A lo largo del camino, de Julien Gracq | Letras Libres
artículo no publicado

A lo largo del camino, de Julien Gracq

El verdadero camino es el camino de la vida y por lo tanto no hay final que no sea nuestro propio fin. Julien Gracq (1910-2007), geógrafo y escritor, confiesa que no cree haberse “ausentado del universo de cuatro dimensiones”: es decir, es un sensible materialista, en el sentido clásico del término. Gracq ha estado lejos de los excesos racionales (semióticos, estructuralistas, objetivistas) que recorrieron, con mejor o peor resultado, su siglo y su país; al igual que su amigo André Breton, siempre le interesó una literatura (y el arte en general) por lo que tenía que ver con la afectividad. La temperatura de la subjetividad, por un lado, pero sin olvidar su afirmación, sin duda heredera de Stendhal, de que el mundo exterior existía para él. Lejos pues de Valéry y de las atractivas partidas de ajedrez de una parte de la novela y de la poesía de su tiempo. La poética de Gracq quizás pueda definirse por estos dos extremos: la necesidad de buscar y transmitir lo radicalmente cordial y el esfuerzo por la exactitud narrativa, por el lenguaje que da cuenta del mundo. Hombre contemplativo, ha sido sin embargo un escritor fuertemente activo, de ahí su poca relación con el romanticismo: para él escribir es testimoniar la vida, no la espera vaga de un don.

Estos cuadernos (Carnets du gran chemin, es el título original), cuya difícil prosa ha sido traducida con eficacia por Cecilia Yepes, fueron publicados en 1992 y recogen textos, organizados temáticamente para su edición, que deduzco fueron escritos en épocas diversas hasta 1986. Los apuntes sobre viajes, vinculados siempre y de manera central a la naturaleza, abren la obra, como si no hubiera individuo o colectividad sino en el paisaje. Como en su mundo narrativo, la ciudad apenas si es una sombra o un perfil que se disipa, mientras que los grandes paisajes en cambio son descritos desde un asombro que no excluye sino exige el rigor. Lejos de la admiración de Breton, Jünger o Nabokov por las miniaturas minerales o la entomología, Gracq confiesa su amor por “las maravillas del mundo” en oposición a la “concentración explosiva de la potencia vital”. Deflagraciones de verdor, altas catedrales de las secuoyas y bosques cuyas historias vegetales Gracq se esfuerza en contar, tanto en sus obras narrativa como en estos carnés, y de los que doy un ejemplo de su escritura: “La ciudad parecía correr a lo largo del río y abrirse con él hacia los horizontes llanos de su estuario, comido de juncos, todo distendido por los aneurismas de planos de agua secretos”. Por otro lado, los perfiles o espacios vacíos de la ciudad guardan relación con las carreteras, esas perspectivas deshabitadas, y los cuartos sin nadie de su obra narrativa. Sus incursiones en la naturaleza no pertenecen a la del explorador, menos aún al del clasificador que reduce a regla y proporción el botín, sino al amante que tras disfrutar de lo visto continúa su camino: un cazador asistido por una meticulosa racionalidad cuyo eje cordial resuelve lo pensado y visto, en un latido más alto unido siempre al misterio de la vida.

El mundo de Gracq en este libro podría guardar alguna correspondencia con la pintura china: el paisaje habla más que los hombres. Gracq, persona de sensibilidad arraigada, deja entrar el bosque en su espacio, permite que las raíces sean profundas, y por ello mismo no le podemos pedir la movilidad, ligereza y mundanidad del historiador, del psicólogo, del moralista. Siempre se sintió ajeno a la rapidez de las conversaciones de tertulia, al dinamismo no exento de exhibición de las disputas intelectuales de café, y procuró denodadamente su propia medida, el cara a cara, la intimidad. Buscó en la agitación de su tiempo lo que le era más propio, dejando a un lado lo que no era para él. La búsqueda de lo necesario, de lo que se hace en cierto sentido inevitable, traza su perfil moral, aunque esta palabra quizás él la hubiera rechazado aplicada a su manera de entender la elección en lo literario. Lo necesario no en el sentido conservador del término sino tal como lo dice nuestro autor con total exactitud: “La única literatura necesaria es siempre una respuesta a lo que todavía no ha sido formulado”.

Julien Gracq también nos habla en estos apuntes de su vida, de sus libros y de sus gustos artísticos. Sabido es que cuando editó en 1938 En el castillo de Argol (a su costa), apenas se vendieron unas docenas de ejemplares, pero uno de esos lectores fue André Breton, sobre el que llegó a escribir un pequeño y precioso libro: André Breton, quelques aspects de l’écrivain (1948). En un volumen de entrevistas, Entretiens (1995), Gracq se extiende en sus aclaraciones respecto a su relación con el surrealismo, no de pertenencia sino de admiración por algunos postulados y, sobre todo, por la figura de Breton, con quien siempre estuvo agradecido. De manera destacada, Nadja, el primer Manifiesto, Los pasos perdidos, los collages de Max Ernst, la obra de Chirico, el Aragon de El campesino de París abrieron un nuevo espacio en su sensibilidad. Muchas, también, fueron las disidencias. Gracq mantiene además una cierta distancia con Francia, especialmente con la leyenda nacional de imagen guerrera forjada desde finales del siglo XVII por políticos, intelectuales y artistas y que ha llegado a nuestros días. Tampoco es un gran admirador de París, “esta ciudad hembra que pretende y exige tan imperiosamente que se la ame”. Así que no puede admirar a Napoleón, de cuyo Memorial de Santa Helena salva la Campaña de Egipto y el Consulado, porque ahí la movilidad de sus juicios y actitudes se opone a lo categórico y rígido de todo lo demás. Hombre de la provincia, elogia los huertos y las legumbres; en definitiva, lo cíclico, fresco y demorado, el cultivo que va de la actividad a la contemplación y a la degustación. Porque Julien Gracq, del que antes dije que era un materialista clásico, es uno de los escritores franceses más lleno de sensibilidad, es decir: con los sentidos más activos. El mundo existe para él, ciertamente, y podría decirse que su obra es un buen testimonio de ello. ~