Los dos puntos de Dios | Letras Libres
artículo no publicado

Los dos puntos de Dios

Detrás del símbolo se agazapa una imagen. Y tras la imagen: otra vez el símbolo. Frege lo define así: el símbolo, que “hace presente lo ausente, lo invisible y, tal vez, lo que no se puede sentir”.

Pablo Soler Frost, Adivina, o te devoro. El enigma de los símbolos, México, FCE, 2013, 192 pp.

 

Detrás del símbolo se agazapa una imagen. Y tras la imagen: otra vez el símbolo. Frege lo define así: el símbolo, que “hace presente lo ausente, lo invisible y, tal vez, lo que no se puede sentir”. Esa ausencia presente apaga los rigores de la buena lógica. El símbolo es y no es. Representa sin igualar, evoca, significa sin ser lo mismo, cifra, intercambia, permanece, se esfuma. El lenguaje simboliza, pero ante lo inefable no alcanza a tocar la imagen sino pronunciándola, y en ese momento se desvanece. Así llega Pablo Soler Frost a la proposición número 7 de Wittgenstein —víctima de la interpretación cotidiana: “De lo que no se puede hablar, lo mejor es callar”, pero que él consigna para acordar la imposibilidad lógica de superar la metafísica.

En menos de doscientas páginas, con una prolija bibliografía, Adivina, o te devoro plantea el enigma de los símbolos, en una prosa cargada de citas pero con destellos propios. A pesar de la sabida germanofilia de Soler Frost, no hallará el lector los trazos usuales del historicismo alemán. No busca el ser particular —enmarcado en el tiempo y el espacio propios— de cada símbolo, sino que trata su obscuridad universal, el silencio de Dios: la orfandad consciente del lenguaje, incapaz de asirlo más que a imagen y semejanza suya y que, en el reflejo de su nombre ya enunciado, imperceptiblemente se nos escapa. No podría ser un símbolo: Dios ocurre, acontece, es impronunciable. Es el Verbo silente.

Los cabalistas, y sus epígonos después, creyeron ver un código abismal en cada punto de las Escrituras, y luego Swedenborg y Bloy, en la vida misma y el universo. Adivina, o te devoro toma su título de una página del pordiosero del Absoluto, León Bloy, en la que teme ante Dios tocar los símbolos que, como la Esfinge de Tebas, presentan un enigma al viajero previsto, al observador atento. (Nada es casual.) Y que cuando Edipo lo descubre, la Esfinge —según una de las versiones— se despeña y muere: ya no es la Esfinge en ese momento un símbolo obscuro, pues se aclara el enigma y pierde sentido.

No es un libro para leerse en voz alta, sino en silencio, como Ambrosio, el obispo de Milán, con atención a los signos de puntuación, y silencio y obscuridad por entre el bosque de los símbolos, como escribiera Baudelaire. Tantos libros se tocan aquí y allá, que ahí donde uno dice cielo otro dice felicidad, y donde otro más dice demonio, otro fanatismo. Adivina, o te devoro sosiega el caos por un momento, a fuerza de citas ensambladas con gentil meticulosidad. Salvo el último apartado: un apéndice sobre las “Fronteras de la imagen cinematográfica”. Mostrar, intensificar o reproducir la realidad (y la podredumbre, como el horror nazi) es el objeto de esta breve discusión final.

Son cuatro las fronteras de la imagen cinematográfica que señala Soler Frost: 1) Allí donde la realidad no es susceptible de filmarse; 2) Donde la realidad es poco temible y hace falta intensificarla; 3) Donde la realidad es, por el contrario, demasiado aterradora; y 4) La otra orilla, “la sobrenatural abundancia de vida y misericordia; en la esperanza de la Revelación, la Redención, la Resurrección”. Excluyendo la primera y la última, que implican la imposibilidad de franquearse, las otras dos fronteras no se pueden cruzar sin una meditación, sin un dilema ético. Arriesgaré una crítica elemental.

Hay cierto pavor en pensar que la vida —y el sueño— son páginas ya escritas de la escritura universal. Si al cabo de los años me doy cuenta de que soy un miserable incorregible, por disposición divina, entonces me hallaré en el umbral de la locura, incapaz de perseguir el Bien, observándome por un resquicio de cordura y de arrepentimiento irremediable. Sin falta, el castigo y la recompensa —de este y otro mundo—parecerán absurdos al entendimiento común.

En cambio, pensar que la vida es un sino de elecciones imprevisibles y que la voluntad es irreductiblemente soberana, es darle libertad al hombre. (Schopenhauer y compañía han dudado seriamente al respecto, pero concedamos que existe un mínimo de soberanía individual, hecho de un mínimo de posibilidades a elegir: un sí y un no, aunque falte arrojo y sobren causalidades.) “El espejo de los enigmas” vuelve a aparecer (Borges es la ausencia presente de este libro.) Porque esa libertad quizá sea un sueño ya soñado, y el azar, un cálculo preciso del espíritu. Mi voluntad, una parte insignificante del Todo.

Por ello causa, no sorpresa, pero sí desacuerdo, el hecho de que Soler Frost deslice la posibilidad moral de eclipsar el Mal en la imagen cinematográfica. Porque es creer al hombre incapaz de elegir el Bien, acuciado por la banalidad de una escena atroz, vista en el proyector visual. (Piénsese aquí en el ojo panóptico de Sauron.) Pero sobre todo: porque más ama quien, acosado por el odio, no obstante, persiste y triunfa en el amor. La elipsis podría sustituir mejor las cosas —como propone Soler Frost: simbolizar el Mal. Es de hecho más eficaz la insinuación simbólica de la maldad que la epifanía del morbo. Ya se alcanza a escuchar la voz de Tertuliano, escandalizado entre las páginas de Soler Frost, ahora, tantos siglos después, por el espectáculo que riegan los vertederos de los efectos visuales y la curiosa impertinencia de filmar los horrores de la realidad. Pero, en mi opinión, al final, todo esto no sería sino escamotear la ruindad del hombre, que debe conocerse y persistir en su bondad, o pagar con su vida y transfigurar la tragedia en arte. Y presupone, no sé si parcialmente, la incapacidad de elección.

Es un argumento conservador pero perdurable y convincente el apéndice de Adivina, o te devoro. Es ahí donde se nos revela el enigma de Soler Frost, en esos últimos párrafos que el lector ya adivinará. Y no podrá dejar de pensar, no sin obscuridades, en las hermosas cábalas de Léon Bloy.