Literatura y moral | Letras Libres
artículo no publicado

Literatura y moral

Juan Gabriel Vásquez

Las reputaciones

Madrid, Alfaguara, 2013, 144 pp.

Ricardo Rendón murió en octubre de 1931 en Bogotá; había nacido unos treinta y siete años atrás e iba a ser considerado el caricaturista político colombiano más importante del siglo XX. No muchos parecen recordarlo hoy en día, sin embargo, y es la constatación de ese olvido la que asalta a Javier Mallarino cuando se está haciendo lustrar los zapatos y ve al fantasma de Rendón cruzar la calle. No hay aquí diálogo entre muertos y vivos; nadie va a conocer el hielo en una tarde remota (a pesar de la nacionalidad de su autor, su tradición no es la del realismo mágico): el fantasma de Rendón, visto o imaginado, desaparece al doblar una esquina y Mallarino sigue su camino, que lo conduce al Teatro Colón (a la sala principal, no al foyer), donde recibe el homenaje de la sociedad bogotana. Digámoslo así: es la gran noche de Mallarino, la manifestación del “poder terrible” que se esforzó por obtener y del que en ese momento disfruta: “a sus sesenta y cinco años, la misma clase política que tanto había atacado y acosado y despreciado desde su trinchera, de la cual se había burlado sin miramientos ni respeto por lazos de amistad o de familia […] había decidido poner la gigantesca maquinaria colombiana de la lambonería [adulación] al servicio de un homenaje que por primera vez en la historia, y quizá por última, tenía a un caricaturista como destinatario”. Al igual que la figura de Rendón (con su mensaje de que la obra de un caricaturista muere y se agota cuando se extingue el recuerdo de aquellos a quienes dibujó), en la gran noche de Javier Mallarino se cuelan también los remordimientos, sin embargo, el enfrentamiento con la censura, las amenazas sufridas, el fracaso de su matrimonio, el abandono de su hija y una joven: la joven se llama Samanta Leal y quiere saber qué sucedió con ella, qué le hicieron una tarde de 1982 en la casa de Mallarino, durante una fiesta, y arrastrará con ella al caricaturista al pasado, a la convicción de que durante años disfrutó de un poder excesivo y a varias decisiones que (aunque suene manido) cambiarán la vida de Mallarino para siempre.

Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá en 1973 y es autor de las novelas Los informantes, Historia secreta de Costaguana y El ruido de las cosas al caer, entre otros libros. Aunque la figura del protagonista de su nueva obra parece inspirada en la de Rendón (en una nota final, el autor reconoce asimismo su deuda con otros caricaturistas como Vladimir Flórez “Vladdo”, Andrés Rábago “El Roto”, Antonio Caballero, Héctor Osuna y José María Pérez González “Peridis”), esa inspiración no parece estar vinculada tanto con la vida del caricaturista colombiano como con su muerte: Rendón se suicidó en público, proyectando sobre su éxito y su autoridad una sombra de duda que no podía sino fascinar a Vásquez, cuyos temas han sido desde su primer libro el pasado y la proyección de sus sombras sobre el presente, el olvido y la provisionalidad de nuestro juicio moral.

Estas son también las inquietudes que recorren Las reputaciones, cuyo tema principal es el de los riesgos que entraña la alianza entre la autoridad moral y la masividad de la prensa. A lo largo de este libro no queda claro si Vásquez condena el poder excesivo que nuestras sociedades otorgan (u otorgaron) a la prensa o si lamenta el hecho de que ese poder esté en retroceso (de hecho, el narrador afirma: “En esos tiempos, estar suscrito a un periódico era esperar, cada mañana, la transformación del mundo, a veces como sacudida brutal de todo lo conocido, a veces como sutil puerta de acceso a una realidad desplazada”, siendo lo más importante aquí el tiempo verbal y la expresión “en esos tiempos”); sí queda claro, sin embargo, que Las reputaciones es uno de los mejores libros de su autor. Vásquez ha conseguido aquí rehuir mayoritariamente la solemnidad que (a modo de sombra incómoda) persigue a toda literatura que trata sobre la cuestión moral (la caricatura es, por supuesto, una ilustración a la que se agrega un juicio moral de alguna índole) o se propone alcanzar la perfección estilística. Las reputaciones es una obra de una belleza y una plasticidad formales notables (con la posible excepción de los diálogos entre los personajes, en general, y el soliloquio de Samanta Leal, en particular), el perfeccionamiento de una fórmula narrativa que ha hecho de su autor uno de los escritores latinoamericanos más importantes del momento y ha imbuido a su obra de un carácter clásico. Es precisamente en el mundo de la literatura clásica (más aún, pienso: en el del clasicismo literario francés) donde se deben buscar las raíces del estilo de Vásquez, la hondura de los temas que aborda, la caracterización de sus personajes, su visión del mundo, su humanismo (que lleva a hacerle decir a su protagonista: “Lo importante en nuestra sociedad no es lo que pasa, sino quién cuenta lo que pasa. ¿Vamos a dejar que solo nos lo cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas. Eso es lo que yo soy: un humanista. No soy un chistógrafo. No soy un pintamonos. Soy un dibujante satírico.”)

La suya es, en ese sentido, una visión humanista de los vínculos entre verdad histórica y representación (sea esta obra de un caricaturista o la de un escritor, que Vásquez considera implícitamente similares) en el marco de la cual la literatura tendría por finalidad exagerar, ficcionalizar y narrar la verdad histórica para hacerla comprensible; se trata de la misma forma de entender la literatura que compartieron Honoré de Balzac y Victor Hugo (y sus herederos más evidentes en el ámbito latinoamericano, que son también los maestros de Vásquez: Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes), y no importa lo que se piense sobre ella: la obra de Juan Gabriel Vásquez demuestra que esa visión puede continuar produciendo libros estéticamente valiosos y que, por consiguiente, está lejos de haberse agotado. ~