Los personajes están marcados por cicatrices morales: entrevista con Sara Mesa | Letras Libres
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Los personajes están marcados por cicatrices morales: entrevista con Sara Mesa

En su nuevo libro, Mala letra, la escritora española Sara Mesa pone a sus personajes ante complejos dilemas morales. 

 

Tras Cicatriz, premiada con el Ojo Crítico como la mejor novela del 2015, Sara Mesa regresa con Mala letra (Anagrama). Se trata de una serie de relatos que tienen como temas eje la culpa, la rebeldía y el encorsetamiento social y moral; Mesa enfrenta, sin miramientos ni complacencia, a sus personajes ante estos dilemas, ante los cuales la autora no busca respuesta, sino solamente indagar el modo que el sujeto tiene para enfrentarse a ellos.

Aludiendo al título de tu anterior novela, Mala Letra es un libro de relatos cuyos personajes están marcados por cicatrices

Pues sí, no lo había pensado pero sí. Los personajes están marcados por cicatrices "morales". Es la vida que va pasando y deja huella en nosotros.

¿A qué te refieres y por qué ese entrecomillado en “moral”?

Bueno, el entrecomillado siempre permite dar matiz a las expresiones, y más en el caso del concepto de moral, porque lo último que yo querría es moralizar. Pero me doy cuenta de que lo que caracteriza a mis personajes es el hecho de encontrarse inmersos en algún tipo de dilema moral, muchas veces sin que ellos lo hayan buscado; otras sí, me interesa ver cómo resuelven esos dilemas y qué consecuencias tienen.

Indagas en los dilemas, pero no nos das respuesta a cómo resolverlos.

No, claro, no debe ser explícito el modo en que los personajes resuelven en sus dilemas morales. Muchas veces lo interesante está en el planteamiento, en los procesos mentales, en las pequeñas acciones. En estos cuentos me doy cuenta de que he usado con cierta frecuencia el estilo oral, como monólogos mentales –por ejemplo en Palabras-piedra, uno de mis relatos preferidos de Mala letra –, y es porque los procesos mentales son muy atrayentes.

El título Palabras-piedra alude además a tu estilo: conciso, con ecos de oralidad, pero sobre todo sin adornos.

No me gustan las descripciones físicas, salvo algunos detalles significativos, porque normalmente no aportan mucho a la narración. Es mucho más interesante describir a los personajes por la manera en que actúan, por lo que hacen o dicen. En este aspecto tengo una especie de economía de gestos. Es la misma filosofía que aplico en mis novelas.

Decías en una entrevista en El Cultural que si "alguna vez escribías algo bueno sería en el formato relato"

Sí, pero esa declaración es un poco forzada. A mí lo que me atrae es la brevedad, la concisión.

Estamos en una tradición –la española– donde el relato se ha considerado como "el hermano pequeño" de la novela. De hecho, sois una nueva generación de autores los que estáis poniendo el relato en lugar protagonista.

Estoy de acuerdo en que el género del relato no se ha valorado mucho, pero hay autores mayores que ya estaban ahí dando guerra. Autores muy buenos, desde Fernández Cubas a José María Conget, que no tuvieron ni tanta ni la suficiente visibilidad en comparación con los autores de novelas precisamente por la poca valoración del género. Y no olvidemos tampoco a muchos autores de generaciones anteriores que actualmente son muy poco leídos. En concreto pienso en Ignacio Aldecoa, un autor magnífico y del cual apenas se habla de él. Por esto creo que lo que hacemos ahora los más jóvenes no es especialmente meritorio aunque sí es cierto que ha cambiado la percepción del género. Ahora se aprecia más.

En relación al cuento, leí que tus referentes del género pertenecían sobre todo a la tradición norteamericana, en concreto citabas a Cheever

La tradición norteamericana es muy buena,  hay autores ahí que me encantan y también hay mucha diversidad entre ellos. Siempre descubro autores nuevos. Últimamente me han fascinado George Saunders, Lydia Davis, Cynthia Ozick. Pero en mi visión literaria también son fundamentales autores de otras literaturas, aunque lo más representativo de sus obras no sean los cuentos. Pienso en Beckett, en Bernhard, en Kristof, en Coetzee. Y también en autores en lengua española: Levrero, Ribeyro, Onetti, Di Benedetto. Tendemos que pensar las influencias en términos directos: si escribes cuentos, por ejemplo, piensa uno en autores de cuentos. Y esto casi nunca es así. Todo va dejando huella en la escritura, si no fuese así, la escritura sería un mundo endogámico, ensimismado, muerto.

Retomando Mala letra, creo que el título puede leerse como metáfora del individuo: ¿Estamos escritos o somos producto de la mala letra?

Esa es una interpretación. Pero el sentido del título es más bien una apuesta, una reivindicación de lo incorrecto en la literatura, de lo inadecuado, de lo insolente incluso. Me aburren tantísimo los libros "bien" escritos. Le doy más valor al pulso, al trazo, a la vida que hay detrás, que a la caligrafía, entendida aquí en sentido metafórico.

¿Qué entiendes por pulso narrativo? Es decir, ¿superpones la fuerza del estilo a la trama, la forma al contenido?

No, cuando me refiero a fuerza también hablo de contenido, de hecho casi me refiero más al contenido –aunque para mí es difícil separar– Me gusta que haya un mundo detrás de la escritura, ideas, una visión del mundo. No es exactamente la trama ni tampoco la forma; es algo que sobrepasa ambos conceptos, que los envuelve.

En el relato Papá es de goma, (que aborda el viejo tema de niños sin padres, que tienen que cuidar de sí mismos) el realismo roza con lo inexplicable; no digo lo fantástico, pero sí lo sorprendente

Si, Papa es de goma es un relato que está en la onda de cierta narrativa más anterior, se trata de una narrativa que camina en los bordes. Y, de hecho, Papa es de goma retoma un argumento que ya apareció en mi novela Un incendio invisible. Lo más curioso es que hace poco leí una noticia parecida: tres niños se habían quedado solos unos días en su casa -los padres se fueron, vete a saber por qué- y el mayor cuidaba de ellos.

Decías antes que escribes sobre verdades que te inquietan y Papa es de goma o Mármol, (una historia con fuerte componente autobiográfico, que, más que sobre el suicidio de un niño, plantea la incomprensión generalizada de hechos que nos desbordan) son relatos que además inquietan al lector

Y como sucede en Papa es de goma, lo curioso con respecto a Mármol es que es un relato que tiene un sustrato real: en mi colegio se suicidó un niño. No hay explicaciones para el suicido. Aunque el cuento mío se centra más en la supervivencia, que es en el fondo un puro azar.

La idea de azar es muy interesante porque en parte borra la capacidad de control, nos convierte en marionetas

Sí  y aunque está claro que no todo es azar (la capacidad de decisión no ha de despreciarse) sí lo es que estamos marcados (otra vez cicatrices) por el puro azar de donde nacemos. Pienso por ejemplo en la chica de Nosotros, los blancos, otro de los cuentos del libro: su inseguridad, su racismo, su frialdad, el daño que ella misma se hace, es, en parte consecuencia de vivir donde vive, algo que ella no eligió.

Los vacíos, las elipsis y los finales indeterminados, son recursos que utilizas para hablar de un mundo que incluso para el narrador resulta difícil de comprender.

Sí, y siempre digo que esto es también realismo. No es que yo trabaje la elipsis para darle trabajo al lector, es que en la vida conocemos las cosas así, parcialmente, nunca tenemos el relato completo, hay fragmentos desconocidos, cosas que nunca sabremos, que imaginamos, que damos por ciertas. Funcionamos así: La percepción de la realidad siempre es confusa y hay que tomarla con pinzas.

En Mala Letra, los adolescentes tienen un papel protagonista. ¿Qué te interesa de esa franja de edad?

Antes apenas trataba a los adolescentes, en mis primeros libros no aparecían. Pero ahora la adolescencia me parece una época fundamental, difícil. Recuerdo cómo era yo de adolescente, con qué intensidad lo vivía todo, qué capacidad de aprender y de sufrir, y hablo con mis amigos y todos tienen historias apasionantes de esa época, historias pequeñas pero fascinantes. Ahora todo eso me seduce mucho más que lo que la adultez. Los adolescentes suelen ser menospreciados, miramos su mundo con altivez, con incomprensión. Eso sale también en mis cuentos. Cómo se les juzga (sobre todo a las chicas), qué poco se les escucha. Y hay un tipo de personaje adolescente que me interesa especialmente: mujer, insegura, desobediente, impulsiva, contradictoria. Imagina qué juego da eso.

Hay una reivindicación de la rebeldía de los adolescentes, una rebeldía que luego perdemos

Sí, pero a veces es una rebeldía inútil, mal enfocada. Se mezcla con la curiosidad, las prisas por vivir, la lucha contra lo establecido. En general, crecer es acomodarse... qué pena. Siento una empatía tremenda con la niña-adolescente de Palabras-piedra. Ahí en cierto modo está todo lo que te he explicado antes.

Ese acomodarse ¿es algo que también implica la escritura, implica esa necesidad de la "buena escritura"?

Todo se relaciona, lo formal y lo temático, por eso me parece que el libro tiene una unidad muy sólida, es compacto. Luego no seré yo quien juzgue si es bueno o no, pero desde luego nadie me puede acusar de que sea un manojo de cuentos escritos en ratos libres. Hay una poética de fondo en ellos, algo común.