Las pruebas de un crítico | Letras Libres
artículo no publicado

Las pruebas de un crítico

En un memorable pasaje sobre la teoría y sus fiascos, crea la figura del “cuervo teórico” y responde con los bríos del far west a la pregunta “¿Qué queda de las teorías literarias?”

El error del acierto. Contra ciertos dogmas latinoamericanistas, de Wilfrido H Corral. Valladolid: Ediciones de la Universidad de Valladolid, 2013. 262 páginas.

 

Si estos artículos hubiesen sido firmados por quince autores que mantuvieran la misma recrudecida actitud, estaría dado el libro que haría caer los edificios de discurso latinoamericanista que se levantan en tiendas universitarias. Al ser el solitario Wilfrido H Corral quien se encarga todas las batallas, los alegatos pierden potencia pero no efectividad. Es difícil, en medio del diálogo de sordos del que ya se quejaba Emir Rodríguez Monegal, que alguien acuse recibo de semejantes golpes. A los intelectuales de distinto rango la corrección obliga a establecer rápidos consensos, a mantener arreglos que conservan la estabilidad de sus sillas. Corral, por el contrario, se niega a la pasividad y al conformismo, se opone al pensamiento gastado y con ello responde a la pregunta de cuál es la función de la crítica y el lugar del intelectual.

En el conjunto de estudios y ensayos que reúne en esta edición ampliada de El error del acierto, persigue dos objetos suficientemente arraigados en la literatura: los estudios culturales y la llamada “teoría”. Para empezar, la descripción del ámbito en el que se mueven los “culturólogos” y los fundamentos en que se sustentan es trituradora. Corral habla de “‘generalistas’ moralizantes que hacen un uso anticívico de la prosa”, y concluye, luego de observaciones ajustadas, que los estudios culturales hispanoamericanos, “tres actos en una drama inflexible”, “no son ni estudios, ni culturales, ni hispanoamericanos”. Para medir la trayectoria del grave asunto que trata regresa a trabajos que, venidos de la migración europea al continente a fines de los 30, renovaron los campos metodológicos e impulsaron nuevos estudios de la literatura. Corral avanza hacia la época en la que los investigadores cruzaban, con buena prédica, del sur al norte, y ese trayecto, esa derivación de la crítica de un punto a otro es tratado a lo largo del libro. Aunque pudo ser “contra la diletancia”, “contra los difamadores”, “contra los olvidadizos”, el subtítulo se acota al análisis general: “contra ciertos dogmas latinoamericanistas”.

Wilfrido Corral obtuvo un doctorado en Columbia cuando la “alta teoría” de Occidente tomaba posición académica en el lugar que dejaban los filólogos disciplinados, los críticos exigentes para construir literaturas y los grandes escritores de la lengua. Hizo su tesis sobre la obra de Augusto Monterroso y desde entonces, con un utópico y nada pesimista sentido de la comedia, es un testigo del devenir latinoamericano en la academia estadounidense, en los laboratorios de los que se desprenden modelos de producción que caen como un deshielo en el resto de América. En un memorable pasaje sobre la teoría y sus fiascos, crea la figura del “cuervo teórico” y responde con los bríos del far west a la pregunta “¿Qué queda de las teorías literarias?”. En tono admonitorio carga contra la ignorancia de la historia, de la literatura y de la filosofía, muestra que la “teoría contemporánea” es un “engatusamiento” envuelto en un paquete retórico, y su fin (se apoya en el encubierto crítico Thomas H Benton) una “apuesta de bobos”. La insistencia de Corral, coeditor de la voluminosa antología Theory’s Empire, aparato de medición del resto, no es negar  la teoría ni a sus practicantes de primera línea, sino evaluar las descendencias perdurables, los “émulos de baja categoría” que acabaron el fundido de los dogmas latinoamericanistas, inmunes a la crítica.

Sobre todo en la primera parte del libro, ceñida a asuntos de culturalismo y teoría, Corral toma el hábito de la caricatura inglesa, y en las maneras del estilo, en el ritmo de lanzar desacuerdos impone una cadencia cáustica y desafiante. Si el fondo de estos artículos es certero, ni anglosajones ni hispanoamericanos darán respuesta a sus planteos. Corral sabe que coloca un libro en una zona que causa irritación y molestia, incluso heridas. El Error del acierto es hereje y termina (tal vez lo hace de punta a punta) con un tributo a Monterroso, a quien le habría agradado que el trabajo del crítico consista en “luchar contra las ortodoxias que nos pasan gato por liebre”. Cuando Corral introduce temas en los que corresponde identificar el lugar desde el que escribe, toma el pasaporte de un ecuatoriano que vive en Estados Unidos y habla dos lenguas. En la segunda parte del libro (“¿Latinoamericanizar la crítica?”) impone seriedad para tratar con Fernández Retamar, Monsiváis, José Balza, González Echeverría, Vargas Llosa, Moreno-Durán. Baja la tónica biliosa aunque continúe ligado a los problemas del culturalismo y la teoría, aspectos de la traducción literaria en un sentido amplio.

Los artículos van de la monografía de investigación y crítica a textos que tienen forma de extenso comentario, de reseña. Al juntar exhaustivamente fragmentos, fuentes, voces de registro variado, y al lidiar empecinadamente con ideas cimentadas, abriéndose a distintos tipos de lector, Corral se acerca a la vivacidad de Monsiváis, “nuestro HL Mencken” de la crónica. Con El error del acierto es el Mencken de la crítica. A su manera, como reconoce en el escritor mexicano, viene a curar: de momento, el mal de la inmovilidad y la hipotermia.