La vida irónica | Letras Libres
artículo no publicado

La vida irónica

Gary Shteyngart

Pequeño fracaso

Traducción de Eduardo Jordá

Barcelona, Libros del Asteroide, 2015, 440 pp.

De niño Gary Shteyngart leía dos revistas: The National Review, el New Yorker de los republicanos conservadores estadounidenses, y la revista de ciencia ficción de Isaac Asimov, a la que enviaba relatos que nunca se publicaban. Su precoz republicanismo era herencia de su padre, un judío ruso fan de Reagan y de Israel. Su faceta de escritor venía de su abuela, que le motivaba a escribir con el incentivo de un trozo de queso por cada capítulo terminado. La “novela” surgida de ese experimento conductista es una historia de ciencia ficción en la que Lenin resucita en Leningrado (ahora San Petersburgo) e invade Finlandia con un ganso parlante. La secuela, como toda secuela de serie b, es en el espacio: Vladímir Ilich Lenin conquista Andrómeda.

Lenin es parte de la educación sentimental de Gary Shteyngart. En Pequeño fracaso, su autobiografía, todo vuelve a él, como vuelve a Rusia y a la figura del padre autoritario. Shteyngart nació en Leningrado en 1972, cerca de la imponente estatua de Lenin de la plaza de Moscú. Se llamaba Igor y era un judío bajito, asmático, introspectivo y sentimental. Su padre le pegaba collejas y lo llamaba mocoso. Su madre lo quería pero lo manipulaba con sus silencios. Cuando en 1979 la familia emigró a Estados Unidos, gracias a un acuerdo de intercambio entre Jimmy Carter y Brézhnev (cereales y tecnología punta por judíos rusos), el pequeño Shteyngart añadió a sus problemas de asimilación en su entorno y familia el de la asimilación en otro país y cultura. El cambio de nombre era un pequeño primer paso de esa integración. Igor recordaba al ayudante de la película El jovencito Frankestein. Ya tenía demasiados problemas con su acento en un país obsesionado con la Guerra Fría y con los malvados rusos.

Al menos hasta la universidad, la vida de Gary Shteyngart es un constante esfuerzo por integrarse en Estados Unidos. Pronto descubre que puede utilizar su sentido del humor para sobrevivir: “el humor es el último recurso del judío acosado, sobre todo si quienes lo acosan pertenecen a su propia raza”. Los niños de la escuela judía abusan de él, se ríen de su acento ruso, lo llaman empollón. Shteyngart responde contándoles historias y haciéndoles reír. Se convierte en el novelista de la clase: su profesora descubre su talento y organiza en el aula una lectura semanal de sus novelas de ciencia ficción. A sus compañeros les fascina y le exigen que escriba más.

Shteyngart se ríe constantemente de sí mismo. Oculta su falta de autoestima con el humor. Aunque mantiene esa autoflagelación irónica, Pequeño fracaso es una búsqueda seria de las raíces de su eterna insatisfacción. Con la escritura, el joven Shteyngart descubre la mejor manera de ser querido, pero también la forma más sincera de explorar sus traumas. Tras estudiar liberal arts en la Universidad de Oberlin, donde aprende a compaginar el alcohol y las drogas con la escritura, se sumerge en una depresión que lo bloquea. La ironía constante comienza a enervar a sus cercanos y ya no le sirve como protección. La insistencia de un buen amigo, que lo convence de que acuda a un psicólogo, lo salva. Escribe su primer libro, consigue ligar tras varios años sin tener pareja y, tres aclamadas novelas después, se enfrenta con su autobiografía a los problemas que no pudo afrontar con la ficción. Pequeño fracaso es también un ensayo sobre sus novelas. Hay escenas en el libro que ha utilizado en su ficción, especialmente en El manual del debutante ruso, su primer libro, publicado en 2002. Buena parte de esta autobiografía se puede leer como la historia que le llevó a escribirlo. Pero sobre todo es una manera de volver al padre autoritario, la madre manipuladora y el Lenin de la plaza de Moscú en Leningrado. La vida novelada de Shteyngart fluye con soltura entre la ligereza y la ironía y la solemnidad con la que afronta sus problemas psicológicos. No cierra las heridas sino que las pone en contexto. No quiere certezas ni cierres terapéuticos: “En mis novelas suelo acercarme a ciertas verdades solo para alejarme a toda prisa para volver a mi vida segura y tranquila. En este libro me he prometido que no iba a señalar nada con el dedo. Y que mis risas iban a ser intermitentes. Y que no iba a haber seguridad de ningún tipo”.

En una famosa reseña, la crítica del New York Times Michiko Kakutani escribe que “la actual fiebre por la memoria ha extendido la creencia de que la confesión es terapéutica, la terapia es redentora y la redención es arte, y ha alentado la falsa idea de que la sinceridad, la osadía y la desvergüenza son sustitutas del trabajo artístico, que la vida expuesta es lo mismo que la vida examinada”. Kakutani, que ha elogiado la obra de Shteyngart, escribió esto en 1997, mucho antes del éxito de Knausgård y la literatura autobiográfica y testimonial. Las escenas finales de Pequeño fracaso resumen la elegancia, sencillez y falta de autoindulgencia con la que Shteyngart narra su vida. La familia se reúne en San Petersburgo. Visitan la tumba del abuelo fallecido en la Segunda Guerra Mundial, recuerdan la vida en la urss, se lamentan del estado actual de la ciudad. No hay un gran cierre ni un gran acontecimiento redentor. Rezan el kadish por el abuelo muerto y el amén final está escrito en hebreo, ruso e inglés. ~