La última función | Letras Libres
artículo no publicado

La última función

David Grossman

Gran Cabaret

Traducción de Ana María Bejarano

Barcelona, Lumen, 2015, 240 pp.

Consciente de que los grandes dramas no solo ocurren en los campos de batalla, en los palacios o en los parlamentos, sino también “en las cocinas, en los dormitorios o en los cuartos de niños”, David Grossman (Jerusalén, 1954) ha abordado en sus novelas temas de índole diversa: los celos patológicos de un hombre por su mujer, los niños vagabundos en Jerusalén, la soledad del héroe bíblico Sansón, las relaciones entre madres e hijas. Temas íntimos, privados, relacionados con seres humanos cuyas vidas se ven acompañadas o sobrepasadas por circunstancias que no han elegido.

La trayectoria literaria de David Grossman comienza con publicaciones de libros para niños y jóvenes, se desliza hacia el ensayo político, pero escoge las novelas para abordar aquellos temas que, según sus propias palabras, caracterizan una literatura que quiere documentar con la máxima resolución posible la vida en Israel. Para la crítica, esta carrera culmina en La vida entera, una novela que, según su autor, “retrata la manera en que la violencia externa y la crueldad de la realidad general, política y militar penetran el tejido blando y vulnerable de una sola familia”. Terminó de escribir el libro más o menos en el tiempo en que su hijo Uri, que estaba al mando de un carro de combate, fue abatido por un misil lanzado desde Líbano por Hezbolá el 12 de agosto de 2006, dos días después de que el propio Grossman, junto con Amos Oz y A. B. Yehoshúa, pidiera un alto el fuego al gobierno de Ehud Olmert.

La muerte del hijo cambió a Grossman. La vida se hizo “un infierno en cámara lenta”. Pero la literatura, la escritura, la necesidad de comprender a través de la palabra, lo acompañó: “Si tengo que sufrir –le dijo a Jonathan Shainin en The Paris Review– quiero comprender mi situación a través de la escritura.” Escribió la elegía a Uri, que le enseñó “que debemos defendernos, sin duda, pero en los dos sentidos: defender nuestras vidas, y también empeñarnos en proteger nuestra alma, empeñarnos en protegerla de la tentación de la fuerza y las ideas simplistas, la distorsión del cinismo, la contaminación del corazón y el desprecio del individuo”. Y publicó otras obras: Delirio (2010), Más allá del tiempo (2012), Escribir en la oscuridad (2013), Conocer al otro por dentro o el deseo de ser Gisela (2013), El abrazo (2013).

Grossman no deja nada al azar en Gran Cabaret. El escenario del cabaret se ubica en Cesarea, antigua ciudad de Israel construida por el rey Herodes, que aparece detallada en las Antigüedades judías y La guerra de los judíos de Flavio Josefo por ser el lugar donde se produjo la primera de las tres rebeliones de los judíos contra los romanos, que terminó en Masada en el año 73, cuando los defensores de la fortaleza cometieron un suicidio colectivo al advertir que la derrota era inminente. Y más concretamente en Natanya, Netanya o Netanhia: “con la mano en el corazón, cómo me muero, me re-que-te-mue-ro por Natanya”. Natanya es una palabra capaz de evocar distintos sentidos (Grossman ha señalado: “todos los residuos de nuestra historia se conservan en el hebreo”). Natanya, literalmente “regalo de Dios”, es el nombre del padre de Ismael, asesino de Godolías, gobernador de Judea, y el nombre de uno de los descendientes de Asaf, un músico que sirvió en el Tabernáculo, y el de uno de los levitas que fueron enviados por el rey Josafat para enseñar la Ley de Dios al pueblo de Judea. Natanya consta de dos elementos (el final de los cuales es Yah, forma abreviada de Yahveh) y aparece unas dos mil veces en la Biblia, con significados relacionados con tres acepciones: “dar”, “poner” o “asentar” y “hacer” o “constituir”, tal y como ocurre en Jeremías 9:10: “Y de Jerusalén haré (natatí) montones, una guarida de chacales, y haré (natatí) de las ciudades de Judá una desolación, sin dejar habitantes.” Por último, una de las formas, Netanyahu, se corresponde con el nombre del actual primer ministro de Israel.

La carga simbólica de Gran Cabaret aparece ya al principio, seguida por la referencia a momentos históricos más concretos y directamente relacionados con la vida del personaje que hace de sus heridas anímicas un espectáculo amargo y sarcástico. El protagonista, Dóvaleh Grinstein, fue engendrado en el momento en que estallaba la Guerra del Sinaí por un padre que era seguidor de Jabotinsky, el líder del ala derecha tradicional del sionismo, y una madre sobreviviente de la Shoá; vivió la Guerra de los Seis Días y ha sufrido el renacer del antisemitismo en forma de antisionismo.

Dóvaleh tiene 57 años y está enfermo de cáncer de próstata. Lleva tres divorcios a cuestas, es padre de cinco hijos a los que debe mantener y cuando se encuentra ante una situación difícil tiene la costumbre de caminar con las manos. Entiende el espectáculo como una forma de provocación cáustica que se ceba especialmente en una mujer del público, “la mujer diminuta”. En su última función pasa cuentas a una vida marcada por la marginación y por una herida que sufrió cuando se hallaba en un campamento militar y de la que quiere hacer partícipe al público y, en especial, al narrador.

El narrador ha sido, al parecer, alguien importante en la vida de Dóvaleh Grinstein. Es un juez que carga con sus propias heridas: la muerte de su mujer y un carácter irascible que le obligó a abandonar su trabajo. Compartió un año de clases particulares de matemáticas con el cómico y, de forma azarosa, coincidieron durante un tiempo en el campamento juvenil militar, antes de que Dov recibiera la noticia que ahora, al cabo de los años, quiere comunicar al juez y a los demás espectadores.

En esta novela, el drama no ocurre en la cocina o en el dormitorio, sino en un dominio público, donde el protagonista se expone a la mirada de los otros, espectadores que a medida que avanza el drama abandonan la sala, como la Judea que se quedó sin habitantes. Y, sin embargo, Gran Cabaret sigue siendo un drama íntimo o, cuando menos, personal, que se manifiesta a través de una historia susceptible de dos lecturas como mínimo: una, vinculada a Israel, salpicada de referencias históricas detectables e interpretables, y otra, más abstracta, que verá a un actor llamado Dóvaleh G., herido de muerte, representar la última función de su vida. ~