos pequeños descubrieron el cuerpo sin vida de la madre la noche de fin de año de 1985. En este libro contenido, breve y emocionante, Mréjen mezcla la reconstrucción de la relación con su madre con una lista detallada y anárquica, pausada y pulcra de diferentes maneras de morir –como si fuera un inventario que viene a confirmar lo que ya se sabía: la brevedad de la vida y la sinrazón de la muerte, siempre al acecho– y con un hipotético reencuentro entre madre e hija años después.

Al poco de empezar el libro la narradora se pregunta: “¿Cómo retomar la conversación donde la habíamos dejado la última vez? ¿Por dónde deberíamos recomenzar? Sin duda por un clásico qué tal estás, aunque no tenga ningún sentido.” Un poco más adelante, escribe: “¿Qué noticias dar al cabo de veinticinco años? Los almacenes Printemps aún existen, los grandes bulevares también.” La narradora fantasea con el reencuentro con su madre, que volvería de la muerte y “se sentiría extranjera”, “todo le parecería insólito”. Imagina también lo que sentiría ella –“Yo tendría la impresión de sacar de paseo a una niña que despierta tras dos décadas de siesta”– y cómo actuaría –“La cogería del brazo como a una novia apocada, para avanzar entre la muchedumbre, espiaría en los ojos de los demás la sorpresa de vernos como si el mundo entero hubiera debido conocerla, me preguntaría en secreto si piensan que somos hermanas”–. Y de ahí surge otro de los temas del libro: la frustrante relación que madre e hija tuvieron. La narradora recuerda que de niña sentía “una admiración total” por su madre, a la que “encuentra casi intimidadora y extrañamente inalcanzable” y en la que ve un parecido total con Blancanieves. Mientras que “la madre se queja de tenerla pegada a sus faldas” y, ya de adolescente, “le repite una vez más que es una preocupación constante, que su presencia es insufrible, que le amarga la vida”. Pero la narradora sabe que lo que cuenta es su interpretación subjetiva y pasada por el filtro de la memoria y “se pregunta si no habrá exagerado, si no habrá concedido demasiada importancia a simples entonaciones que otra persona menos pendiente ni habría oído”.

Selva negra conserva las virtudes de los libros anteriores de Mréjen, algunas de las claves de lo que las revistas francesas llaman “estilo Mréjen” y que, en realidad, tienen una larga tradición: la precisión, que no haya más palabras de las estrictamente necesarias; el espacio entre los párrafos, dejado –según ella misma ha contado en alguna ocasión– para que el lector pueda proyectarse; la aparente indolencia o indiferencia de la voz narrativa, o el hecho de contar solo una parte de la historia, los detalles, siguiendo una especie de escritura en iceberg en la que parece ser más importante lo que no se cuenta que lo que se cuenta. Pero a esos encantos se añaden algunos nuevos: Mréjen prueba aquí con la tercera persona –Eau sauvage estaba escrita en segunda persona– y proyecta sus sensaciones y deseos sobre unos personajes apenas dibujados en dos o tres párrafos. También se atreve a hilar frases largas, alejándose de su estilo breve, de frase corta, rápido y directo. El crecimiento de Mréjen como escritora, que se demuestra en este adentrarse en terrenos no tan conocidos y no instalarse en la comodidad, ha ido acompañado de un cambio de editorial: de la coqueta Allia a P.O.L, donde publica, entre otros, Emmanuel Carrère.

Selva negra establece un diálogo con otros libros que ahondan también en la relación madre hija, como Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, Mauvaise fille de Justine Lévy, Una mujer de Annie Ernaux, Un dique contra el Pacífico de Marguerite Duras –su maestra confesa–, Las furias de Janet Hobhouse o, de una manera distinta, la trilogía napolitana de Elena Ferrante. También tiene ciertos ecos de Léxico familiar de Natalia Ginzburg. Mréjen es especialista en algo tremendamente difícil: hacer universal lo íntimo e individual. ~