Los Rolling Stones en Perú, de Sergio Galarza y Cucho Peñaloza | Letras Libres
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Los Rolling Stones en Perú, de Sergio Galarza y Cucho Peñaloza


La relación de los Rolling Stones con Perú tiene dos momentos importantes alejados en el tiempo por una docena de años. El primer momento es 1969, cuando Keith Richards, acompañado por la que había sido la novia de Brian Jones, Anita Pallenberg, y Mick Jagger, el otro líder de la banda, llegan a América Latina con la habitual costumbre colonial de descubrirla: hacen escala en Brasil y luego llegan a Perú, con la cabeza llena de mística nativa y de drogas espirituales. El segundo es 1981, cuando Mick Jagger participa como actor en el rodaje de Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog que cuenta la historia de un apasionado de la música, bastante pirado, que quiso construir un teatro de ópera en la selva peruana.

Esos dos momentos están muy bien contados por Sergio Galarza (con la ayuda logística y el entusiasmo “bala perdida” de Cucho Peñaloza). Los Rolling de los años sesenta son presentados como unos tontorrones. Galarza escribe sobre el narcisismo de Mick Jagger: “Basta detenerse unos segundos en las fotografías de sus ex esposas Bianca y Jerry, e imaginar a la boca más famosa del mundo besándolas. ¿No daría lo mismo que besara el espejo del baño?” Y sobre sus disparatadas ideas políticas, que casi idénticas acabamos de escuchar a Manu Chao durante la promoción de su nuevo disco: “Hace público su apoyo al dictador cubano Fidel Castro y culpa al capitalismo yanqui y a la oligarquía del atraso que viven los indios. Releída treinta y pico años más tarde, la que buscaba ser una desafiante declaración de principios, desafina en clave socarrona, y termina aunándose al coro de voces políticamente correctas que suelen entonar los rockeros serviles”.

En 1969, los dos líderes de los Rolling Stones tienen un gran talento musical y unas enormes ganas de marginar a todo aquel componente de la banda que se atreva a cuestionarlos, pero también tienen una gran capacidad para desfasar. Lo hacen en Lima, donde son expulsados de los hoteles de lujo, y en el Cusco, quizá.

En 1981, Mick Jagger aspira a convertirse en un actor respetado, aspiración que todavía sigue manteniendo intacta y que quizá habría conseguido si hubiera terminado de rodar Fitzcarraldo. No lo hizo, y Werner Herzog quitó del montaje final todas las escenas en las que aparecía el cantante de los Rolling. A solas, Mick es un tipo agradable, que trabaja para que la película funcione, que confraterniza con los habitantes de Iquitos, con los que toma tragos por las noches, y que liga, o lo intenta, con las chicas guapas que se le ponen a tiro. Dos hechos contribuyen al cambio de actitud del Morritos: su banda no funciona todo lo bien que debería y la estrella de la película no es él, sino Claudia Cardinale, centro de atención para la prensa peruana.

Sergio Galarza es mucho más comprensivo con este Mick Jagger de los ochenta, más humano y menos diva. Tomado siempre en broma, por su carácter un tanto friki, el testimonio de la vedette y cantante Monique Pardo sobre su supuesto romance con el cantante de los Rolling tiene un punto enternecedor: la obsesión por librarse de su novio para enrollarse libremente con Jagger serviría para escribir una comedia.

El testimonio de la Pardo y también los del resto de personajes a los que Galarza convoca a lo largo del libro, que en su mayor parte pertenecen a la buena sociedad peruana, van creando un interesante macguffin literario: no hay “reliquias”, “fetiches”, “autógrafos”, objetos tangibles que demuestren que los Rolling estuvieron en Perú. Cada vez que Galarza se acerca a una prueba del paso de los músicos por Perú, sólo encuentra un desolado vacío. Ni la guitarra que firmó Mick Jagger con un cuchillo y que consiguió destrozar completamente; ni las fotografías que se tomaron; ni los restos de las habitaciones de hotel; ni los pósters que firmaron... Ni siquiera las canciones que se dice que se compusieron en Perú se compusieron en Perú. El tiempo se lo ha tragado todo. Quizá alguna vez lo escupa.

El tiempo se ha tragado también la historia de un país que no ha funcionado tan bien como debería. La crónica del último tercio de vida en Perú aparece de forma importante en este ensayo, con los buenos periodos de democracia y con los peores periodos de dictaduras. Un país bastante petado en el que también triunfó la cultura pop.

Los Rolling Stones en Perú tiene más cosas dentro, pero son mucho menos interesantes que el relato de la visita de 1969 y que la crónica del rodaje de 1981. Tiene una cronología que explica las evoluciones de la banda británica entre una visita y otra. Tiene un reportaje sobre el fanatismo total de Cucho Peñaloza, que ha seguido sus actuaciones por medio mundo. Y tiene una parte metaensayística, ligera, en la que explica las dificultades para escribir un libro como éste.

El libro de Galarza y de Peñaloza, escrito sin paja y con mucho sentido del humor, me deja tras su lectura un poso de melancolía, como la de quienes disfrutaron de una Lima que “aún no concentraba a un tercio de la población del país”. Una melancolía pop más cercana a los grupos escoceses que a las canciones guitarreras de los Rolling. ~


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