Los estados del amor | Letras Libres
artículo no publicado

Los estados del amor

Jenny Offill

Departamento de especulaciones

Traducción de Eduardo Jordá

Barcelona, Libros del Asteroide, 2016, 172 pp.

Jenny Offill (1968) publicó su primera novela, Last Things, en 1999. La segunda, Departamento de especulaciones, apareció en 2014 (fue uno de los libros del año según The New Yorker y The New York Times) y se publica ahora en español. Como la escritora, la narradora de la novela publicó un primer libro –“el día que cumplí los veintinueve años entregué mi libro”– y lleva tiempo tratando de escribir una segunda novela. De joven estaba decidida a ser “un gigante del arte”, tenía un post-it en su escritorio que decía “¡trabajo sí, amor no!” –“Me parecía la fórmula más segura de la felicidad”–, y, confiesa, “Mi plan era no casarme nunca.” Sin embargo, Departamento de especulaciones es una novela sobre el amor, el matrimonio y la vida conyugal, sobre el deterioro de la pareja, sobre las exigencias de la crianza de los hijos y sobre las expectativas y deseos no cumplidos.

La protagonista y narradora, que no tiene nombre, se enamora de un ingeniero de sonido que le presenta su amigo filósofo, viajan a Capri –no se sabe si Offill conoce a Hervé Vilard y la canción que popularizó y que asoció para siempre en el imaginario de la chanson la isla a las rupturas amorosas–. Traicionando sus principios, se casan y, el día que firman el contrato del alquiler de su piso, ella descubre que está embarazada. La maternidad agota a la narradora, que se debate entre la extrañeza, la inexperiencia y el cansancio: “Recuerdo la primera vez que usé la palabra con un desconocido: ‘Es para mi hija’, dije. El corazón me latía muy deprisa, como si fueran a detenerme”; “La niña gritaba mucho en aquellos primeros días. Tanto que los vecinos desviaban la mirada cuando nos veían, tanto que aquello era como tener una alarma de coche en la cabeza sonando sin cesar”; “Mi amor por la niña parecía condenado, irremisiblemente no correspondido”; “Los días con la niña parecían muy largos, pero no tenían nada digno de mención. Cuidarla me exigía repetir una serie de tareas que tenían la curiosa peculiaridad de parecerme urgentes y tediosas a la vez”; o “Pero el olor de su pelo. Y la forma en que su mano se agarraba a mis dedos. Era como una medicina. Por una vez yo no tenía que pensar. Se imponía el animal.” Ese retrato nada complaciente ni edulcorado de la mezcla de frustración y amor incondicional que supone tener hijos recuerda a las novelas de Elena Ferrante y de Annie Ernaux.

La pareja se fortalece: parece superar los largos meses de llantos del bebé que padece de cólicos, los punkis que se mudan al piso de arriba, la sensación de fracaso de ella por no tener ya una segunda novela y una plaga de chinches. La narradora, en cambio, mantiene conversaciones imaginarias que permiten intuir la grieta que ha aparecido: “¿Sabes qué tiene de punk el matrimonio? Los vómitos y la mierda y los meados.” La trama incluye algunas paradojas brillantes: la mujer, que no consigue escribir su novela, da clases de escritura creativa en la universidad y acepta un trabajo como negra de un millonario empeñado en escribir un gran libro sobre la carrera espacial. Además de las citas que salpican el monólogo interior entrecortado sobre el que se construye la novela, al menos la primera parte, cuenta algunos episodios sobre los que está trabajando para la novela que no firmará. Y de pronto sucede: el marido tiene una aventura. “¿Más alta? ¿Más delgada? ¿Más tranquila?”, quiere saber ella. “Más fácil, dice él.” Se acuerda de una oportuna cita que ilustra la sorpresa de la narradora ante el descubrimiento de la otra: “En el año 2159 a. C., los reales astrónomos Hi y Ho fueron ejecutados por haber sido incapaces de predecir un eclipse.” Con el descubrimiento de la infidelidad hay un cambio de perspectiva: la narración pasa ser en tercera persona. Comienza así un duro recorrido que lleva a una elección: el perdón o el odio. “La esposa nunca ha deseado no estar casada con él”, leemos. La protagonista recuerda las cartas que se mandaban, siempre con el mismo remitente: “departamento de especulaciones”. Más adelante hay una cita de Rilke: “La obra artística siempre es el resultado de haber estado en peligro, de haber llegado hasta el final en una experiencia, hasta donde ya nadie puede ir más lejos.” Como el resto de citas, no es gratuita: sirven para añadir puntos de vista y una nueva dimensión a la trama. A veces sirven para que entre oxígeno; otras, para rellenar las elipsis.

Los párrafos de la novela, divida en capítulos numerados, son breves e incisivos. Entre ellos hay un espacio, como si fuera el lector el que tiene que completar esos huecos. En esos párrafos se describen escenas, se cuentan anécdotas nunca banales o aparecen citas: de Horacio, Hesíodo, Scott Fitzgerald, Carl Sagan, Wittgenstein o Simone Weil. En esos recursos se puede ver la influencia de David Markson o Renata Adler. Offill cita algunas novelas como referencias de la suya en su página web: hay títulos de Lydia Davis, Mary Robison, Jean Rhys, Fernando Pessoa, Robert Walser, Kafka o Anne Carson. Y es un modo de construir ficciones que han usado escritores como Valérie Mréjen o Félix Romeo en el que el conflicto parece ocultarse, aunque no es más que una forma de enfatizarlo y de reforzar el deseo del lector de saber más. Departamento de especulaciones es una novela brillante, divertida pero dura, intelectual y ligera. El mecanismo sobre el que se crea parece ser una paradoja: suma cuando parece restar, es profunda cuando se muestra leve, enseña cuando tapa, y viceversa, aterroriza cuando describe el amor y el idilio y enternece con la objetividad de las citas. Jugando con las elipsis y con lo que no se ve, Offill ha escrito una novela moderna y fresca sobre un tema ya conocido: el agotamiento y la transformación del amor. ~