Las tres fábricas de Stefan Zweig | Letras Libres
artículo no publicado

Las tres fábricas de Stefan Zweig

George Prochnik

El exilio imposible. Stefan Zweig en el fin del mundo

Traducción de Ana Herrera Ferrer

Barcelona, Ariel, 2014, 340 pp.

Stefan Zweig (Viena, 1881-Petrópolis, 1942) fue un autor tremendamente prolífico. Él mismo llegó a decir que lo que más le costaba era eliminar párrafos que pudieran resultar superfluos. Además de unas veinte o treinta mil cartas, Zweig, que empezó a escribir muy joven, pues ya era famoso a los veintiuno, publicó ensayos, dramas, biografías e incluso un libreto, así como poemas, artículos para suplementos culturales de periódicos y revistas, prólogos a las obras de otros autores, relatos y novelas cortas. Su éxito, además de temprano, fue siempre arrollador. De su libro Momentos estelares de la humanidad se vendieron en poco tiempo doscientos cincuenta mil ejemplares. De la biografía de Fouché, para la que él mismo contaba con una escasa repercusión entre el público, porque, como dijo, no contenía una sola aventura amorosa, cincuenta mil en un año. Solo en Alemania. Su obra se tradujo enseguida a más de cincuenta idiomas.

En su biografía del austriaco, aparecida en inglés en 1972 y ampliada en la versión alemana con motivo del primer centenario de su nacimiento, el crítico inglés Donald A. Prater cuenta que cuando Anton Kippenberg, director de la editorial Insel, se enteró de que Zweig, autor de la casa, era copropietario, junto con su hermano Alfred, de una floreciente empresa, la fábrica textil de su padre, una de las más importantes en Austria por aquel entonces, bromeando, preguntó: ¿Cómo? ¿Zweig tiene otra fábrica?

Años después, iniciada ya la Segunda Guerra Mundial y muy avanzada la catástrofe europea, su muerte voluntaria, junto a su segunda esposa, Lotte Altman, el 22 de febrero de 1942 puso en marcha una tercera industria. La de los libros y artículos que se han escrito desde entonces y aún se escriben en torno a ese momento crucial al que nadie más asistió y que pocos parecen dispuestos a entender.

George Prochnik, profesor de literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha querido indagar en la suerte que corrieron los miles y miles de personas que huyeron de Alemania y de algunos de los países vecinos durante los años treinta y cuarenta, empujadas por la amenaza y los crímenes del régimen nacionalsocialista, como le ocurrió a su propia familia. Y lo ha hecho centrándose en la figura de Stefan Zweig, al que se considera el exiliado fracasado por excelencia. Ahí está una de las virtudes del libro y uno de sus mayores defectos, porque El exilio imposible acaba por convertirse en una colección casi interminable de anécdotas, algunas hermosas, como la de los baúles con ruedas que utilizaban los judíos de la Edad Media en su huida sin fin, pero otras muchas sin interés. Un largo surtido de comentarios, rumores y detalles, a veces intrascendentes, como que el matrimonio Zweig durante su estancia en Nueva York visitara el Cotton Club y fuera de compras a Macy’s. No faltan los chistes ni las apreciaciones excesivamente personales, como la de reprochar a Zweig que en el momento de su muerte “crease una situación en la que su joven esposa […] sintiera que no tenía otra elección que acompañarle”. Una sucesión tan agitada que el libro acaba por recordar a una de esas frenéticas metrópolis americanas que tanto angustiaron a quienes entonces escapaban de la barbarie europea. ¿Es intencionado? ¿Para crear ambiente? Más bien parece el resultado de una escritura precipitada.

Sin embargo, Prochnik trata cuestiones de enorme importancia, no solo la del exilio, también las que tanto preocuparon a su protagonista, como la defensa de la tolerancia, la libertad o el cosmopolitismo frente a lo que Martin Buber llamó “la bestia sarnosa del nacionalismo” y la responsabilidad del artista o el intelectual frente a los acontecimientos que le toca vivir. Y lo hace desde un punto de vista amplio, incluso generoso, al no aceptar, en este último caso, el discurso maniqueo según el cual artistas e intelectuales tienen una única opción cabal: la de manifestar pública e inmediatamente su postura frente a cada suceso. Cuando el horror se puede denunciar también eficazmente de forma indirecta, como han hecho tantos autores, Kafka o Dostoievski, entre otros, y el propio Zweig, desde la alegoría intemporal. Por ejemplo, en el que probablemente sea uno de sus mejores libros y uno de los menos conocidos, Castellio contra Calvino.

No falta en El exilio imposible, título, por lo demás, muy acertado, la dosis necesaria de detalles amorosos e incluso sexuales para no defraudar al lector ávido de ese tipo de información, utilizando casi como única fuente las memorias de Friderike, la primera mujer de Zweig, o chismorreos de vecinos y compinches de café. En cambio, Prochnik apenas habla de un libro que debió de influir en la decisión del austriaco de poner fin a su vida, una biografía que estaba escribiendo por entonces. La de Michel de Montaigne. El humanista francés, al que Zweig leía como un descubrimiento tardío, postula la muerte voluntaria como forma suprema de libertad. “La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra”, dice en los Ensayos, cita que el austriaco recoge en su libro inacabado.

A la vista de las amargas dificultades que tuvieron que afrontar los exiliados, lo sorprendente no es que Stefan Zweig, un hombre generoso, al que le dolía la humanidad, que escribía con tinta violeta y estaba acostumbrado a no viajar sin su frac, pero que terminó en una estrecha cama de hierro, comido por los insectos, con la dentadura postiza en un vaso y la ropa arrugada, se suicidara con una dosis de Veronal en un remoto rincón de Brasil o que Joseph Roth bebiera alcohol hasta reventar de una forma miserable en un hospital de París, sino que no lo hicieran muchos más escritores. Como bien dice Prochnik, Zweig era un pesimista y tenía razón.

La última imagen del libro, esa breve descripción de una ventana con la pintura del marco descascarillada y unos insectos patas arriba en el alféizar, bajo los hilos colgantes de una vieja telaraña deshecha, es magnífica. Quizá Prochnik tenga, como el propio Zweig, excesiva facilidad a la hora de escribir, y no tanta para eliminar frases, párrafos o incluso páginas enteras. Sin embargo, hay que perseverar en el análisis de todas estas cuestiones, aunque sea de manera torrencial. Volver sobre ellas siempre. Reflexionando una y otra vez. ~