La sangre devota, Zozobra, El son del corazón, de Ramón López Velarde | Letras Libres
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La sangre devota, Zozobra, El son del corazón, de Ramón López Velarde

Lúbrico y beatoRamón López Velarde, La sangre devota, Zozobra, El son del corazón, edición, estudio y notas de Alfonso García Morales, Hiperión, Madrid, 2001, 376 pp.Las editoriales españolas parecerían atarearse en desandar la relativa indiferencia que por complejas razones han mostrado hacia la poesía en castellano que se escribió en América durante las primeras décadas del siglo pasado. En unos cuantos meses han ido publicando el canon poético mexicano moderno con una constancia que rebasa el accidente: a la antología de los poetas del grupo Contemporáneos (DVD poesía, 2001) y a los Tres libros de José Juan Tablada (Hiperión, 2001), que ya fueron comentados en estas páginas, se suma ahora la poesía completa de Ramón López Velarde.
     Luego de años de ser sólo referencia de eruditos, se encuentra pues en las estanterías la gran poesía del superbonzo Tablada (1867-1949), guía crucial para salir del palacio modernista y decadente hacia el laberinto de las vanguardias. Último oficiante de misas negras verbales y acólito de Des Esseintes, Tablada se graduó a paleogurú del orientalismo e introdujo el hai-kai al castellano, ensayó felizmente el caligrama y los carmina figurata; fue el bautista de Huidobro, auguró el tiempo de la diosa imagen, parodió los folclores, presintió el imagismo yanqui, impresionó a su traductor Samuel Beckett, exploró freudismos y patafísicas, atinó con la poesía alternante, inventó la lírica tridimensional y educó a lo mejor de la poesía mexicana actual, de Octavio Paz para abajo. Todo con un vigor, una gracia y un acierto que careció de parangón en el castellano de su tiempo.
     En la otra cara de la moneda, lejos de alharacas y sinfonías, el mínimo López Velarde (1888-1921), poeta lúbrico y beato, salió del modernismo por el soliloquio recoleto, agotando sus estaciones estilísticas, creando una lírica fastuosa y extraña, codificada por la amargura del amor imposible y la alabanza de aldea sacrificada por la industria; una poesía emparentada con mistralistas franceses, regionalistas españoles y católicos belgas; una poesía empeñada en descifrar, en "el alma de las cosas", la propia, lo que acaso le condujo a inventariar, en su alma turbulenta, el doloroso parto de la modernidad expresiva y política que padeció México con su Revolución.
     Más que un poeta, López Velarde es casi un icono de la nacionalidad atribulada. Murió joven, célibe, horro, enfermo y legendario, como las esperanzas en la Revolución Mexicana. Inspirado por la teología que mamó en los conventos del interior, adicto a la democracia y a la doctrina social de León XIII, fraguó una poesía de modestia casera en su primera época (La sangre devota, 1916) que, entre lo paródico y lo majestuoso, aliñada en el culto del adjetivo y el esdrújulo joyero, ensalzó el talante criollo del norte de su patria y los modales de las vírgenes provincianas, en cuyas pudibundeces de quinqué encontró mayor erotismo que en las artes de la Bella Otero; del mismo modo que vio en sí mismo ya no al liróforo celeste ni a la torre de Dios, sino al moderno poeta confuso, primera víctima de su ironía. Nada extraordinario, si no fuera por el arte exacto con que lo hizo:
      
     ...También yo, Magdalena,
      me deslumbro
     en tu sonrisa férvida; y mis horas
     van a tu zaga, hambrientas y canoras,
     como va tras el ama, por la holgura
     de un patio regional, el cortesano
     séquito de palomas que codicia
     la gota de agua azul y el rubio grano.
      
     Más tarde, reclutado para la metrópolis ígnea, su reñido periodismo y su conflicto político, armó uno de los libros más raros del momento castellano, Zozobra (1919), ya graduado a la malicia de Baudelaire: minucioso registro de una caída en el amor inteligente que corría pareja a la caída del México humilde en el arribismo de la modernidad. Libro bizarro de versos secretos y audaces, surgidos de una poética tétrica y caprichosa, lúcida y abigarrada, Zozobra y el resto de los poemas que aparecieron póstumamente lograron templar a tal grado la clave mexicana, sin obstinarse en ello, que la obra devino, más que un poemario, un perfil sombrío y perfecto de su enigma.
     De ahí la veneración que se le dispensa en México, un extraño culto de legos y especialistas que hurgan sus rastros en hemerotecas y archivos, desentrañan metáforas e imágenes, disputan datos biográficos y diseccionan enigmas cada vez que el poeta padece un nuevo aniversario y un nuevo homenaje. A su tumba vacía —desde que el Estado expropió su osario para el panteón oficial— llegan eventuales flores anónimas; es el único poeta mexicano en cuya casa germinó un museo; su bibliohemerografía sigue inflándose con la levadura de una especial sumisión. López Velarde fue un poeta, pero con el tiempo ha devenido también un referente al que apela la atribulada idiosincrasia mexicana para reiterar sus certidumbres o explicar sus silencios. Es el único moderno a la altura de la santificación popular, y, por un curioso acto de prestidigitación oficial, un vigilante más de la identidad dudosa: López Velarde se ha convertido en lopezvelardemanía. No quedan excluidos de este comportamiento los pocos, olvidables poetas que trataron de ser sus monaguillos, y los muchos que lo estudiaron sin seguir, ostensiblemente, sus pasos. El lúgubre pergeño de su figura y su misteriosa obra generaron rituales y concilios, pero no una iglesia y menos una mistagogia.
     Pero esta pasión no ha hallado eco en la órbita hispánica. López Velarde no ha sido "traducido" al español, al venezolano o al argentino. En los mapas de la historia de nuestra literatura continental, su nombre es un letrero semicaído en las goteras de un pueblo del que algunos han oído hablar y al que apenas algunos turistas audaces han llegado (Neruda, Borges, Molinari, Nicanor Parra). Una consecuencia de ello es la reiteración de un puñado de lugares comunes que más opacan que revelan su estrella. Inclusive en México se le ha leído mal. Hace sesenta años, se quejaba Xavier Villaurrutia: "La intimidad de su voz, su claroscuro misterioso y su profundo secreto han retardado la difusión de su obra, ya no digamos más allá de nuestras fronteras, donde no se le admira porque se le desconoce, sino dentro de nuestro país, donde aun las minorías le han concedido rápidamente, antes de comprenderlo, una admiración gratuita y ciega, admiración que es, casi siempre, una forma de la injusticia".1
     Destino contradictorio: en México la obra de López Velarde es una constante pasión que por misteriosa lealtad civil, por el frenesí hagiográfico de las naciones indecisas, se ha convertido en depositaria de una sofocante devoción; para las culturas hermanas en el castellano, permanece casi desconocida. Felizmente esto comienza a cambiar: el trabajo que ahora presenta Alfonso García Morales coincide con la aparición en Seix-Barral de los ensayos que le dedicó Octavio Paz, y con los que quien firma ha pergeñado, que aparecieron recién en Tusquets México. No hace mucho, la Colección Archivos de la Unesco ha publicado una Poesía y poética que repite la última edición del erudito José Luis Martínez para el Fondo de Cultura Económica. En 1998, con sorprendente estudio preliminar y notas, Saúl Yurkiévich preparó una Poesía para Taurus de España (1998) que, extrañamente, es la única laguna importante en la bibliografía de García Morales.
     Su trabajo no pudo ser mejor: es motivo de celebración que un estudioso español se haya involucrado, con la minuciosa pasión que el volumen refleja, en un poeta tan difícil y remoto. Es la prueba de que se comienza a leer y a escuchar a López Velarde como se debe. Su prólogo y sus notas, que sumarán las dos centenas de páginas, no tienen desperdicio: la edición es pulcra y amorosa. Leyó bien, agotó la bibliografía meritoria, se enfrentó con donaire a las complejidades de la historia mexicana del periodo, aprovecha, claro está, la erudición mexicana y la discute cuando es menester, interpreta con gracia y sentido común e ingresa con mérito numerario en la academia informal, pero estricta, del lopezvelardismo. No es poca cosa. Esperemos que el volumen suscite el interés del poeta y del lector en España: le está deparada una amable y fructífera sorpresa. Las obras de Tablada y de López Velarde son hospitalarias en sí mismas; que además el lector peninsular pueda sumarle el valor agregado del contraste con su propia tradición, es un lujo que exige una equivalente responsabilidad. -