Lluvia de hielo, de Peter Stamm | Letras Libres
artículo no publicado

Lluvia de hielo, de Peter Stamm


Peter Stamm, Lluvia de hielo, traducción de Richard Gross y María Esperanza Romero, El Acantilado, Barcelona, 2002, 139 pp.

CUENTO

Traicionar la tradición

Lucrecio ya se apresuró a advertirnos que "los necios admiran sobre todo aquello que ven escondido bajo rebuscadas palabras", y en sus Sátiras Horacio alecciona al lector señalándole saepe stylum vertas, iterum quae digna legi sint scripturus ("borra a menudo, si quieres escribir cosas dignas de volver a ser leídas"). En la prosa del joven suizo Peter Stamm no encontrará el lector ni una sola palabra rebuscada, ni tampoco una sola palabra de más, porque su obra es el resultado de pasar el texto en su primera redacción por una suerte de alambique que lo despoja de cualquier exceso, que borra lo innecesario y destierra lo ornamental, hasta que lo alcanza a dejar tan desnudo que puede un lector cometer el error de tildar su narrativa de ingenua, cuando en realidad su literatura está construida sobre la base de sobrentendidos, de elipsis extraordinariamente bien concebidas, de vínculos tácitos entre palabras anteriores y posteriores que se ponen en evidencia sólo en una lectura sagaz que descubre ese baile de anáforas y catáforas del tejido textual. Los relatos que componen Lluvia de hielo revelan la habilidad técnica de Stamm, pero por encima de todo abonan el terreno para una reflexión en torno a los conceptos de creación y tradición.
     Jugando a la paráfrasis del célebre ensayo de T. S. Eliot, podría decirse que la tradición a la que Stamm debiera rendirle tributo y su talento individual transitan por caminos divergentes. En efecto, la tradición que en principio le es propia a un escritor de lengua alemana es aquella que nace en Thomas Mann y se continúa tout court en Thomas Bernhard o Peter Handke, ahogada por su inequívoca especulación con el lenguaje, extraviada en claustrofóbicas sintaxis (y permítanme que la hipérbole que ahora empleo sirva a mi propósito de establecer un contraste, y sólo así se justifique), gregaria de la filosofía y sin haberse querido emancipar de los laberintos introspectivos de narrador y personaje. Y salta a la vista que el estilo escueto y anémico de Stamm le pierde el respeto a su tradición natural y busca cobijo, como veremos, en una tradición anglosajona de fraseo breve y estilo minimalista que lo entronca con el realismo sucio heredero de los relatos de Hemingway y que, alejada de vagabundeos digresivos e interminables reflexiones, aboga por la construcción de una historia. Si bien "desde hace unos años la gente ha empezado a explicar historias en vez de jugar con el lenguaje" (El Mundo, 22.04.01), el propio narrador ha confesado que su distanciamiento de la tradición alemana se debe a que no comulga con su concepción torrencial y filosófica del relato, y a que prefiere elegir la compostura, la simplicidad que ha encontrado en autores en la línea de Raymond Carver. Resulta entonces interesante constatar que los principales reproches que la crítica le ha venido haciendo a su incipiente obra se centran en su díscola actitud para con la tradición propia, al parecer traicionada por Stamm a los ojos de los guardianes de la ortodoxia más estricta, lo que desde luego facilita una reflexión en torno a la libertad de creación, a la decadencia de las literaturas nacionales —entre las que no ha existido jamás, por cierto, la suiza— y a la necesidad cada vez más imperiosa de sacarse de encima los prejuicios positivistas, decimonónicos, reglamentistas, y abrazar con fuerza aquella idea de la "literatura mundial" que nos enseñó Goethe. No es posible ignorar por más tiempo que la globalización poscolonial, las ventanas abiertas de Internet y el mero sentido común les han arrebatado la legitimidad a quienes todavía le exigen al escritor que su talento individual siga enjaulado en la tradición que le es propia. En su novela Agnes (1998), Stamm ya dejó caer un guiño con la cuestión de la tradición y de su estilo haciendo que Agnes le pregunte al protagonista, alter ego del escritor, "me gustaría saber cómo escribes. Las frases son largas, ¿verdad?" (El Acantilado, Barcelona, 2001, pág. 28), añagaza autoconsciente que pone el dedo en la llaga dando por sentado que todo escritor en alemán debe escribir, como está de Dios, a la alemana.
     Lejos de ser así, Stamm abre su colección de relatos con "En la laguna de hielo", un brevísimo cuento acerca de un suicidio por desamor que entronca con "Tres rosas amarillas" de Carver en la maestría en el empleo de la elipsis, y que constituye una lección magistral acerca del arte de leer entre líneas. Observará el lector que nada aquí ha sido dejado al azar, y que una frase del primer párrafo, en apariencia intrascendente ("entré para dejar la bolsa de deporte con la ropa sucia"), va a adquirir una gigantesca magnitud semántica en la ultimísima línea de texto de la tragedia ("incluso empecé a lavarme la ropa yo mismo"). Lotta en "A la deriva", Dylan de "En el extrarradio" o Larissa, la enferma de tuberculosis de "Lluvia de hielo", configuran una galería de personajes marginales, solitarios y heridos, muchas veces supervivientes de un mundo en el que no resulta fácil encajar sin dejarse enredar en la mentira del sistema, como ocurre en algunos textos de Rock Springs de Richard Ford o de Pájaros de América de Lorrie Moore, con los que también comparte la estética del realismo sucio y aquel silencio elocuente de la frase escueta e impregnada de connotaciones que naciera de la pluma de Hemingway. Las descripciones de "Pasión", de tiralíneas y una rara intensidad, remiten en cambio a la prosa de Pavese, de El bello verano, en la que el joven escritor suizo también encuentra soluciones a su deseo de levedad calviniana. Stamm mueve las palabras como fichas de ajedrez en el tablero del relato, se salta a la torera los designios del idioma en materia de estilo, logra sin duda la empatía con el lector pese a su debilidad por la creación de un clima distante, no tiene prisa y, si su vanidad aguanta las lisonjas que le ha soltado el gran pope Reich-Ranicki y no malogra su talento, Stamm es uno de los nombres que quedarán. ~