Las verdades frágiles | Letras Libres
artículo no publicado

Las verdades frágiles

Juan Gabriel Vásquez

La forma de las ruinas

Madrid, Alfaguara, 2016, 560 pp.

En marzo de 2014 entrevisté a Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) en la residencia de escritores de la Fundación Passa Porta de Bruselas. Durante la entrevista no hablamos del libro en que Vásquez estaba trabajando sino del que acababa de salir, Las reputaciones (2013). Recuerdo, sin embargo, que antes de empezar a conversar Vásquez abrió un sobre recién llegado que contenía un libro de Emmanuel Carrère. Después, apagada la grabadora, él mismo descorrió el velo un tanto más, confiándome que poco antes un capricho de la fortuna había puesto en sus manos el cráneo de Rafael Uribe Uribe, el legendario general liberal que sirvió de modelo para el coronel Aureliano Buendía.

El método narrativo de La forma de las ruinas –la novela que estaba cobrando forma en Bruselas– se acerca, efectivamente, al de las investigaciones literarias de Carrère, y sí, su materia se extrae, una vez más, de las fosas de la historia colombiana. Respecto a lo primero, cabe aclarar de entrada algo, y es que desde el bestseller El ruido de las cosas al caer (2011) se ha disipado esa ansiedad de la influencia tan palpable todavía en Historia secreta de Costaguana (2007), novela en la que Vásquez se enfrentó a las sombras de Joseph Conrad y Gabriel García Márquez. Por supuesto y por suerte, en las obras más recientes las influencias siguen allí, pero sobre ellas se impone una poética inmediatamente reconocible: el sello vasquiano.

Así ocurre en La forma de las ruinas. En las páginas iniciales, en un tono grave y una prosa precisa, el narrador en primera persona recuerda la última imagen que tuvo de un tal Carlos Carballo: lo vio en un noticiero tras ser arrestado por intentar robar el traje de paño del político liberal Jorge Eliécer Gaitán, cuyo asesinato en 1948 fue la chispa que hizo estallar el polvorín de la violencia colombiana. Desde este momento sospechamos que el “informe” del narrador será la crónica de los cruces entre su vida y la de Carballo, y sospechamos también que terminarán inmiscuyéndose los fantasmas de la historia colombiana. Pero hay una novedad: por primera vez el narrador se llama Juan Gabriel Vásquez. La ambigua máscara autobiográfica sugiere que el autor se ha atenido más que nunca a la realidad. Contribuyen a la suspensión de la incredulidad las imágenes con que ilustra, a lo Sebald, su investigación.

La primera mitad del libro reconstruye la historia detrás de la novela. Vásquez se remonta a su época de estudiante de derecho para rastrear las raíces de su fascinación por la figura de Gaitán. Al mismo tiempo refiere sus primeros desencuentros con Carballo, uno de los cuales concluye en la jugosa escena en que arroja un vaso de whisky a la cara del que será su principal informante. Lleno de paréntesis históricos, autobiográficos y literarios –los más memorables son los recuerdos del preocupante nacimiento prematuro de sus hijas gemelas y el bello homenaje al escritor colombiano R. H. Moreno-Durán (1945-2005)–, este elaborado making of es otro de los recursos destinados a conferir credibilidad a la historia propiamente dicha. Cuando Vásquez por fin llega a contarla (cuando por fin presta oídos a Carballo y sus teorías de la conspiración) posiblemente más de un lector desprevenido ya haya tirado el tocho. Pero los que conocemos al autor confiamos en que las digresiones y la dilación estén en función de lo que se nos aguarda. La paciencia no solo se recompensa con un paranoico relato policiaco histórico, sino con un testimonio que lleva la marca de fábrica de Vásquez, la del fatídico choque entre los acontecimientos públicos y privados. En estos dos libros dentro del libro acaban saliendo de sus fosas los fantasmas de los próceres Uribe Uribe y Gaitán.

A lo largo de la novela Vásquez va aludiendo a sus narraciones precedentes, echando de paso un cable hacia sus columnas, sus ensayos más emblemáticos (“Literatura de inquilinos”, por ejemplo) y sus entrevistas. Fiel a la convicción de que toda novela es una tentativa de corrección de las ficciones previas tanto propias como ajenas, La forma de las ruinas canibaliza y critica esos escritos anteriores. No los anula, sino que los interrelaciona, poniendo en evidencia que forman parte del mismo universo literario regido por unas cuantas obsesiones: la paternidad y las genealogías, los juicios, la presencia del pasado, la caída trágica, la búsqueda de las “verdades frágiles como un niño prematuro, verdades que no se pueden defender en el mundo de los periódicos y los libros de historia”. La diferencia estriba en que aquí Vásquez finalmente da en el clavo de esa cuestión latente en las novelas anteriores: ¿en qué momento se jodió Colombia?

Tan exigente consigo mismo como con sus lectores, Vásquez siempre evita dormirse en los laureles. A sus veintisiete años se reveló como un cuentista de talento con Los amantes de Todos los Santos; después publicó novelas aplaudidas y ensayos perspicaces e incurrió, con Las reputaciones, en el género de la novela corta. Pero le faltaba escribir una de esas novelas grandes, un loose baggy monster, como él las llama siguiendo a Henry James. El resultado es una obra no exenta de una cierta nostalgia de las novelas totales del boom y a la vez plenamente consciente de que a los narradores del siglo XXI les queda la tarea de reflejar las ruinas de América Latina. ~