Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, de Ian Gibson | Letras Libres
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Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, de Ian Gibson

Para quien día a día, desde la adolescencia, se ha visto acompañado por la poesía de Antonio Machado Ruiz, como es el caso del autor de esta reseña, o para quien acaba de descubrir sus versos, la lectura de Ligero de equipaje será una fuente de conocimiento y afecto.

Decía Octavio Paz, en un ensayo sobre Fernando Pessoa, “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”. Durante casi cuarenta años me han bastado los poemas de Antonio Machado, los de sus complementarios y el Juan de Mairena para sentirme cerca del poeta sevillano. Pero al terminar Ligero de equipaje no sólo me resulta mucho más querido e íntimo el autor de Soledades y más cordial y entrañable el hombre que vivió entre 1875 y 1939, sino que me duele y me acompaña más profundamente su poesía, al sentirla enraizada.

Desde las primeras páginas de Ligero de equipaje, se tiene la certeza de que la vida y la poesía de Machado son parte de una corriente familiar y social del liberalismo y del humanismo español, que lucha a contracorriente desde principios del siglo XIX hasta la derrota de la República en 1939. Por esta biografía sé hasta que punto Antonio Machado pertenece a una familia de enorme prosapia intelectual y liberal. Un libro de su bisabuelo, héroe del Dos de Mayo, aparece citado y condenado por masón, liberal y adelantado al krausismo, en la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo; su abuelo fue catedrático e investigador de ciencias naturales, médico, antropólogo, político, alcalde y gobernador de Sevilla, rector de su Universidad, masón también, amigo de Francisco Giner de los Ríos, hombre honesto a carta cabal y verdadero jefe de familia; su padre, Antonio Machado Álvarez, que firmaba Demófilo, es el fundador de los estudios sobre el folclor en España.

La de Antonio Machado fue una familia de avanzada, es decir, anacrónica, desplazada por la mezquindad y la miopía de su época: al padre, por ejemplo, se le ocurren ideas que casi cien años después esgrimirán los ecologistas de Green Peace: botar un barco con científicos del folclor para oponerse a las pretensiones alemanas sobre el archipiélago de las Carolinas. Demófilo fue un lingüista de oído tan refinado como el profesor Higgins del Pygmalion de Shaw, pero fue un español sin recursos, que antes de cumplir los cuarenta ya había hecho una enorme labor y había sido derrotado por la penuria económica. En la familia del poeta se encuentran los antecedentes de su desdén por los aspectos materiales de la existencia y de su aprecio por la ética, la fraternidad y la espiritualidad. Quien lea esta biografía como la leerá, desde este siglo que comienza, se sentirá inevitablemente en otro mundo desde las primeras páginas, pues se encontrará con gente casi desconocida en nuestra época: capaces de vivir sin las zanahorias del éxito, la habitan verdaderos héroes intelectuales que huyen de “la terrible cordura del idiota”.

“Nadie es más que nadie”: Machado oyó esto, que para él fue parte del suelo de su existencia, de boca de un campesino soriano, con la predisposición de un hijo de Demófilo y de un bisnieto de un político que renunció a una gubernatura para escribir su libro, La unidad simbólica, firmado con el siguiente seudónimo: “Un amigo del hombre”. Su poesía y su vida responden con fidelidad a estos dos seudónimos familiares: Antonio Machado fue un amigo del hombre y un amigo del pueblo.

Machado se ha convertido, sin haberlo querido, pese a su pudor, a la sequedad y a la grisura aparente de su vida, en una de las figuras emblemáticas del siglo XX, en una especie de santo laico que unió con humildad y modestia la poesía con la filosofía. Su vida termina con la Guerra de España y se funde con un humanismo que pareció acabado, justamente, con la derrota de la República Española. Entre las figuras éticas del siglo que apenas han desaparecido, pertenece a los héroes de la sabiduría y de la santidad, y no a los de la juventud y del entusiasmo. Es, para nosotros sus lectores, por encima de todo, un gran poeta a cuyos versos recurrimos para hacer nuestra vida mejor: más honda y más fraterna. Su biografía no sólo nos interesa porque sean para nosotros esenciales sus poemas, sino porque a través de ellos entrevemos a un ser humano único, bondadoso y sabio. Y entrevemos una leyenda. La leyenda está compuesta alrededor de la obra en verso y en prosa de él y de sus complementarios, Abel Martín y Juan de Mairena, pero también del enigma de su relación con Guiomar. Y sobre todo de su posición en la Guerra de España.

Hay poetas que ganan con una buena antología de sus versos. Hay hombres que se justifican por un sólo momento de sus vidas. La obra poética de Antonio Machado pide leerse completa, adquiere su verdadero sentido en la continuidad y no en el momento, por eso los números romanos que hacen difícilmente localizable un poema, por eso las secciones que se repiten en dos libros diferentes, por eso su aparente monotonía. Lo mismo que su obra, la vida de Machado gana al contemplarla completa: Machado es un paladín de la duración, del “hoy es siempre todavía”, de la unidad porvenir-presente-pasado. Por eso el lector de Machado necesita, para comprenderlo, una biografía como Ligero de equipaje de Ian Gibson, donde se destaque la continuidad de una conducta vital sobre cualquier hecho particular. La complejidad de la poesía y de la vida de Machado está en la profundidad de una actitud continua, y no en la contradicción entre una etapa y otra de su vida o entre un libro y otro.

Si la vida de Federico García Lorca, otro de los poetas biografiados por
Gibson, se interrumpe con su fusilamiento, adquiere toda su dimensión simbólica con eso mismo y se distingue por su precocidad, el caso de Machado es lo contrario: parece, pese a que no es del todo viejo al morir, que la muerte le llega cuando ya no tiene sentido su vida. Machado se caracteriza por ser tardío en todo, por vivir muy lentamente. Los vínculos existentes entre la vida y la poesía de Machado subyacen debajo de las anécdotas y de los episodios biográficos. Particularmente sensible al sitio donde vive, toma de éste el alma para hacer su poesía, pero es capaz de captar el alma de las pequeñas ciudades campesinas, Soria y Baeza, y no la de París donde también vivió, ni siquiera la de Madrid, donde pasó gran parte de su vida. Los escenarios de su poesía son el paisaje rural, el jardín, el patio con la fuente, pocas veces la calle o el cuarto. Es un poeta de la baja velocidad, de la humildad y de la espera. Se merece una biografía como ésta: de más de setecientas páginas, minuciosa y delicada.

Creo que el mérito de Ligero de equipaje es haber reconstruido una vida sin hacer lo que Juan de Mairena expresaba como una posibilidad y que es la garantía del éxito de muchas biografías al uso: “También lo pasado puede recrearse negativamente para desdoro o disminución de lo que fue; y ello es muy frecuente: tanto es demoledor y enemigo de grandezas el celo de algunos averiguadores.” Gibson es un averiguador que, sin dejar de examinar los hechos, no rebaja. Averigua o escribe lo que los otros averiguaron, y deja, no sólo tan completo a Machado, sino más particular y humano y no menos sabio y bueno. Ligero de equipaje es, para mí, terreno fértil para la imaginación: se nota que Gibson, en aras del rigor biográfico, refrena la especulación; pero nada obliga al amante de la poesía de Machado a hacer lo mismo: con base en esta biografía, puedo irme por los cerros de Úbeda de la imaginación y bendecir, como lector, la vida pobre de Machado, y pensar qué habría sido de su obra sin la muerte prematura de Leonor o sin la esquivez de Pilar de Valderrama; sin Guiomar, sin Soria y sin Baeza.

La leyenda de Machado tiene su punto de apoyo más frecuentado en el poema “Retrato”; no hay periodista o testigo que no se refieran a él al describir a Machado. Por otra parte, el poema de Rubén Darío titulado “Antonio Machado” no hizo sino reforzar y darle destello a esta leyenda de hombre fantasmal y despistado, bueno y triste; el mismo Juan Ramón Jiménez, a veces con no poca mala uva, no hizo más que ahondar literariamente en eso del “torpe aliño indumentario”. Yo imaginaba a Antonio Machado, por estos versos del mismo “Retrato”: “Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho donde yago”, como alguien que se ganaba la vida desde muy joven. Sin que altere mi visión del poema, ahora sé, gracias a Ian Gibson, que su entrada en la vida laboral fue tardía y que este poema es contemporáneo de su primer empleo estable: su cátedra soriana, a los 33 años. En efecto Machado, vale la pena recalcarlo, es un tardío, un partidario de la duración: logra el bachillerato a los veintiún años, y la licenciatura y el doctorado mucho más tarde, más allá de los cuarenta y siendo uno de los poetas más reconocidos de España.

Gibson toma en cuenta muchos poemas de Machado y con ellos da luz a algunos hechos esenciales de su vida, pero casi no considera algunos fragmentos de su “Juan de Mairena”, para entender en toda su plenitud algunas actitudes machadianas arraigadas toda su vida y depuradas en las páginas del profesor apócrifo. No obstante, Ligero de equipaje rebosa, para goce del lector, de versos y de poemas completos que se entrelazan con los sucesos y vicisitudes de la vida de nuestro poeta, ahora, gracias a esta biografía, todavía más nuestro. Gibson teje ambos hilos con amor y con pudor, pero también con verdad. Nos lleva por la historia de España siguiendo a un personaje entrañable y único, autor de versos simbólicos y eternos, pero muy apegados a las circunstancias. Capaz de hacerse una leyenda sin quererla a base de hacer las cosas bien y ser él mismo.

No creo que la vida de Machado haya sido feliz, ni creo que él se lo propusiera; sin embargo fue una vida alta y ancha como la meseta castellana, que atemperó sus raíces andaluzas y que también moderó su modernismo: de la vida de personaje internacional y diplomático de Darío a la del profesor de francés en Soria y Baeza, hay un abismo. Machado nunca tuvo casa propia y sus noches fluctuaron entre el techo de la pensión o de la posada a los de los departamentos con su madre y sus hermanos. Sus padres se mudaron del célebre Palacio de las Dueñas cuando él tenía apenas cinco años, y no paró de mudarse él y su familia hasta su muerte. Gibson cree que la clave de este verso: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, es que su infancia empezó con los recuerdos de este patio; si es así, su añoranza del paraíso se dio muy pronto y con ella, junto a la visión de su belleza, la angustia de saberlo perdido: “Y con la mágica angustia de la infancia / la vigilia del ángel más austero.”

Antes de leer esta biografía pensaba que hasta cierto punto los años en Soria, Baeza y Segovia fueron una elección y no un exilio forzado por la falta de títulos académicos de Antonio Machado. Ahora sé cuánto se revolvió contra estos destinos y cuán inútilmente, pero también estoy seguro de cuánto ganó su poesía y su pensamiento con estos destierros del mundo literario, de la corte y de la familia; de igual manera, no sé si Guiomar le hizo bien a Machado, es decir, si le dio tramos de felicidad o algo parecido, pero para la poesía y para nosotros, sus lectores, es una aparición milagrosa. Pilar de Valderrama, lectora de Dante, ¿se presentó esa noche a Machado en Segovia, con la premeditación, la alevosía y la ventaja de ser su Beatriz? Las páginas dedicadas a Guiomar por Gibson son apasionantes y revelan como pocas el concepto machadiano de lo apócrifo y de las virtudes mejoradoras del poema y de la memoria; a esta etapa, a esta trasformación de Pilar en Guiomar, se aplican con plenitud estos versos de Machado: “De cuántas flores amargas / he sacado blanca cera.” Gibson no intenta que Guiomar se nos haga entrañable o simpática, creo que la empresa es imposible. Sentimentalmente, para este lector, casi habría sido preferible saber menos de ella, pero el conocimiento de su relación con Machado me revela, como pocas cosas, el vínculo intrincado y laberíntico que suele haber entre los poemas y los hechos de los que surgen. Si bien la historia de Machado y Leonor es romántica, entrañable, delicada, la de Machado y Pilar de Valderrama es una fuente de poesía pero frustrante para Machado y muy seca. La herida se hace más honda cuando Pilar, junto con su marido, poco antes del pronunciamiento militar, huye de Madrid hacia el Portugal de Salazar y posteriormente hacia la zona franquista; allí, por cierto, coincide con Manuel Machado, a quien ha sorprendido el 18 de julio en Burgos y quien se convertirá, no obstante su raigambre republicana, en cantor oficial de la otra España –un dolor más para Antonio Machado.

Los capítulos más conmovedores de Ligero de equipaje son los de la Guerra Civil y los del breve exilio y la muerte del poeta, los más misteriosos y fértiles para la especulación son los dedicados a Guiomar, los menos explotados son los de la corta bohemia de Antonio Machado y de su preparación poética. ¿Cómo de pronto surge, al lado de la poesía de Manuel, la de Antonio? Otro misterio: ¿de qué época y con quién es su primer desengaño amoroso, que marcó tanto su vida como su poesía? A veces Gibson insinúa que fue antes de abandonar el palacio de las Dueñas, junto a la fuente y al alcance de un limonero... ¿antes de los cinco años?

En un poeta tan concentrado, de vida tan esencial, tan renuente al gesto y al espectáculo, parecería cumplirse a plenitud el aserto de Paz, de que la verdadera biografía de un poeta está en sus versos. Gracias a Gibson, ahora sé que esto no es completamente cierto: de todo poeta se puede hacer una biografía que dé relieve o fondo a sus versos, siempre que la haga alguien enamorado de su poesía: qué emotivo paseo, pleno de alma y de sentimiento realiza el biógrafo irlandés por la vida del sevillano. Leyendo esta biografía se penetra, con la poesía de Machado, en la geografía y en la historia de España. Después de leer Ligero de equipaje, sigo pensando que todo poema se independiza del momento biográfico que lo engendró, y, sin embargo, ahora sé cuánto gana uno, no el poema, al conocer la vida del autor y vincularla a su obra.

Antes pensaba, por ejemplo, pese a ser un asiduo lector de Jorge Guillén, que ni el carácter de su poesía ni su vida ameritaban una biografía, como en cambio sí la pedían la poesía y la vida de Luis Cernuda. Ahora, a partir de este libro, pienso que la vida de todo gran poeta puede ser sumamente interesante, siempre que se asome a ella un virtuoso de la historia y un lector apasionado de su obra poética. En este sentido, cómo me gustaría leer, después de esta biografía, otra, quizás más breve, escrita por el mismo Gibson, de Manuel Machado. Me conformo con menos: sería interesante, para la próxima edición, una coda que nos contara la dispersión y consiguiente destino de todos los hermanos Machado, incluyendo a Manuel. Curiosamente, en un libro de más de setecientas páginas, yo añoraría otras ciento cincuenta. Se nota que Gibson sabe muchas cosas más. Me quedo con hambre. ~