Los árboles y el bosque | Letras Libres
artículo no publicado

Los árboles y el bosque

Adam Thirlwell

La novela múltiple

Traducción de Aleix Montoto

Barcelona, Anagrama, 2014, 480 pp.

Desde que en 2003 la revista Granta lo incluyó en su edición de mejores novelistas británicos jóvenes, Adam Thirlwell se ha convertido en uno de los iconos de una generación literaria que tiene por señas de identidad la irreverencia, el internacionalismo, la erudición pop y la autobiografía no muy encubierta. Nada que no se hallase, se dirá, en la primera y más famosa cohorte de novelistas jóvenes que seleccionó Granta en 1983, incluyendo a figuras como Martin Amis, Julian Barnes y Salman Rushdie. La particularidad de Thirlwell es que ha hecho de esos rasgos un estandarte y, mirando a novelistas europeos como Milan Kundera, se ha puesto a defender una “literatura internacional” que trascienda no solo las fronteras geográficas sino lingüísticas, con la traducción literaria como aliada.

La novela múltiple, un ensayo originalmente publicado entre su primera y su segunda novela, es una especie de manifiesto de esa posición. Y, como tal, rebosa de observaciones que anuncian su disenso con ciertas “ideas recibidas”. “No hay nada que no sea traducible”, dice Thirlwell a poco de empezar el libro, por si aún queda alguien que crea en aquello de que la poesía es lo que se pierde en traducción; “El estilo es internacional”, agrega enseguida, poniéndose más apodíctico; y unas páginas después remata con: “para escribir una verdadera novela, el novelista debe adoptar la perspectiva de lo infinito”. A esas alturas, si no antes, muchos lectores empezarán a fruncir el ceño. Pero incluso quienes crean (es mi caso) que cada una de las afirmaciones anteriores es insostenible como verdad general encontrarán en el presente libro ejemplos interesantes de casos en los que la traducción supera dificultades abrumadoras, el estilo migra de una tradición a otra y la literatura se universaliza.

Thirlwell nos propone una suerte de historia internacional de la novela, pero lo hace enfocando las excepciones más que los grandes lineamientos. El ascenso en el siglo XVIII de una burguesía con suficiente tiempo libre para leer largas narraciones acerca de las propias costumbres no figura entre sus preocupaciones. Su relato empieza con el Tristram Shandy (1759) de Laurence Sterne, esa novela digresiva por excelencia que tanto fascina a los enemigos del realismo decimonónico. De ahí pasamos a la “adaptación” que compuso Diderot con Jacques el fatalista y su amo (publicada póstumamente en 1796), luego de leer fascinado la novela de Sterne y conocer al autor. Y Diderot nos lleva a Pushkin, quien se habría inspirado en Jacques para la forma de su novela en verso Eugenio Oneguin (1825), donde las digresiones hacen al entramado. Thirlwell concluye que “la primera gran novela rusa es una reescritura de la imitación francesa de un experimento vanguardista inglés”. En ese espíritu de “todo tiene que ver con todo”, a continuación traza caminos cruzados y heterogéneos que van hacia Carlo Emilio Gadda, Bohumil Hrabal, Witold Gobrowicz, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges y –esto sí es sorprendente– Macedonio Fernández. Aunque el recorrido sea muy entretenido, el libro no está libre de problemas retóricos, de contenido y metodológicos. El tono, plagado de frases cortas y calificaciones falsamente ingenuas (“no estoy seguro de que”, “a mí me parece que”), a menudo resulta exasperante. “Admiro esta manera de pensar, pero no estoy seguro de que Borges tenga razón”, dice en un momento Thirlwell, como justificándose, pero siempre presenta sus opiniones como más incisivas u originales que las del resto, incluso cuando el resto es retórico: “puede parecer extraño que [Kafka] se sienta irremediablemente identificado con [Dickens]”, dice. Luego aclara: “a mí, en cambio, estas relaciones internacionales no me parecen tan extrañas”. ¿A alguien realmente le parece extraño o el autor se ha inventado la extrañeza para mostrarse más listo? Está también el problema de las tradiciones internacionales invocadas: quizá no sean muy conocidas en Inglaterra, pero un lector hispanoamericano las dará más o menos por supuestas, más aún si conoce los ensayos recientes de Kundera, de donde provienen los binomios cardinales de Thirlwell (Sterne-Diderot, Kafka-Hrabal, etc.). Lo más problemático, sin embargo, es cómo la argumentación se sitúa casi siempre por encima de los problemas particulares que el argumento mismo supone. Me temo que, si ha de demostrarse que el estilo es internacional, no alcanza con pruebas anecdóticas.

Y tampoco ayudan las contradicciones. Nota Thirlwell, correctamente, que “Ulises, como todas las buenas novelas, está completamente empapada por su idioma”; pero de Gadda –un autor tan empapado por su idioma como Joyce– juzga que debe volverse internacional porque “está atrapado en el problema del italiano y su política”. Uno sospecha que la razón de semejante disparate es que Thirlwell está atrapado en su desconocimiento del italiano, cosa que por lo menos tiene la decencia de confesar. A la vera de opiniones así, nos acercamos al problema central de hablar triunfalmente de la “literatura internacional” o el “lector cosmopolita y transatlántico”, como se define Thirlwell. Es una cuestión de foco. Pushkin tomó las digresiones de Diderot, Joyce le robó el monólogo interior a Dujardin, Gombrowicz sintió una revelación al leer la traducción francesa de Joyce, Kafka reprodujo el humor mecanicista de Dickens, etc. Todo ello es necesario para entender la polinización cruzada de la literatura; y Thirlwell, para ser justos, aporta numerosos y buenos ejemplos. Pero el bosque no debería cobrar más importancia que el árbol, porque sin árboles nunca habría bosque. A fin de cuentas, la literatura internacional es un invento de marketing; en la realidad, existen solo especificidades. Y el verdadero ensayista cosmopolita –un Auerbach, un Curtius, un Contini– no es el que lee distintas literaturas aplanando diferencias, sino el que comprende las minucias sociolingüísticas de cada obra en particular. Podría decirse que el enfoque de Thirlwell se queda en mero periodismo, pero la cosa es un poco peor: el autor lee la literatura como si se tratara del periódico. ~